viernes, 9 de mayo de 2014

Dante es nuestro

El papa Paulo VI dedicó a Dante Alighieri el motu proprio Altissimi cantus (7-XII-1965) con ocasión del VII Centenario del nacimiento del florentino. No sabemos si el autor material del texto fue el propio Montini o si recurrió a un "escritor fantasma". El documento papal retoma y profundiza ideas ya expresadas por Benedicto XV. Es una confirmación más de la catolicidad de l´altissimo poeta que nos impulsa a continuar predicando contra la "papolatría". 
Publicamos hoy unos fragmentos de este documento del papa Montini que pueden ser de interés. Los subtítulos en negrita han sido agregados por los traductores pero son fieles al pensamiento del Pontífice. El resaltado en azul de algunos fragmentos nos pertenece.
Dedicamos especialmente esta entrada S.E.R. Mons. Eduardo María Taussig, obispo de San Rafael (Argentina). Esperamos que las palabras de Pablo VI le ayuden a no sentirse tentado de aplicar entredicho post mortem a nuestro Dante...


“…queremos también Nos Tributar un homenaje al ilustrísimo Poeta, y esto no sólo para rendirle honor en estas fugaces circunstancias de la conmemoración, que queda inserto en el curso del tiempo y que pronto con el tiempo se sepulta, sino, en cierto sentido, para perpetuarlo para siempre, no cual monumento mudo y frío erigido de piedra o bronce sino más bien cual fuente surgente que desborda sus aguas perennes tanto en alabanza suya como en provecho de la juventud de egregias esperanzas.
7. El Papa lo hace porque considera a Dante como hombre de la iglesia Católica. Si alguien preguntase por qué la Iglesia Católica, por voluntad e intermedio de su Cabeza visible, se empeña en honrar así la memoria y celebrar la gloria del Poeta florentino, será fácil y pronta la respuesta: Porque DANTE ALIGHIERI, por derecho propio, es nuestro; nuestro, es decir, de la Religión Católica, por cuanto todo su amor se vuelca en Cristo; nuestro porque amó mucho a la Iglesia cuyas glorias cantó; nuestro, porque reconoció y reverenció en el Romano Pontífice al Vicario de Cristo en la tierra.
8. Su oficio de juez lo hizo criticar, como a su amada Florencia, también a algunos Papas sin merma de su fe y de su amor. Ni nos pesa recordar que su voz se alzó, y sonó áspera, contra algunos Romanos Pontífices, y que reprendió acerbamente Institutos y hombres de la Iglesia que hacían de ministros y delegados de ella. Dios no permita que en este asunto pasemos en silencio la inclinación de su espíritu y el aspecto de su obra, ya que sabemos bien cuál y cuánta fue la amargura de su alma. Fue tal que no perdonó aun los azotes más duros a Florencia, su amadísima ciudad patria. Sin duda debemos tratar su arte y su pasión política con benignidad e indulgencia porque la misión de juez y censor, que para sí reclamaba, se lo merece, particularmente al emprendérselas contra vicios lamentables. Por lo demás, es muy sabido y probado que sus actitudes de espíritu fiero jamás sacudieron la firmeza de su fe católica y su celoso amor de afectuoso hijo de la Santa Madre Iglesia.
9. Es deber de los católicos reconocer y estudiar este aspecto de Dante. Dante es nuestro, podemos repetir con todo derecho, con lo que de ninguna manera queremos gloriarnos de él, como de singular trofeo, por ambición y exagerado amor propio sino más bien para advertirnos a nosotros mismos que tenemos el deber de reconocerlo como tal y de investigar en sus obras los inestimables tesoros del pensamiento y del sentimiento cristianos ya que estamos convencidos de que sólo los que escudriñen las estancias secretas del espíritu religioso de nuestro más grande poeta podrán comprender a fondo y saborear con igual gusto los admirables tesoros espirituales ocultos en su poesía.
(…)
16. Dante lo valora todo ante Dios, bajo el aspecto de la eternidad. En efecto, los argumentos del poema se presentan como ciertas enseñanzas y exhortaciones de ascensión a Dios. La naturaleza y el orden sobrenatural, la verdad y los errores, el pecado y la gracia, el bien y el mal, las obras humanas y los efectos que brotan de sus obras se contemplan, valoran y ponderan ante Dios y se desenvuelven en perspectiva a la eternidad. Esta ascensión, que anhela cosas siempre más secretas y sublimes convierte el poema en una epopeya de la vida interior, en epopeya de la gracia celestial, una epopeya de práctica y experiencia mística, de multiforme virtud, se vuelve teología de la mente y teología del corazón.
17. Todo el argumento tiende gradualmente hacia la cumbre de la visión beatífica. Todo, la vorágine de los vicios sancionados con penas; los reinos serenos donde las almas se purgan de toda mancha; las arduas cumbres a que llevan los múltiples caminos que conducen a la perfección; y los hombres que se destacan como insignes modelos de santidad —como se ve en los panegíricos entretejidos en honor de SAN FRANCISCO. SANTO DOMINGO, SAN PEDRO DAMIANO, SAN BENITO DE NURSIA, SAN ROMUALDO y SAN BERNARDO— se eleva hacia una cumbre, la cumbre que se desprende del significado salvífico de los cien cantos. Los cien cantos son las gradas de la escala que en sueños contempló JACOB, las que conducen de los bajos terrenales a la luz de la Santísima Trinidad…
(…)
21. Lleva a la enmienda de los males sociales y a la afirmación de todos los dones divinos. Por consiguiente, el poema procura que se corrija saludablemente toda la cuestión social, afirmando la libertad que salva de la esclavitud del mal e impulsa a encontrar y a amar a Dios mediante el uso ecuánime de sus dones sea en la historia, sea en cualquier aspecto de la vida, como DANTE estima y comprende el humanismo (humanae res), cuyas notas principales deben, a Nuestro parecer, explicarse debidamente. 
22. No despreció el mundo sino que el humanismo de Dante apreció positivamente los valores humanos hasta llegar al amor divino. Este aprecio trae en el más excelso poeta su origen de la norma doctrinal de SANTO TOMÁS DE AQUINO y se distingue por la impronta de los que tratan de volcarlo todo hacia el bien. Esto nace del principio probado que la gracia no destruye la naturaleza sino que la sana y la perfecciona, y que la persona es el nombre de la dignidad, lo que está bien opuesto a algunos preceptos ascéticos o místicos, según los cuales parece que todos debían aspirar al desprecio del mundo como la única forma de vida perfecta. DANTE ALIGHIERI no sólo aprueba todos los bienes que están a disposición del hombre, los intelectuales, los morales, los afectivos, los culturales y los civiles, sino que los exalta también. Pero importa muchísimo advertir que aprecia y tributa honor a estos bienes al sumergirse en los dones divinos cuando por la contemplación de las cosas celestes podría haber declarado vanos y vacuos los elementos terrenales. Así se define más plenamente su humanismo y se perfecciona en el abismo del divino amor. También en la rutilante inmensidad del cielo, él se siente obligado a la solícita anunciación de la verdad y de la bondad y la realiza más allá aun del más remoto confín de nuestra infeliz tierra “área chica que nos vuelve tan feroces”.
23. La cultura greco-romana es según él en oposición a los renacentistas, una preparación al Cristianismo. Cuanto a la antigüedad greco-romana, DANTE es de opinión, que ella preparó la senda providencial del cristianismo y le proporciona a menudo alegorías en forma muy distinta de como lo hacía el llamado Renacimiento o, por lo menos, de como lo practicaban muchos hombres de aquella época la que apreciaba los valores humanos abstrayendo de la relación que tienen con Dios, y así acomodaba la cultura a las doctrinas paganas y lo contagiaba lodo con la morbosidad pelagiana.
(…)
Antonio 
Caponnetto. 
24. Iglesia e Imperio son dos poderes distintos, independientes en su esfera, pero ambos deben ayudarse. Permítasenos tocar brevemente y de paso sus enseñanzas políticas. Dos poderes, la Iglesia y el Imperio están destinados por Dios a dirigir a los hombres a obtener la felicidad, la primera a la celestial, el segundo a la  terrenal. Como estas felicidades, aunque la segunda subordinada a la primera, son distintas entre sí, en su circuito y ámbito, no se someten recíprocamente y son ambas libres, de modo que se evita la confusión de las cosas religiosas y profanas. Sin embargo, ambos deben prestarse mutua ayuda, por lo que en cosas de fe y moral el Emperador debe prestar pronta obediencia al Sumo Pontífice y ambos a dos deben servir al bien de la República cristiana.
25. La Iglesia, libre de los cuidados temporales, pero no "separada" del Estado se dedica a su misión. La Iglesia libre y desembarazada del fardo inútil del fausto y exenta de cuidados temporales se consagra entera con toda energía a sembrar la verdad y a hacer madurar sus frutos: "Aquí no pensáis en cuánta sangre cuesta sembrarla (la Sagrada Escritura) en el mundo y cuánto agrada el que humildemente se conforme a ella". Esto, ciertamente, está muy lejos de la enseñanza que introdujo MARSILIO DE PADUA y que en nuestra edad se incrementó en el sentido de que el Estado debe separarse radicalmente de la Iglesia.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Dejate numerar

