viernes, 7 de junio de 2013

Somos críticos


Un lector de nuestra bitácora nos comentaba con cierto disgusto sobre el tono crítico presente en muchas de nuestras entradas. Y tiene razón: nuestra bitácora es crítica, cosa que a unos gusta y a otros desagrada. La crítica legítima, para nosotros, debe ser el fruto de tres disposiciones fundamentales:
- Realismo. La realidad, por dura que sea, está antes que nuestras percepciones y buenos deseos.
- Falibilismo. Nuestras opiniones pueden estar equivocadas y nuestros argumentos son contrastables.   
- Meliorismo. Estamos dispuestos a rectificar cualquier opinión que se demuestre errónea y abiertos a toda sugerencia que nos ayude a mejorar.
Debemos aclararar que en el ejercicio de la crítica tratamos de cultivar un hábito de pensamiento riguroso. No nos interesa el espíritu de contradicción por sí mismo; tampoco configurar una identidad como la simple negación de otras, ni buscamos satisfacer deseos de revancha. Aunque somos caóticos, tratamos de poner en práctica nuestros objetivos iniciales: expresar una posición legítima, ejercitar un derecho de rectificación, criticar posturas divergentes y tratar con mayor libertad temas que en otros sitios no se tocan.
Seguramente nos falta crecer mucho en las tres actitudes fundamentales. Tal vez no hayamos conseguido los objetivos propuestos. Blogueros impecables son los que nunca escribieron.
Aprovechamos esta entrada para compartir un buen texto sobre la función de la crítica.
Demás está decir que el sentido del término crítica aquí utilizado no se asimila al utilizado en el lenguaje cotidiano —con frecuencia también en el periodístico— como sinónimo "opugnación" o "evaluación negativa" sino que se lo concibe con un sentido análogo a cuando hablamos de "crítica literaria" o “crítica de un concierto”; e.d. una evaluación, un examen, que puede ser posi­tivo o negativo.Con todo, en sus mismos orígenes históricos, el uso y difusión del término crítica es utilizado como arma de descrédito; así una buena parte de los pensadores del Iluminismo francés y de la Aufklarung alemana, comenzando por el mismo Kant, con todo su sentido dominante en la actualidad puede adscribirse a todo pensamiento "no-ingenuo", y que Eddington vincula al cre­ciente proceso dedesvulgarización del cono­cimiento en la historia humana.
Crítica sería, por lo tanto, un comportamien­to específico de nuestro entendimiento por el que somete un juicio a una prueba de validez, con instrumentos considerados válidos en un mo­mento dado. Eisler lo define como el arte de la apreciación, como la operación del espíritu que permite distinguir lo verdadero de lo falso, lo valioso de lo que no es valioso. Cada ciencia y cada disciplina científica pro­gresan en la medida en que afinan instrumentos metodológicos y críticos para avanzar a partir de la experiencia del error; por otra parte, se plantea un interrogante ulterior, cual es el relativo a los medios de control de la validez del instrumento de la crítica. En otros términos, la "crítica de la crítica", e.d. el problema de los controles de la crítica.
¿Cómo se logra un equilibrado "espíritu crí­tico"...? En la cien­cia sucede algo análogo a lo que acontece en el desarrollo paulatino de toda persona: el niño va internalizando verdades (sistema de representa­ciones, de fines y de valores) y comportamientos, a partir de una percepción elemental de certezas sustentadas por la madre, el padre y el medio familiar; a medida que va adquiriendo capaci­dad propia de juicio, irá insensiblemente some­tiendo a ciertas pruebas de validez los sistemas recibidos. De hecho está ejerciendo una crítica a lo recibido; en la medida en que dichas pautas coincidan con lo que su experiencia y su reflexión le va mostrando, reafirmará dichos sistemas y comportamientos, pero ya no por fuerza de la "autoridad" de quien se lo inculcó, sino por pro­pio convencimiento. Su sistema de certezas será talvez el mismo; pero la razón de la certeza será distinta.En los que se inician en la aventura de la cien­cia sucede algo semejante: la autoridadde quien le explica el mundo o uno de los sistemas o sub­sistemas del mundo real, hace que se acepten sin mayor dificultad teorías explicativas del mun­do real, sobre todo, porque en un primer momen­to no se poseen aún suficientes elementos de juicio como para poder evaluar el sistema de pro­posiciones. Pero a medida que el entendimien­to se pertrecha con nuevas categorías explicativas, está en condiciones de contrastar teorías, para­digmas, proposiciones, y generar así capacidad propia de juicio.
Esto, en ciencia, sólo es posible cuando existe una eficaz voluntad de conocer y de buscar la verdad; de darse dicha voluntad eficaz (e insisto: voluntad eficaz) el individuo —y el docente, a fortiorihará el esfuerzo por ampliar los horizontes de sus conocimientos, contrastando críticamente planteos, teorías, escuelas, argumentaciones. Se explica, entonces, que sea una tradición en las universidades de algunos países (v.g. Alemania) el que el estudiante universitario haga su carrera en por lo menos dos o tres universidades distintas con el fin de que aprenda a oír campanas diversas; siempre, sobre el supuesto de que existe una au­téntica búsqueda de la verdad.