Reproducimos una entrada tomada de la bitácora Secretum mehum mihi. Sólo queremos puntualizar dos cosas que los voceros del Opus Dei parecen olvidar: una, que el papa Francisco es argentino, no español, por lo que no cabe suponer en él españolismos sino más bien argentinismos; dos, que en la Argentina el término numerario no se emplea para cualificar profesores, socios o miembros de una institución, etc. Ni siquiera la Universidad Austral, obra corporativa del Opus Dei, posee profesores numerarios sino que designa a sus docentes como profesores ordinarios (titulares, adjuntos, etc.). Quede claro: en el ámbito eclesial argentino numerarios son los del Opus... El lapsus de Francisco se "entiende" a la luz de su pedagogía del insulto. La defensa del Opus Dei pareciera un signo más del voluntarismo colectivo que ya hemos criticado en nuestra bitácora.


Artículo de Sandro Magister en si blog Settimo Cielo, May-06-2014. Traducción de Secretum mehum mihi.

Prohibido decir “numerario de esta secta”. El Opus Dei purga la homilía del Papa
Volviendo a escuchar de viva voz cuanto ha sido transmitido por Radio vaticano, a partir del minuto 4’28’’ del registro, de oye al Papa Francisco concluir así su homilía de esta mañana, martes 6 de mayo, en la capilla de la Casa de Santa Marta:

“Y hoy pensando en estos dos iconos – Esteban, que muere, y la gente, los cristianos, que huyen, yendo por doquier por la violenta persecución – preguntémonos: ¿Cómo es mi testimonio? ¿Soy un cristiano testigo de Jesús o soy un simple numerario de esta secta? ¿Soy fecundo porque doy testimonio, o permanezco estéril porque no soy capaz de dejar que el Espíritu Santo me lleve adelante en mi vocación cristiana?”.
Sí, así mismo: “simple numerario de esta secta”. Expresión no cierto honorable en el razonamiento hecho por el Papa.
Con la predecible decepción del Opus Dei, del cual sólo los “numerarios” constituyen el núcleo duro, formado por laicos con el vínculo del celibato.
Era por ejemplo un “numerario” del Opus Dei, el predecesor del padre Federico Lombardi, el jefe de la oficina de prensa del Vaticano, Joaquín Navarro-Valls.
Y es incluso un “numerario” el actual “consultor para la comunicación” de la Secretaría de Estado, el estadounidense Greg Burke.
La oficina del Secretaria de Estado a la cual Burke presta su consejería, encabezado por el arzobispo Carlo Maria Polvani, sobrino del nuncio en Estados Unidos Carlo Maria Viganò, también supervisa “L'Osservatore Romano”.