Tomado de:


Brie, R. Los hábitos del pensamiento riguroso. Ed. del Viejo Aljibe, Bs. As., 2000, p. 38 y ss.

lunes, 3 de junio de 2013

Vegas Latapié : Consideraciones sobre la democracia


"Gran figura intelectual de los años de la II República, la guerra civil y el franquismo, Vegas fue fundador de la revista Acción Española, autor de ensayos políticos (entre ellos, Romanticismo y Democracia) y figura determinante de la derecha española, enfrentada a la dictadura desde 1939. En 1940 se ausentó de España.
Fue jefe de la secretaría política de Don Juan de Borbón, en Lausanne yen Estoril. Además, fue preceptor de su hijo y heredero, el Príncipe de Asturias, entre los años 1944 y 1947, cuando el actual Rey tenía entre 6 y 9 años. Redactó en 1947, con JoséMaríaGil-Robles y Federico Lopez Oliván las Bases de Estoril, parte esencial de la propuesta de Don Juan de Borbón a los españoles: la Corona se comprometía a devolver a los españoles la soberanía retenida por el gobierno de Franco. Varios puntos esenciales de ese documento fueron recogidos 31 años después en la Constitución de 1978.
Eugenio Vegas, letrado del Consejo de Estado, volvió a España discretamente a comienzos de los años cincuenta. Ejerció como letrado del Consejo hasta pocos años antes de su muerte, en 1985.
Antes de ganar su oposición al Consejo de Estado, había ingresado en el Cuerpo Jurídico Militar. Fue a partir de 1955, cuando empezó a reunir en su casa de Madrid a un pequeño círculo de discípulos y amigos sobre los que ejerció una larga labor de formación.
Durante veinte años Eugenio Vegas explicó socrática y semanalmente, lecciones magistrales de filosofía de la historia, derecho constitucional, historia de la ideas
políticas y otras disciplinas en torno al pensamiento europeo de los siglos XVII y XVIII. Mezcló, en esas lecciones, su inteligencia y saber, también su extraordinaria generosidad. Una idea de Johann Gottlieb Fichte era el punto de partida de su enseñanza, Las ideas gobiernan a los pueblos. La experiencia histórica, el pragmatismo empírico, el menosprecio de las ideologías, la insondable profundidad del saber fueron los principios que orientaron la enseñanza de Vegas: sus discípulos las recibieron durante tres décadas.
En 1960 fue fundador, con JuanVallet, de la editorial Speiro que editaría la revista Verbo, dedicada a la difusión del derecho público cristiano. La revista Verbe, en Francia, fue fuente de inspiración del equipo editor de Verbo, aunque la versión española mantuviera su independencia y redacción propia.
Eugenio Vegas fue elegido académico en 1963. Su actividad en laReal Academia de Ciencias Morales guardó estrecha relación con sus años de Verbo y con la extensión del pensamiento pontificio, desde Pío IX hasta Juan Pablo II. El discurso de ingreso de Vegas en la Academia, Consideraciones sobre la Democracia, se convirtió en un volumen de 250 páginas. En 1983, la editorial Planeta publicó el primer volumen de sus Memorias políticas: El suicidio de la Monarquía y la Segunda República, seguido después por Los caminos del desengaño; Memorias políticas 1936-1938, Madrid 1987, Editorial Giner y el póstumo La frustración en la victoria, Madrid, 1989, Editorial Actas.
Quizá la marca personal de Vegas Latapié, por encima de posiciones personales sobre hechos concretos, fuera el rigor moral. Vegas aportó durante cuarenta años grandes dosis de talento, generosidad, esfuerzo, tenacidad y trabajo a la sociedad española de su tiempo. También humor, sentido de la amistad, ausencia de rencor, bondad... Pero el rigor moral fue su característica.
«Cuando digo que Eugenio Vegas era un hombre maravilloso, no tengo la impresión de exagerar. Sus enemigos (todos los hombres honestos los tienen) han dicho de él que vivía en el pasado. Quizá era verdad: el rigor moral ya no es virtud de nuestro tiempo». Estas palabras de Don Juan Carlos I sobre su antiguo preceptor cobran especial significado en su centenario." [Tomado del diario ABC, 17-02-2007.]