Y una huella de decepción del Opus Dei se ha visto justo en el modo en que “L'Osservatore Romano” ha informado esta tarde —como lo hace todos los días— la homilía matutina del Papa.
De hecho, en el último párrafo del reporte la palabra “numerario” no está más, sustituida por la más inocua “miembro”:
“El Papa Francisco, en conclusión, ha recordado como de los ‘dos iconos’ propuestos por la liturgia —Esteban que muere y los cristianos que dan testimonio en todas partes— por cada derivan algunas preguntas: ‘¿Cómo es mi testimonio? Soy un cristiano testimonio de Jesús o soy un simple miembro de esta secta? Soy fecundo porque doy testimonio o permanezco estéril porque no soy capaz de dejar que el Espíritu Santo me lleve adelante en mi vocación cristiana?’”.
Sin ocuparnos de la aversión histórica por el Opus Dei por parte de la Compañía de Jesús, de la cual es miembro prominente Jorge Mario Bergoglio, ha hecho alguna impresión el uso despectivo hecho por el Papa del término “numerario”, asociado a “secta”.
[...]
Respecto de la porción de la homilía del Papa Francisco a la cual se refiere Magister, Radio Vaticano en italiano la transcribió correctamente (click en la imágen para ampliar):







Otro tanto hizo Radio Vaticano en español (click en la imágen para ampliar).

Por cuanto respecta al sitio de internet de la Santa Sede, este ha tomado la versión ‘purgada’ proporcionada por L'Osservatore Romano(click en la imágen para ampliar).

Actualización May-07-2014 (17:12 UTC): Magister ha hecho una actualización, en realidad un post-escrito a su entrada original. Dice así:
POST SCRIPTUM – Pocas horas después de la publicación de este post, un autorevelado miembro del Opus Dei, docente de la Universidad de la Santa Cruz, ha transmitido esta puntualización:
“El Papa Bergoglio es de lengua materna española, y en español ‘numerario’ significa simplemente miembro establemente incorporado en una institución. Así, un ‘profesor numerario’ de una universidad se distingue de un ‘profesor supernumerario’. Esta terminología se aplica a tantos tipos de instituciones diferentes y en español no tiene nada que ver específicamente con el Opus Dei. Así que ‘L’Osservatore Romano’ ha simplemente corregido un españolismo de nuestro Papa, en la cual se podría deducir una alusión al Opus Dei”.

Baliña: verdadera y falsa infalibilidad de los papas


Con autorización del autor, publicamos hoy el presente estudio del p. Carlos Baliña, parte de la obra colectiva Quidhabemus? Estudios Pontificales. Un trabajo cuya lectura será de provecho para quienes estén interesados en conocer mejor los alcances del dogma de la infalibilidad pontificia y diferenciarlos de las adiciones del infalibilismo exagerado.  Instrucciones para descargar de scribd, aquí.
Verdadera y falsa infalibilidad de los Papas según Mons. Fessler. 
El objeto del siguiente trabajo es presentar la doctrina acerca del  verdadero concepto de infalibilidad papal tal como fue expuesta por Mons. Joseph Fessler, Secretario General del Concilio Ecuménico Vaticano I en su opúsculo Die wahre und die falsche Unfehlbarkeit der Päpste. La obra responde a una circunstancia particular, cual es la de responder al líder Viejo Católico Johann Friedrich von Schulte, pero reviste de enorme importancia en cuanto explicación del dogma, autorizada por el mismo Papa Pío IX.

martes, 6 de mayo de 2014

Ante una injusta persecución

Reproducimos la carta abierta al Nuncio Apostólico en la Argentina, Mons. E.P. Tscherrig, cuyo contenido suscribimos. Quien desee manifestar su adhesión puede hacerlo a la siguiente dirección: porelbiendelaiglesia @ gmail.com

ANTE UNA INJUSTA PERSECUCIÓN

Como discípulos de nuestro querido amigo y maestro Antonio Caponnetto, quien fuera recientemente objeto de una amenaza de futura  y grave pena canónica –emitida por  Monseñor Eduardo María Taussig el pasado 22 de Abril del corriente año- nos vemos en la obligación de manifestar nuestro categórico desacuerdo y de formular a la vez algunas consideraciones.
Es que con verdadero estupor leímos el contenido de dicha amenaza eclesial, pues creemos que la misma no se corresponde con la probada trayectoria del Dr. Antonio Caponnetto al servicio de nuestra Santa Madre Iglesia.
Él mismo, en cada uno de sus escritos, ha dejado a salvo el mejor juicio de la Iglesia, y en todo momento no ha hecho más que usar su derecho como laico a disentir de ciertos actos o dichos realizados por la Jerarquía Eclesiástica y/o el Sumo Pontífice, aclarando -y por sólo poner un par de ejemplos- conceptos como los siguientes: “Recuerdo, a modo de cierre" -escribe-  que esta es una nota periodística escrita a título personal. No es el dictamen de una Junta de Teólogos ni el motu proprio de una Sagrada Congregación, sino la opinión  de un laico católico, perplejo y dolorido por cuanto ocurre”[1]; y en otro lugar: No estamos llamando a la rebeldía ni a la desobediencia, ni a dar por nula la autoridad pontificia, sino al recto discernimiento”[2] Asimismo, en numerosas ocasiones insta a rezar intensa y fervientemente por el Sumo Pontífice.
Esta amenaza del obispo sanrafaelino al Dr. Antonio Caponnetto –precedida de otras acciones públicas de hostigamiento hacia su persona y aún a la de sus discípulos- reviste en esta ocasión una  especial gravedad, arbitrariedad e injusticia, si se tiene en cuenta que con la obra del profesor atacado, varias generaciones (entre las cuales nos incluimos) se han acercado al combate de la fe, por medio de la enseñanza y el apostolado en diversos ámbitos profesionales.
La suya, ha sido una prédica constante y valiente de Jesucristo y su Iglesia, a quienes defendió y de quienes dio testimonio a tiempo y destiempo con sus diversas conferencias y escritos como por ejemplo: “Hispanidad y leyendas negras”, “Los arquetipos y la historia”, “El deber cristiano de la Lucha, por sólo citar algunos de sus casi treinta libros publicados. Con sus escritos, lejos de causar “aversión y espíritu de desobediencia a la autoridad del Santo Padre y a otras autoridades de la Jerarquía eclesiástica” –como con simplismo y ligereza se lo acusa- ha producido en nosotros y muchos otros una renovada fe en que la Santa Iglesia de Cristo es la única verdadera y que los pastores fieles y leales son los medios que el mismo Cristo ha querido en su Providencia poner para que le sigamos.
Entiéndase de una vez por todas que no es al Papado ni a la Jerarquía per se a la que van dirigidos sus ataques, sino a las enseñanzas heterodoxas e inconductas múltiples que, dolorosamente, son cada vez más frecuentes en el seno mismo de la Iglesia, y en quienes se suponen que están para gobernarla.
Pero no podemos dejar de lado, que incluso le asiste al Dr. Caponnetto el mismo Código de Derecho Canónico cuando en el Canon 212, Inciso 3º dice: Tienen (los fieles) el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas”.
Quien conozca al Dr. Caponnetto, sabrá y tendrá pruebas de numerosas ocasiones en las que fue crítico ante diversas actitudes de diferentes obispos e incluso de algunos Sumos Pontífices. Del mismo modo que, quien tenga los pies sobre la tierra, verá a todas luces que no es el único que se ha visto obligado a adoptar esta actitud apologética frente a ciertas posiciones cuestionables y debatibles que se suscitan en torno a definiciones que hacen a nuestra Fe Católica Apostólica y Romana.
Por esto mismo, nos parece desatinada la amenaza canónica del obispo Taussig. Si Monseñor está realmente preocupado por el bienestar de su rebaño -y asimismo desea conservar el ya famoso “olor a oveja”- es a otros y a muchos a quienes debe aplicar el “entredicho”, pero no precisamente a los defensores de la integridad de la doctrina católica.
Por último, no deja de llamar la atención el carácter contradictorio de la sanción canónica que se pretende aplicar. Contradictorio, quede en claro, para un obispo que hace gala de estar vivísimamente aggiornado y consustanciado con el actual rumbo pontificio. En el mismo, como bien se sabe, no es el castigo sino la misericordia la que prevalece. Y contradictorio, además, con algunas de sus conductas públicas por todos recordadas, como cuando compartió un acto patrio con el ex Presidente Kirchner y la actual Presidente de la Nación, quienes manifiesta y sistemáticamente se mostraron en contra de la Iglesia, de la vida y de los valores tradicionales de la Patria, a pesar de llamarse católicos. No hubo entredicho algunos para ellos sino complacencia y obsequiosidad.
Quede dicho lo precedente en defensa de la Verdad.



[1] Revista Cabildo, Nº 107, “A un año del Pontificado del Papa Francisco”, Antonio Caponnetto.
[2] Recen por mí, a propósito del nuevo pontificado,  Antonio Caponnetto.



FIRMAS
Ignacio Agustín Pato, Carlos José Díaz, Flavio Infante, M. Cecilia Tagliarini, María Rosa Toledo, Pablo Muñoz de Toro, José Brescia, José Aubone, Silvana Fontanella, Luis Vicondo, Silvana Abalos, Pablo Faroux, Juan Solana, Daniela Malatesta, Elio Vlek, Karina Chaves, Paola Carrizo, Victoria Ron, Gustavo Roldan, María Milagros Solana, Belisario Ortiz, Aldana Vicondo, Sergio Nestor Scarzella, Cecilia Ines Cuomo, José Scarzella, Gastón Magariños, Pascual Montero, Emanuela Altamiranda, Jordán Abud, María Pia Stellato, Bibiana Hidalgo, Ana Hidalgo, Marcos De Assis Cordeiro, Juan Manuel Pautasso, Pablo Rafael Maximiliano Giacinti, María del Rosario Pautaos, Clarisa Andrea Dumé,  Francisco Miguel Abud, Pío Martinez Zuviría, Diego García Montaño, Carlos Róspide, Antonella Zanchelli, Marcelo Imbrogno, Silvia Gomez, Mariano Erbetta, Ulises Del Grecco, Evangelina Abud, Adriana Soria, Dolores Marini, Ariel Palermo, Natalia Morales Marcelo Tudela, Maria de los Angeles Mora, Enzo Gonzalez, Lorena Cazorla, Ignacio Gonzalez, Maria Lila Cano, Andres Cardiel, Pablo Debernardi, Víctor Chequer. 

De otras bitácoras

1. “El Card. Velasio de Paolis, importante miembro de la Curia Romana, en una conferencia pública ha refutado expresamente las propuestas del Card. Kasper en materia de "nueva praxis pastoral" para los divorciados vueltos a casar. En una exposición extensa, el conferencista recuerda los fundamentos dogmáticos y la ley eclesiástica fundada en ellos, la práctica tradicional y constante de la Iglesia en la materia. El texto es largo y toca algunos aspectos de un tema que remonta a muchísimas cuestiones. Pero lo hace con sencillez y precisión. Parece indispensable leerlo para ver expuesta la doctrina y la ley eclesiástica en esta materia, que ha sido constante a lo largo de los siglos y que ni siquiera los papas conciliares -tan afectos a los cambios- han pretendido cambiar, sino hasta Francisco, aparentemente, dado que por nunca desmentidas versiones, calificó las propuestas de Kasper, frente a sínodo de cardenales de febrero de ´teología de rodillas´.  Como el lenguaje deliberadamente ambiguo nos termina traicionando, es posible aceptar la expresión en el sentido de que Kasper ha puesto a la teología de rodillas ante los reclamos del mundo. Lo que sigue es el texto, insistimos largo pero muy provechoso. Recomendamos especialmente no dejar de leer los puntos 6 y 7 de la segunda parte, en los que el Card. de Paolis no duda en enfrentar expresamente la posición del alemán de la teología arrodillada.” (Marcelo González)
2. Roberto De Mattei en una nueva entrevista aclara y precisa más opiniones sobre la no infalibilidad de las canonizaciones con las que estamos de acuerdo:
 “La canonización de un Papa implica su santidad no sólo en la vida privada, sino también en la vida pública, o sea el ejercicio heroico de la virtud en el cargo que le es propio, el de sumo Pontífice. Como autor de una historia del concilio Vaticano II, he estudiado el breve pontificado de Juan XXIII, desde el 25 octubre de 1958 hasta su muerte el 3 junio de 1963, y estoy convencido de que no lo hizo ejerciendo las virtudes cristianas de modo heroico, comenzando por la virtud de la prudencia… Un análisis objetivamente racional de los hechos demuestra la falta de virtudes heroicas en el papa Roncalli. Si, por fideísmo, debiese negar lo que impone la razón, suprimiría los fundamentos racionales de mi fe. Por lo tanto, mantengo en conciencia mis dudas y perplejidades sobre la canonización de Juan XXIII…. Es evidente que no ser elevado a la gloria de los altares no significa ir al infierno. De otra manera, deberíamos creer que son muy pocos los papas que se salvan, y menos aún, los fieles que se salvan. Sólo Dios conoce el destino ultraterreno de las almas. Mis dudas no se relacionan con la salvación eterna de Juan XXIII, sino sobre la heroicidad de sus virtudes en el gobierno de la Iglesia.”