El libro se encuentra en el siguiente enlace:

viernes, 31 de mayo de 2013

Un monje: opción preferencial por los pobres


Cómo responde exquisitamente a la pedagogía de Dios enseñarnos este lenguaje, como un analfabeto accede a dibujar una a o una efe. Este abecedario nos permite leer lo divino, tan escondido. Cristo vino a enseñarnos este alfabeto —siendo Él su Alfa y si Omega, sus vocales y sus consonantes— y por eso, en el acontecimiento de hoy, asume montar sobre el asno real y acepta le alfombren el paso con palmas y flores.
Su Reinado no es de este mundo, pero es en este mundo y ha de expresarse al modo de este mundo.

Una Iglesia, que en un rapto de iconoclasia, anulara este abecedario, elegiría insólitamente ser analfabeta del misterio. El perfume del óleo, el flamear de olivos, el trenzado de palmas, la nube del carísimo incienso —con el que se podría dar de comer a cientos de desnutridos— cirios llameantes, íconos relucientes, conforman la poesía del pobre, la lustrosa égloga del simple, la lírica más encumbrada del indocto, que recibe de su Madre, la Iglesia, el feliz idioma de los signos para aclamar al Rey de la Gloria montado sobre el ínfimo asno del sacerdote celebrante…
Quien le quitara al pobre este derecho, esta fortuna, ésta, su única riqueza, agravia gravísimamente sus derechos. Los ricos seguirán teniendo sus anaqueles abarrotados de libros, y los doctos, sus pomposos títulos… pero al pobre le habrán quemado su único lenguaje: el del signo sagrado.





lunes, 27 de mayo de 2013

Bouyer: espiritualidad y espiritualidades


Los primeros estudios sobre la historia de la espiritualidad hechos durante el siglo pasado han considerado a las espiritualidades como si tuviesen cierta autonomía dentro del cristianismo, como si dispusiesen de una cierta plenitud encerrada en sí misma. Se estudiaba las espiritualidades de las diferentes órdenes religiosas, las espiritualidades de distintos tipos de vida cristiana. Se terminó sistematizando esta diversificación de la que da testimonio el estudio histórico y, tomando ciertas formas de acción católica en particular, se ha querido hacer una espiritualidad para los obreros, otra para los burgueses, una tercera para los sacerdotes. Se puso de moda hablar de la "espiritualidad de los laicos", como si todas aquellas realidades –obreros, burgueses, sacerdotes, laicos– debieran considerarse, desde el punto de vista de la espiritualidad, independientes las unas de las otras.
Todo esto me parece profundamente falso.
No hay sino una sola espiritualidad cristiana, claro que dotada de una riqueza prodigiosa, a punto tal que puede adaptarse a circunstancias históricas, sociales y culturales de lo más variadas. No hay sino una sola y la misma vida espiritual, de cuyas profundidades emergen rasgos de manera múltiple y diversa sin que por ello de hecho se genere una separación o enclaustramiento; mucho menos a designio.
Resulta por otra parte muy notable que los maestros espirituales más creativos, aquellos que han renovado nuestra aproximación a la vida espiritual, lejos de querer encerrarse en su propia experiencia, en su propia visión de la espiritualidad cristiana y su modo de vivirla, siempre se han empeñado –en la medida de lo posible, tanto para sí mismos como para sus discípulos– en beneficiarse con los diferentes esfuerzos, pero, como si dijéramos, sinfónicos, de todos sus contemporáneos movidos por el Espíritu y a fortiori de toda la experiencia cristiana que los procedía.
En este sentido, nada más característico que la actitud de Santa Teresa de Ávila. Cuando fundaba sus Carmelos, ella decía que, para sí misma y para sus religiosas, poco le importaba que el confesor y el director espiritual fuese jesuita, dominico, cura secular o carmelita, con tal de que fuese alguien sólidamente formado en materia teológica y auténticamente espiritual. Tengo para mí que todos aquellos que están en el origen de las diversas espiritualidades compartían este mismo espíritu.
Por el contrario, aquellos que pretenden elaborar una espiritualidad propia, particular, para sí y para sus discípulos, al esforzarse en distinguirse de los demás, emprenden un camino que no es cristiano y que tampoco es realista.
Bouyer, L. Le métier du théologien, Ad Solem Éditions, Ginebra 2005,  pp.140-141. Traducción de Jack Tollers.
Visto en:

jueves, 23 de mayo de 2013

Yo te perdono, Sodalicio


El tema de la deriva sectaria de los movimientos primaverales de matriz neoconservadora no es nuevo para los lectores de nuestra bitácora. La Iglesia vive una situación caótica determinada por un nuevo asociacionismo, que pareciera obtener como contrapartida por su adhesión absoluta y entusiasta al Vaticano II una suerte de "patente de corso" eclesial, en virtud de la cual la Jerarquía eclesiástica se muestra reticente en corregir las distintas heterorpraxis que florecen en el seno de los nuevos movimientos. La anterior afirmación, no obstante, debe matizarse para rendir un justo homenaje a Benedicto XVI, que al menos habilitó cierta depuración de “fundadores primaverales”. Una tarea inconclusa, sin dudas, pero que tuvo con el Papa Ratzinger su puntapié inicial, lo que contrasta con la inacción de los tiempos del Magno.
Transcribimos hoy una entrada de Martin Scheuch a quien no conocemos. Una mirada muy superficial a su bitácora nos indica que su visión de la Iglesia y del mundo es muy distinta, y a veces muy distante, de la nuestra. A pesar de que la identidad de nuestra bitácora es “tradicionalista” (independiente), no tenemos problemas en reproducir sus reflexiones. Porque su relato parece verosímil en cuanto a los hechos. La descripción de la estructura institucional y de la praxis del Sodalicio de Vida Cristiana concuerda con la de otras instituciones eclesiales semejantes sobre las que ya se ha hablado en nuestro blog. Esta entrada debe publicarse por caridad, justicia y solidaridad humana, pues aspira cuanto menos a expresar el deseo de una justa reparación del daño causado y su debida prevención para el futuro. De poco le sirve a la Iglesia que determinados personajes como Alejandro Bermúdez emprendan una labor “apologética” si no son capaces de ver el daño espiritual que pueden causar en las personas de carne y hueso determinadas prácticas institucionales de las que son solidarios.