domingo, 4 de mayo de 2014

EL «AFFAIRE» DE LA ACCION FRANCESA (y 3)

Recordar hoy la condena de la Acción Francesa tiene interés histórico y un sentido de reparación. Para poner un ejemplo de esto último, la recopilación de documentos pontificios elaborada por la BAC, y publicada en 1958  bajo el título Documentos políticossilencia el levantamiento de las condenas ocurrido casi veinte años antes de la publicación del libro. Por lo cual un lector desprevenido se quedaría con la impresión que la Iglesia nunca remitió las sanciones.
Para hacerse una idea aproximada de la desproporción de las sanciones aplicadas, hay que recordar que -para algunos historiadores- Pío XI llegó a exigir la conversión personal de Maurras para que los católicos pudiesen actuar en la Acción Francesa...  
La consideración de este caso puede servir para pensar mejor acerca del valor de las decisiones disciplinares de la Santa Sede, la interpretación correcta de las condenas doctrinales y el alcance de la jurisdicción de la Iglesia en el terreno de las realidades políticas. 

LA CONDENA Y SUS CONSECUENCIAS.
Las hostilidades fueron abiertas por el cardenal Andrieu, arzobispo de Burdeos, el cual, el 27 de agosto de 1926, habló a un grupo de jóvenes católicos sobre la Acción Francesa. El cardenal reconocía a los católicos el derecho a preferir una determinada forma de gobierno, pero reprochaba a los dirigentes de la Acción Francesa la usurpación del terreno al magisterio eclesiástico y el haberse declarado ateos y agnósticos. Ponía en guardia a sus interlocutores contra la peligrosa impiedad de los jefes que «niegan la institución divina de la Iglesia y son anticatólicos, a pesar de los elogios, a veces muy elocuentes, que tributan al catolicismo». Hay que reconocer que este texto no era muy afortunado. Además, el cardenal Andrieu había escrito en 1915 cartas muy elogiosas a Maurras y había profesado una opinión totalmente opuesta a su diatriba de ahora, llamándole «defensor de la Iglesia con tanto talento como valor».
Pío XI envió al cardenal Andrieu, el 5 de septiembre de 1926, una carta (publicada en el L´Osservatore Romano) en que aprobaba los términos de su proclama. Los dirigentes católicos de la Acción Francesa dirigieron el 8 de septiembre un escrito al cardenal expresando su «estupor ante los agravios..., que son la contradicción precisa, rigurosa, absoluta, de nuestras convicciones más sagradas, más profundas, más rotundamente proclamadas, como saben todos los que nos conocen. Nos demuestran que Su Eminencia ha sido engañado en lo referente a nosotros por nuestros enemigos más encarnizados». Maurras, el 17 de septiembre de 1926, escribió a su vez al cardenal recordándole los elogios que de él había recibido, el combate a favor de la Santa Sede que el mismo Maurras había sostenido para defender al Papa, atacado entonces en Francia a causa de su neutralidad benévola hacia Alemania; le indicaba, incluso, que había modificado los pasajes incriminados en sus primeros libros en 1919.
Los católicos de la Acción Francesa no siguieron los consejos, indirectos, pero bien claros, de Pío XI. El malestar subsistió. El 25 de septiembre de 1926, el Papa, en una alocución a los Terciarios franciscanos, confirmó que estaba de acuerdo con el cardenal. En su alocución al Consistorio el 20 de septiembre de 1926, después de haber deplorado la suerte de los católicos mejicanos, perseguidos por el Gobierno rojo de entonces, el Papa declaró que no estaba permitido adherirse a empresas que ponen los intereses de los partidos por encima de la religión y hacen que ésta sirva a aquéllos; no estaba permitido exponerse o exponer a los demás, sobre todo a los jóvenes, a influjos y doctrinas peligrosas, tanto para la fe y la moral como para la formación católica de la juventud. Por consiguiente, no era lícito a los católicossostener, animar y leer periódicos publicados por hombres cuyos escritos, al apartarse de nuestro dogma y de nuestra moral, no podían librarse de la reprobación.
La Santa Sede quería que Maurras y Paul Daudet se retirasen de la dirección de L'Action Française. Pero los dirigentes del diario no supieron encontrar una solución. Se resistieron a inclinarse, utilizando una frase desgraciada que les causó muchísimo daño: Non possumus, plagio irrespetuoso de las palabras apostólicas. Se negaron a «decapitar la Acción Francesa» y a incitar a los católicos franceses a unirse en el terreno de la República. «Está bien claro—añadían—. No se trata de moral ni de fe. Se trata de política. Es preciso que los católicos franceses no hagan caso de instrucciones electorales funestas, semejantes a las que condujeron al desastre del 11 de mayo de 1924. La autoridad eclesiástica quiere suprimir nuestro movimiento político. Pide nuestra muerte.» Los puentes estaban cortados. En los primeros días del año 1927 se publicó la condena decretada bajo Pío X por la Sagrada Congregación del Santo Oficio.
De 1927 a 1939 la cuestión de la Acción Francesa fue dolorosa para numerosos católicos franceses. La actitud del periódico fue condenable y violenta; no sólo rompió los puentes y las posibilidades de acuerdo y de sumisión, sino que atacó violentamente a la Santa Sede y a la Nunciatura. El 8 de marzo de 1927, la Sagrada Penitenciaría apostólica, respondiendo a una consulta, expresó una serie de decisiones graves: suspensión de los confesores que «absolvieran sin condición de propósito» a los lectores de L'Action Française; expulsión de los seminaristas que siguieran perteneciendo a la Acción Francesa; los fieles que leyesen habitualmente el periódico condenado deberían ser considerados como pecadores públicos y el clero debía negarles la absolución; no podrían contraer matrimonio canónico, y serían privados de sepultura eclesiástica. Hubo casos lamentables de fervientes católicos que, rehusando por fidelidad a su convicción política inclinarse ante las órdenes de Pío XI, no pudieron ser enterrados por la Iglesia. Lazare de Gérin Ricard y L. Truc, en su obra reciente (y parcial), Histoire de l'Action Française, escriben: «Mientras se celebraban exequias religiosas por el alcalde de Argenteuil, conducido al cementerio por la logia masónica local con la bandera al frente, se enterraba civilmente al antiguo consejero municipal Roger Lambelin, católico práctico destacado. Mientras el clero de Aviñón bendecía los despojos de un tal Isacariot, portero del Palacio de Justicia, asesino y suicida, el de París regateaba el agua bendita al féretro del barón Tristan Lambert, caballero de Malta, vicepresidente de los caballeros pontificios, pero también decano de los Camelots du Roi» (págs. 149-150).
En Roma se hacían sentir también las repercusiones de la condena; a fines de septiembre de 1927, el cardenal Billot pidió al Papa autorización para deponer la dignidad cardenalicia, y la Agencia Reuters indicaba entonces que esta dimisión se atribuía «a una divergencia de opinión entre el Papa y el cardenal sobre la política del Vaticano concerniente a la Acción Francesa». La Stampa del 23 de septiembre escribía: «La noticia de la dimisión del cardenal Billot se mantenía en riguroso secreto. Una indiscreción, procedente del Colegio «Pío Latino Americano», donde vivía el cardenal Billot, hizo público el hecho, primero en América, después en Italia. Por esto los círculos del Vaticano consideran hoy la noticia como definitiva.» El 22 de septiembre, el P. Henri Le Floch, rector del seminario francés de Roma, también dimitía; su adhesión a la Acción Francesa era bien conocida.
Después de las innumerables polémicas originadas por este lamentable asunto, apaciguadas ahora después de la segunda guerra mundial, parece más fácil reflexionar y ver que la política de Pío XI coincidía en términos generales con la de León XIII; los principios que las dirigían eran el reconocimiento del poder que de hecho gobierna el país y la lealtad hacia ese poder; la voluntad absoluta de que la acción religiosa, católica, esté al margen y por encima de la acción política. La reprobación de la Acción Francesa había dividido a la Iglesia de Francia con un movimiento que, en cierta medida, la comprometía.

EL LEVANTAMIENTO DE LA CONDENA (16 DE JULIO DE 1939).
Altas personalidades trataron de reanudar el contacto con Roma. Pío XI, cuyo carácter autoritario es bien conocido, declaró que el levantamiento de las sanciones no dependía de él, sino de la voluntad de los dirigentes de la Acción Francesa, que debían someterse y retractarse.
Maurrás escribió una carta a Pío XI, y el Santo Padre le contestó en términos favorables. Poco después llegó al Vaticano la primera fórmula de retractación y de sumisión, redactada por Maurras. No fué considerada satisfactoria, pero la correspondencia continuó.
El acuerdo se estableció, por fin, con una fórmula satisfactoria antes de la muerte de Pío XI, y Pío XII se limitó a ratificar una decisión adoptada por su antecesor. El resultado fue que, con fecha 24 de julio de 1939, se publicó en el L´Osservatore Romano un decreto que revocaba las sanciones y censuras contra L'Action Française, sus directores y lectores, pero no la reprobación de sus errores.

Fuente:

Roger, J. El «affaire» de la Acción Francesa. Revista Arbor (1952), n. 21, Pp. 89-105.

viernes, 2 de mayo de 2014

EL «AFFAIRE» DE LA ACCION FRANCESA (2)


Esta parte contiene una interesante descripción de las circunstancias que influyeron en la condena de la Acción Francesa. No se puede negar que hubo varios factores concurrentes: errores reales y malas interpretaciones, tergiversaciones maliciosas, excesos y calumniascelos, intereses mezquinos, clericalismo, respetos humanos, "diplomacia vaticana" y un pontífice autoritario. Todo contribuyó en diversa medida a un resultado final injusto por desproporcionado. Porque Pío XI hubiera podido emitir una reprobación semejante a la limitada condena del Fascismo, que no se extendió a todo el movimiento en cuanto tal, distinguiendo entre algunas ideas erradas de Maurras y las concretas posiciones políticas de todo un movimiento político. Por desgracia, el papa asumió mediante una carta autógrafa el panfleto del cardenal Andrieu y aplicó duras sanciones. Todo ello con lamentables consecuencias para el catolicismo francés.