YO TE PERDONO, SODALICIO
Por Martin Scheuch

Desde que comencé a escribir en este blog, hay varias personas vinculadas al Sodalicio y al Movimiento de Vida Cristiana que me han rogado que perdone y dé vuelta a la página. Lo cual implicaría como consecuencia que deje de escribir sobre mis experiencias y no siga revelando lo que sé del Sodalicio. Curiosamente, en el pasado, cuando todavía no había publicado nada, no se me pedía que perdonara, sino más bien que hiciera una autocrítica a fondo y reconociera mis faltas y mis errores. Pues en la ideología sodálite se parte del axioma de que la institución no puede estar mal, en base a una interpretación muy peculiar de lo que es el carisma o don especial del Espíritu Santo, según la cual se infiere que el Sodalicio es una obra querida por Dios y, por lo tanto, criticarlo equivale a criticar la voluntad de Dios. Fuera de que esto es mala teología, en el Sodalicio siempre se ha fomentado la autoinculpación de sus miembros, pues constituye una de las estrategias más eficaces para tener controladas sus mentes y sus voluntades. Y sirve de sustrato para ese miedo que tienen muchos de expresar libremente sus objeciones, e incluso de irse cuando su conciencia les dicta que dar ese paso es lo correcto. Ese miedo o angustia puede incluso acompañar durante años a aquellos que se han ido, a tal punto llega a ser profunda la huella que dejan los “metodos de formación” que se aplican en la institución, muy semejantes a las técnicas de control mental que implementan las sectas.
No han faltado quienes, antes mis observaciones críticas producto de una reflexión de años, hayan querido hurgar en mi vida personal y pretendido encontrar la raíz de esas críticas en “rupturas” interiores, crisis existenciales o “falta de reconciliación”, que es como se la llama en los ambientes de la Familia Sodálite. Y eso sin admitir la posibilidad de que los problemas pueden estar en el Sodalicio mismo, siendo así que el mensajero que evidencia esos problemas no tiene la culpa de que existan. “Matar al mensajero” es la consigna con la cual se puede resumir el proceder del Sodalicio, metáfora que significa que se buscará desacreditarlo, difamarlo, anularlo mediante el miedo, las amenazas veladas y el desprestigio social. A decir verdad, lo del desprestigio social puede que funcione en Lima, donde el Sodalicio sigue teniendo su sede central y el apoyo casi incondicional del inefable Cardenal Cipriani, arzobispo de Lima, además de una notable influencia en la clase burguesa y pudiente limeña así como en algunos medios de prensa, pero dudo de que tenga efectos en otras latitudes.
En el momento en que se me comienza a pedir que perdone, cambia la perspectiva, pues ello implica un tácito reconocimiento de errores que son merecedores de perdón. De hecho, casi nadie de entre aquellos que me han escrito ha cuestionado la veracidad de lo que yo expongo. Ciertamente, pueden haber inexactitudes en cuanto a detalles puntuales, pero nada de lo que relato es inventado, y la mayor parte corresponde a mis propias experiencias o lo he sabido de primera mano. Las inexactitudes que pueden haber se deben a falta de información adicional, lo cual es inevitable desde el mismo momento en que aquellos que está en situación de poder completar esa información no quieren hablar o han recibido la orden de no hacerlo, pues el Sodalicio es muy reticente en cuanto a proporcionar información, y prefiere acusarme de tergiversar los hechos, antes que desmentirlos presentando su propia versión de los mismos. Y como ya he señalado, se trata de algunos pocos detalles puntuales, pues en todo lo demás soy consciente de que me he esforzado en ser fiel a mi memoria y en contrastar la información con las fuentes de que dispongo, absteniéndome de relatar lo que no puede ser comprobado.
Tampoco han faltado quienes han querido elucidar las motivaciones por las cuales escribo, definiéndolas como una especie de venganza mediática por el hecho de que se me hizo oídos sordos a todas las críticas que manifesté en su momento. Reducir mis motivaciones a una especie de reacción insidiosa frente al hecho de que no me hicieran caso, no se ajusta a verdad. Durante década y media nadie me hizo caso en el Sodalicio, y nunca publiqué nada. Y nada va a cambiar ahora, porque tengo razones para suponer que tampoco me van a hacer caso. Tampoco pretendo que se me haga caso. Cada uno es libre de hacer lo que quiera. El asunto es más grave. Se trata de ventilar los problemas estructurales que presenta el Sodalicio y que afectan a innumerables personas. Pues así cómo hay quienes se han acercado a la fe a través del Sodalicio, también hay quienes se han alejado de ella o han sido perjudicados psicológicamente por obra de la institución. Que se hable sobre el tema le puede hacer también mucho bien al Sodalicio. No hablar de lo que sé y aquí excluyo en la medida de lo posible los datos anecdóticos de la vida privada de las personas me haría cómplice de esa situación. ¿Voy a solucionar yo los problemas? No lo creo. Pero sí puedo contribuir a ayudar a muchas personas. Porque parto de la postura de un fiel creyente en la Iglesia, y no de la posición de alguien que, criticando al Sodalicio, aprovecha para criticar además a toda la Iglesia.
Debo dejar en claro que mi blog no es un blog sobre el Sodalicio, sino una ventana abierta donde busco dar testimonio de cosas que he vivido y que pueden ayudar a otras personas a comprender ciertas realidades. Es inevitable que hable sobre el Sodalicio, pues estuve oficialmente vinculado a él durante 30 años de mi vida. Describo lo que vi y viví por experiencia propia en en el Sodalicio y que ha sido ocultado pertinazmente por la institución. Y me refiero a doctrinas, estilos, prácticas, hábitos y costumbres, en fin, al sistema mismo. Yo no tengo la culpa de que el Sodalicio tenga o haya tenido las cosas que yo describo. Que se sepan a través de mí no me convierte en responsable de esas cosas. Y el daño que se pueda producir no es de responsabilidad del mensajero, sino de los verdaderos causantes de esas cosas. El daño se puede subsanar cambiando lo que se tenga que cambiar, no callando al mensajero.
Mis experiencias son subjetivas en el sentido de que las viví yo, pero no son fruto de mi subjetividad. Yo no he inventado nada y tampoco estoy mintiendo, y los datos que proporciono no son meras interpretaciones. Que pueden diferir de otra experiencias, lo admito. No por ello se hacen inválidas, sino que complementan lo que otros puedan haber experimentado. Y es interesante descubrir que mi experiencia es similar a la de otras personas, que por fin se atreven a hablar de lo que ellas mismas han vivido.
No le guardo rencor a nadie. Todo ya ha sido perdonado. Me siento a veces como una hoja al viento, que no está anclada a las cosas de este mundo. Y por eso mismo, con mayor libertad para dar testimonio. De todos modos, por si acaso alguien todavía tiene dudas, quiero dejar aquí constancia pública de todo aquello que he perdonado.
- Perdono que, entre 1978 y 1980, siendo todavía menor de edad, haya sido sometido a exámenes psicológicos efectuados por personas no profesionales sin el conocimiento ni consentimiento de mis padres. Se trataba de una práctica habitual en el Sodalicio. Las personas que me realizaron estas evaluaciones psicológicas fueron Germán Doig y Jaime Baertl, aunque me consta que también las realizaban el mismo Luis Fernando Figari, Superior General del Sodalicio hasta el año 2010, además de Virgilio Levaggi, Alfredo Garland y José Ambrozic, entre otros.
- Perdono que se me haya permitido emitir una promesa formal mediante la cual me comprometía a seguir el estilo y la espiritualidad del Sodalicio y obedecer a sus superiores cuando sólo tenía 15 años de edad, sin que mis padres hubieran sido informados al respecto. Más aún, se me indicó expresamente que mis padres no tenían por qué enterarse de la promesa que había hecho y que no les dijera nada.
- Perdono que se me haya fomentado la desobediencia y el desprecio hacia mis padres, que debía ser sustituida por obediencia y respeto absolutos hacia las autoridades del Sodalicio. Sobre todo Luis Fernando Figari fomentaba un culto hacia su persona, de modo que se debía seguir sus órdenes sin chistar, se debía reflexionar continuamente sobre las cosas que le decía a uno personalmente, y aceptar como incuestionable todo lo que exponía en sus escritos y charlas, de modo que cualquier análisis crítico de lo que él decía era impensable, pues se exigía un sometimiento del pensamiento y la voluntad propias a su pensamiento y su voluntad. Recuerdo también cuando en en el verano de 1980 mi madre, en su desesperación, llamó por teléfono a Jaime Baertl y, entre otras cosas, le dijo: «Me están robando a mi hijo», a lo cual él respondió irónicamente: «Señora, el ladrón cree que todos son de su misma condición». Y así cómo él hizo uso de la ironía, también me recomendó que la usara con frecuencia para oponerme a mi madre, a quien designaba con el apelativo despectivo de “tu vieja”.
- Perdono que, desde mayo de 1978, en que asistí por primera vez a un retiro organizado por el Sodalicio, hasta 1993, cuando dejé de vivir en comunidades, se me haya exigido en reuniones grupales la apertura total de mi esfera privada y personal, e incluso se hubiera ejercido presión por parte de los encargados para que, al igual que otras personas presentes, revelara mis experiencias y sentimientos íntimos. Esto solía llevar a una situación de desamparo personal que, a efectos prácticos, permitía una manipulación de las conciencias, sobre todo generando una dependencia hacia quien ostentaba la autoridad.