LA ACCIÓN FRANCESA Y LA IGLESIA.
Tocamos aquí uno de los capítulos dolorosos de esta historia; el que se ha llamado l'affaire de l'Action Française. Este capítulo, por fortuna, se cerró en 1939; pero representa unos años de angustia, de crisis espiritual y, a veces, incluso de escándalo en Francia.
La Acción Francesa procuró siempre no pisar el terreno a lo religioso, pero no era clerical. Hay que reconocer que muchos jóvenes —ellos mismos lo han dicho y escrito—, que ignoraban todo lo referente al catolicismo, que habían olvidado el camino de la Iglesia, volvieron entonces a ella. Maurras, que nunca ha sido católico, no hizo nunca propaganda a favor de la incredulidad; al contrario, demostró que la patria encuentra un soporte moral en la Iglesia católica y romana. La Acción Francesa luchó contra el laicismo, contra el protestantismo, contra la masonería, contra los judíos como pueblo «comisionista de la revolución», contra lo que llamó los «Estados confederados». En 1911, Charles Maurras recibía la bendición de Pío X por la aparición de su libro L'Action Française et la religión catholique, y se citan con frecuencia las palabras del mismo Papa a los cardenales Sevin y de Cabrières en 1914: «Maurras e uno bel difensore della fede.» El cardenal Andrieu escribía a Maurras el 31 de octubre de 1915: «La patria chica no os ha hecho olvidar a la grande, la que Vd. defiende con una pluma que vale, desde luego, tanto como una espada... Defiende Vd. también a la Iglesia en el momento que más lo necesita. La defiende con tanto valor como talento.» Diez años después, el mismo prelado va a desencadenar la gran lucha contra la Acción Francesa.
Es evidente que la agrupación tenía numerosos adversarios: en primer lugar, los conservadores, que no querían enemigos entre los republicanos. Se han citado con frecuencia las condecoraciones distribuidas durante la lucha de la República contra los cartujos. Los católicos ralliés atacaban también a estos «turbulentos jóvenes», que se erigían en francotiradores de derecha. Pero los enemigos más temibles de la Acción Francesa eran los demócratas cristianos, otros francotiradores, pero de izquierdas. Hubo violentas controversias entre Marc Sangnier y Maurras, que terminaron en una ruptura completa. El abate Pierre publicó en 1910 una antología de textos de Acción Francesa, titulada Avec Nietzsche, à l'assaut du Christianisme; varios obispos demócratas le felicitaron. La división profunda del clero y de los obispos franceses entró también en juego. Es cierto que Roma y Pío X sostenían las tendencias de la Acción Francesa; la desconfianza hacia «el espíritu moderno» correspondía exactamente al pensamiento que animaba a los tradicionalistas franceses. Conocida es, además, la influencia que tenían entonces en Roma miembros eminentes del alto clero francés amigos de la Action Française; se les designaba con el nombre de integristas. Habrá que esperar un cambio de puntos de vista para ver abatirse sobre la agrupación monárquica francesa las severas condenas de la Santa Sede.
El problema religioso en Francia estuvo y está dominado por la división política. Hay una mentalidad «de derechas» y una mentalidad «de izquierdas», de las que hemos descrito ya algunas características. Esta posición «integrista», el integrismo, como lo llama A. Michel en el Ami du Clergé(17 de junio de 1948, págs. 387-390), es un hecho histórico, y como tal lo opuso al modernismo el cardenal Suhard en su famosa Pastoral de 1947… hay que ver en esto una realidad más duradera, existente siempre en el catolicismo contemporáneo, ya que se trata de una mentalidad o de una actitud que determina cierta manera de mantener las posiciones católicas.
A este respecto, el integrismo sobrepasa con mucho el cuadro histórico de la crisis modernista; está latente en todas las manifestaciones de la política católica francesa a lo largo de los siglos XIX y XX. Se ha planteado ante los franceses un gran dilema, que no ha sido resuelto aún: la aceptación de cierto número de cosas en el mundo moderno o la repulsa a priori de toda aceptación de este tipo.
Cuando esta opción, en el sentido de la libertad, fue escogida por L'Avenirde Lamennais, le llevó a ser condenado; cuando fue resuelta en el otro sentido, condujo al integrismo. Toda la historia de la Francia católica de 1871 a 1950 fue la búsqueda del justo medio entre estos dos extremos.
Es preciso comprender, en efecto, que la herencia de la «Cristiandad», del «mundo cristiano» del antiguo régimen, pesó y pesa muchísimo en el atavismo de la cultura y de las costumbres de los católicos franceses. De aquí se deriva una defensa del cristianismo que ha tenido casi siempre un matiz político. Los dos campos católicos se oponen sobre dos principios: o bien, aceptando el mundo moderno, se corre el riesgo de corromper a la Iglesia, o bien, combatiendo este mismo mundo, se perpetúa una oposición estéril y equívoca, en virtud de la cual no se puede ser moderno sin ser anticatólico. Al aceptar la Revolución y la República, los católicos de izquierdas quieren aceptar las esperanzas, los valores, las instituciones, las posibilidades de este siglo; al rechazarlas, los católicos de derechas no quieren traicionar a la ciudadela que defienden, no quieren pactar con el anticristianismo.
Estas dos tendencias se reflejan en las actitudes de unos y otros, en su educación, en el tejido mismo de su vida intelectual y moral, en su comportamiento político. El integrismo ha sido siempre una actitud «de derechas», y toda la conducta de los hombres de derechas es opuesta a la de los hombres llamados de izquierdas. «El hombre de derechas —escribía recientemente J. Labasse—pone el orden por encima de la justicia, el hombre de izquierdas pone la justicia por encima del orden.»
Se puede completar este esquema añadiendo que las derechas ponen por encima de todo la fidelidad, la tradición, la autoridad, recelan de lo que viene del hombre del siglo. Las izquierdas han descubierto al sujeto y el valor del sujeto, al hombre y sus posibilidades, sus diligencias para descubrir la verdad; insisten en lo psicológico, en lo histórico y caen fácilmente en el subjetivismo, en el laicismo ideológico.

Contra esta búsqueda pascaliana y «existencialista», las derechas insisten en la corrupción de la naturaleza, en el pecado original, en la necesidad del método de autoridad, en la desconfianza que les inspira la noción de evolución, de experiencia, en el estudio de una noción de la fe muy avanzada en el sentido intelectual, en el elemento racional. En toda su actitud, el católico de derechas afirma una prepotencia del aspecto «autoritario» del problema. Quizá, para concluir, se podría añadir que el integrismo peca contra la vida de la Iglesia, negándose a reconocer ciertas necesidades de asimilación, de adaptación, de expansión…