- Perdono que no se me hubiera permitido ni siquiera salir a la calle a no ser para actividades que formaban parte del horario reglamentario o comunicarme telefónicamente con quien sea, incluidos mis padres, sin permiso expreso del superior. Estas medidas formaban parte de un sistema donde las comunicaciones con el mundo exterior eran controladas férreamente, lo cual a la larga, junto con otras medidas de control mental, terminó generando en mi interior una división entre el ambiente interno del Sodalicio y el mundo externo, hacia el cual se debía tener desconfianza y considerarlo en parte como un peligro para seguir la vocación sodálite en la vida consagrada. Se efectuó como una especie de secuestro de mi psique, que yo acepté al principio de buen grado, pero que a la larga causó en mi una disociación que se traducía en la división excluyente entre un mundo intracomunitario bueno contrapuesto a un mundo “salvaje” fuera de los límites de la comunidad, con el cual no era permitida ninguna componenda.
- Perdono los correazos que, por orden de Luis Fernando Figari, me fueron propinados en la espalda desnuda, sólo para que éste pudiera demostrar su tesis de que las mortificaciones corporales son inútiles, y de que la ascética basada en el dolor físico no tenía mucho sentido y fomentaba la soberbia.
- Perdono la aplicación constante de técnicas de control mental a que fui sometido, muy comunes entre los grupos de características sectarias, entre ellas:
·                      el agotamiento físico a través de ejercicios corporales intensos y prolongados, sumándose a ello la continua sustracción de horas de sueño, y dado que el hecho de quedarse dormido era sancionado con penitencias, sin importarle a nadie que uno estuviera cansado, ello me generaba miedo a quedarme dormido, lo cual a su vez producía un stress que me ocasionaba más agotamiento y tensión, y con ello más cansancio y sueño, en lo que era un círculo vicioso sin salida;
·                      el aislamiento de mis familiares y amigos no pertenecientes a la institución, aplicando las consignas dictadas por Luis Fernando Figari: «sólo un sodálite puede ser amigo de otro sodálite» y «en la Iglesia podemos tener compañeros de camino, pero amigos verdaderos sólo en el Sodalicio»;
·                      la anulación de la esfera privada, al hacer que todos los aspectos de la vida personal dependieran de la comunidad, sin serme permitido casi nunca tomar una decisión propia, además de ser forzado a confesar todos los aspectos de la propia vida íntima ya sea en reuniones grupales, con el superior o con el consejero espiritual, incluyendo aspectos referentes a la sexualidad, muchas veces aplicando dinámicas conducentes a este fin y violentando la libertad personal mediante la intimidación y la violencia verbal, si se consideraba necesario;
·                      la programación minuciosa de lo que uno debe hacer desde que se levanta hasta que se acuesta, incluyendo también el tiempo libre, sin dejar nada a la libre decisión de la persona;
·                      la amonestación y reprensión con un lenguaje agresivo ante preguntas incómodas o difíciles de responder, por más legítimas que fueran;
·                      el uso frecuente de un lenguaje agresivo e insultante; quien se quejaba del trato era tachado de susceptible, “hembrita”, débil, poco viril;
·                      la obligación de asistir por consigna a cualquier conferencia o charla del fundador, y apuntar minuciosamente todo lo que dijera, para luego estudiarlo y revisarlo durante horas;
·                      la aplicación desproporcionada de castigos severos y humillantes ante faltas que pueden ser consideradas ligeras. A manera de ejemplo, puedo mencionar que:
o                                             fui obligado por Germán Doig a pasar una noche en vela en la capilla de la Comunidad Nuestra Señora del Pilar (Barranco) en adoración del Santísimo, sólo por haber cabeceado durante una Misa en la Iglesia de San José situada en la Av. Dos de Mayo 259, Miraflores;
o                                             fui enviado durante una semana a vivir bajo un régimen estricto en una de las comunidades de formación de San Bartolo (bal nearioal sur de Lima) que eran mencionadas a veces de manera humorística entre los sodálites como “la Siberia”, sólo por haber hecho un par de preguntas incómodas de corte intelectual a Germán Doig durante una charla en el Centro Pastoral de San Borja, lo cual constituye también una falta de respeto a la legítima diversidad de opinión, pues en el Sodalicio sólo el hecho de preguntar podía ser motivo de amonestaciones, acompañadas de reproches por no haber aprendido o estudiado a fondo el pensamiento sodálite;
o                                             me fue vertido un vaso lleno de agua fría encima de la cabeza por orden del superior de turno de la Comunidad Nuestra Señora del Pilar entonces ubicada temporalmente en el barrio de La Aurora, Miraflores, sólo por haberme quedado dormido en una reunión muy cerca de la medianoche;
o                                             me fue prohibido participar de las reuniones recreativas de la comunidad por tiempo indefinido, debido a que grabé cassettes de música clásica para uso personal en el equipo de música perteneciente a Alfredo Garland, entonces superior de la Comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco, sin su permiso. Debo indicar que los simples miembros de las comunidades teníamos entonces prohibido, por orden expresa de Luis Fernando Figari, escuchar todo tipo de música, salvo la que fuera de carácter religioso. Esa orden no se aplicaba a los superiores, que podían escuchar la música que creyeran conveniente. Un domingo, tarde en la noche, en que la comunidad tenia una actividad recreativa en la sala destinada a estos fines, de la cual yo estaba excluido, me eché un rato a descansar en mi cama debido al cansancio y me quedé dormido. Fui despertado violentamente por Alfredo Garland y José Antonio Eguren, y a modo de castigo, se me ordenó estar confinado en una habitación separada del resto de la casa, con prohibición de salir si no era para ir al baño, prohibición de hablar con cualquier miembro de la comunidad que no fuera Eguren, prohibición de leer cualquier otra cosa que no fuera la Biblia y los escritos de autores espirituales que se proporcionara para hacer un retiro espiritual que me hiciera cambiar de actitud y me llevara a corregir mis “malos comportamientos”.
- Perdono los abusos debido a excesos cometidos durante los ejercicios físicos que teníamos que realizar los miembros de las comunidades de formación de San Bartolo, poniéndose a veces en riesgo la integridad física de las personas sin medir las consecuencias. Yo junto con otros más fui obligado a hacer cuclillas con una bolsa de cemento, de unos 25 kilogramos, sobre los hombros. A consecuencia de ello, se me generó una dolorosa inflamación de los músculos dorsales, a tal punto que ni siquiera podía mover el cuello para mirarme los pies, tuve que usar una faja y necesité una semana para restablecerme. Otro sodálite, que sufría de dolencias en la columna vertebral, también fue obligado a hacer tales ejercicios, no obstante que le advertí al superior Emilio Garreaud que eso podía hacerle daño. Asimismo, fuimos obligados a ingresar al mar de noche, en un sitio donde reventaban olas y había muchas rocas filudas. Varios salieron del mar con arañazos, heridas y cortes. También hubo ocasiones en que se hizo nadar a algunos durante tanto tiempo en el mar, que cuando finalmente salieron, no dejaban de temblar debido a que la temperatura corporal les había descendido por debajo de los 36 °Cy se les tuvo que dar vino caliente para subirles la temperatura. En la última época que pasé en San Bartolo (de diciembre de 1992 a agosto de 1993) yo tenía que levantarme todos los días a las cuatro de la madrugada cuando todavía estaba oscuro y meterme al mar junto con otro sodálite, fueran cuales fueran las condiciones climáticas, hubiera mar calma o brava, sin que hubiera nadie que por seguridad nos vigilara desde afuera.
- Perdono la mentalidad que se me inculcó, que establece una separación entre el Sodalicio y el resto del mundo, disponiendo que hay entregar toda nuestra confianza a los responsables de la institución y hay que mantener una cierta desconfianza hacia lo que se halla fuera del Sodalicio. Esta mentalidad es reforzada por el concepto rígido de obediencia que se maneja al interior de la institución, donde la crítica al superior aunque sea legítima es considerada como una falta grave, pues «el superior sabe mejor que tú lo que es bueno para ti» y «el que obedece, no se equivoca», lo cual en el fondo induce a una renuncia a la propia conciencia y responsabilidad. Además, esta mentalidad de separación entre el Sodalicio y el resto del mundo también se aplica al interior de la Iglesia. Pues durante mucho tiempo a mí se me inculcó que la espiritualidad y el pensamiento sodálites constituían una de las maneras más radicales y auténticas de vivir el cristianismo en la actualidad, junto con un menosprecio de muchos grupos y espiritualidades que forman parte de la diversidad eclesial, que eran calificados de mediocres. Había un particular desprecio por los grupos parroquiales, los carismáticos, los neocatecumenales, entre otros, y en particular por los partidarios de la teología de la liberación, aun en sus formas legítimas. Se nos inculcaba que el diálogo con personas que siguieran estas espiritualidades particulares no era una opción válida. Eso explica por qué se ha tenido una actitud muy agresiva e incluso se han tomado medidas represivas contra quienes tuvieran simpatía hacia la teología de la liberación. Quiero recalcar que superar esta mentalidad de separación intraeclesial entre el Sodalicio y los demás grupos me ha costado mucho esfuerzo, además de que los rezagos de esa mentalidad me han generado más de un problema durante mi reinserción en la vida normal en el mundo.