LA POSICIÓN DE LA SANTA SEDE RESPECTO A LA ACCIÓN FRANCESA.
Para comprender la crisis que estalló entre el grupo de la Acción Francesa y la Santa Sede hay que recordar la evolución política interior de Francia de 1905 a 1926. En este lapso de tiempo la III República tuvo una actitud sistemáticamente hostil para la Iglesia, identificada por los republicanos, laicos y masones en su mayoría, con los partidos de derechas. La división política de Francia en derechas e izquierdas se repetía en el plano religioso, y la Acción Francesa se encontraba en la vanguardia de las derechas francesas.
Había grupos de católicos de derechas que habrían querido provocar en Francia una acción política mucho más profunda y vincular de nuevo el destino de la Iglesia a una forma política. Pero olvidaban que para hacer una política de esplendor hay que tener medios. Francia ya no era cristiana. Se podían reunir masas descontentas, ciertamente; pero estas masas se dividían en cuanto a los votos, a los medios, a las opiniones. Algunos llamaban la atención hacia el ejemplo de los católicos alemanes durante el Kulturkampf de Bismarck; Georges Goyau, escribía con razón: «…les invito a ponerse en guardia contra toda veleidad de una imitación ficticia y de adaptación artificial. Deberán acordarse y persuadirse, ante todo, de que el glorioso esfuerzo del «centro» alemán tuvo su punto de partida y su apoyo en los suburbios y en las aldeas, donde la vida católica era ardiente, donde la práctica católica era regular y casi general, donde… millones de católicos, obreros y campesinos, que formaban desde 1871 los batallones del centro eran millones efectivos, católicos efectivos, habituados desde antiguo a conocer a la Iglesia, a servirla y a amarla.»
Esta severa advertencia del gran académico católico francés se completa con observaciones tomadas de las Mémoires del cardinal Ferrata, que fue nuncio en París. En el primer tomo escribe: «En Francia, salvo en un pequeño número de departamentos, las masas son indiferentes; esperar un levantamiento de las masas por motivos puramente religiosos es una quimera, será siempre una quimera. Si se quiere lograr un día éxito semejante es preciso cuidar antes el alma de Francia, ocuparse de las masas, llegar a ellas, desarraigar los prejuicios antirreligiosos, hacer descender a las capas profundas del pueblo la influencia benéfica de la religión».
El alto clero francés se daba perfecta cuenta de esta situación; por eso resistía a los empujes de los antiguos combatientes católicos, por ejemplo, o de la derecha monárquica, que quería utilizar la lucha antirreligiosa del Estado como palanca política.
Hemos visto que la Acción Francesa había sido acogida favorablemente por Pío X; al ser condenado el Sillón, se solicitó del Papa que, como medida equilibrante, condenase a la Acción Francesa, que presentaba como defensores de la causa católica a hombres «peores que Sangnier». Un proceso de información se abrió en Roma, y los cardenales del Santo Oficio pronunciaron una sentencia desfavorable para Maurras... todos los Consultores opinaron unánimemente que cuatro obras de Maurras… eran realmente malas y, por tanto, debían ser prohibidas…
Pío X, mantenía hacia Maurras y la Acción Francesa una benevolencia manifestada ante los más fidedignos testigos; se asegura que dijo: «damnabilis, non damnandus», y dejó a un lado la sentencia de la Congregación del Santo Oficio, reservándose su revisión para el momento oportuno.
Benedicto XV continuó la misma política; el 14 de abril de 1915 después de haber interrogado al secretario de la Congregación, Su Santidad «declaró que todavía no había llegado el momento, pues, durando aún la guerra, las pasiones políticas impedirían juzgar equitativamente este acto de la Santa Sede». Por su parte, he aquí cómo escribió el P. Yves de la Briere, S. J., acerca de la política religiosa de la Acción Francesa, al tratar del libro de Maurras, La politique religieuse: «Otras publicaciones de Maurras... exigirían críticas muy graves; pero sobre este terreno positivo y práctico de las relaciones de la Iglesia y del Estado, debemos decir que Maurras defiende siempre los mismos derechos y libertades de la Iglesia que los escritores religiosos, incluso los redactores de los Etudes, han defendido con toda energía durante el mismo período y ante los mismos adversarios. Muchos capítulos y un apéndice tratan de la democracia y del liberalismo católico... Algunas páginas de Maurras han tenido el envidiable privilegio de ser reproducidas en el tratado de Ecclesia, relativo a las relaciones entre la Iglesia y el poder secular, por un teólogo tan exigente y riguroso en materia religiosa como el cardenal Billot... Pocos escritores ajenos a nuestra fe religiosa habrán proclamado con tanto relieve como Maurras la maravillosa fecundidad de la Iglesia católica en toda clase de beneficios para la vida de los pueblos.»
Por su parte, la Revue thomiste, analizando la misma obra, escribió: «Se da el caso de que el religioso benedictino Dom Besse y el incrédulo Maurras llegan a las mismas conclusiones en lo referente a la política religiosa... Hay en este libro páginas que se contarán entre las más bellas que se hayan escrito, como homenaje tributado a la Iglesia católica por sus admiradores no creyentes.»
Bajo Pío XI, la política de Francia, como consecuencia de la guerra, había cambiado; con Poincaré, esta política se hizo francamente hostil y llena de desconfianza hacia Alemania (ocupación de Renania); con Briand, cuando el Cartel des gauches, hubo una primera tentativa de conciliación con Alemania, de desarme, concretada por la política llamada de Locarno. Esta política contaba con el beneplácito y la ayuda de toda Europa, incluyendo a los antiguos aliados de Francia. En la Nunciatura de París, monseñor Maglione, y el cardenal Gasparri, en el Vaticano, por amor a la paz, seguían con atención y fervor esta política pacifista de Briand; monseñor Maglione, sucesor de monseñor Ceretti, la aplaudía. Pero los nacionalistas con la Acción Francesa a la cabeza, combatían dura y ferozmente a Locano, en nombre de los verdaderos intereses de Francia. Además, la Acción Francesa atacaba la política interior del Cartel des gauches, hacía manifestaciones, amenazaba a los ministros con represalias.
Los liberales, los demócratas cristianos, los republicanos moderados atacaban, a su vez, a los «trublions» de la Acción Francesa; resaltaban la oposición entre la política de la Santa Sede y la actitud de estos «católicos» de Acción Francesa; indicaban cuán peligroso era tolerar durante más tiempo tales extravagancias por parte de los pretendidos «católicos». ¿Qué sería de la política de cordialidad entre París y el Vaticano si Briand, el gran hombre, desaparecía? ¿No se correría el peligro de que una política más dura, más severa, fuese la recompensa de semejante tolerancia?
Además, las elecciones de 1928 se aproximaban. Era preciso separar de la Acción Francesa a los católicos y unirlos a la F. N. C. del general De Castelnau. Parece que hubo conversaciones entre el Quai d'Orsay y la Nunciatura sobre estos graves problemas; por ambas partes se deseaba una política pacificadora.
Ya en 1926, los Cahiers de la jeunesse catholique, de Lovaina, habían planteado una encuesta a sus lectores sobre los escritores que la juventud consideraba como sus maestros. El número uno fue Maurras, y el dos Paul Bourget. Los católicos liberales belgas, el ministro M. Poullét y el cardenal Mercier pidieron la intervención de la autoridad religiosa. Parece que estas diligencias, hechas en 1926, incitaron a Pío XI a estudiar de nuevo el expediente de la Acción Francesa, y el Papa manifestó a prelados franceses: «Los belgas me han dado la voz de alerta.»