- Perdono la situación de angustia que se me generó durante los siete últimos meses que paseé en una de las comunidades sodálites de San Bartolo, en el año 1993, hasta el punto de que llegué a desear que me sobreviniera la muerte. Eso debe atribuirse al concepto estrecho de vocación que se ha manejado en el Sodalicio y que se inculca en las mentes, a saber, que a quien no sigue la vocación a la que Dios le ha llamado, le será muy difícil obtener la salvación eterna. Esto se traducía así: quien ha sido llamado por Dios al Sodalicio y se aparta de él, pone en peligro no sólo su felicidad temporal, sino también su salvación eterna, y debe ser considerado como un “traidor”. El hecho de que yo no me sintiera realizado ni a gusto en las comunidades sodálites era para mí un indicio de que yo no estaba llamado a la vida consagrada en comunidad, pero el haber seguido esa vida durante unos once años (desde diciembre de 1981) me hacía pensar que posiblemente ésa si pudiera ser mi vocación, y era yo el que estaba fallando y fracasando. El hecho de tener que tomar una decisión que, según lo que me habían inculcado, podía decidir mi destino eterno me angustiaba a tal punto, que hubiera preferido morir debido a alguna circunstancia fortuita, es decir, ya no me importaba seguir viviendo. Esa sensación que se prolongó durante casi todo el tiempo que estuve en San Bartolo, y que me llevaba a no importarme correr riesgos durante los ejercicios corporales incluyendo la natación en mar abierta alcanzó una gran intensidad debido a que, como no se me comunicó cuánto tiempo iba a estar en San Bartolo “discerniendo”, como se suele decir, sino hasta un mes antes de salir, vivía en una continua incertidumbre y desasosiego. En esa época se creía en el Sodalicio que había muy pocas razones legítimas para alejarse de él, y que quienes se alejaban por lo general habían traicionado el llamado de Dios y sus esperanzas de salvarse eran muy reducidas. Eso explicaría por qué algunos ex sodálites logran cierta paz cuando arrojan esa mentalidad por la borda, aunque muchas veces eso signifique también desprenderse de la fe.
- Perdono la desconfianza hacia mí que percibí en muchos sodálites consagrados, su falta de apoyo para reinsertarme en el mundo y el ostracismo que se me aplicó después de salir de comunidad, cuando poco a poco fui siendo apartado de manera imperceptible de actividades de formación y apostolado en el Sodalicio y el Movimiento de Vida Cristiana.
- Perdono que se me haya considerado loco, excéntrico o raro cuando comencé de buena fe a manifestar observaciones críticas ante varios aspectos del Sodalicio y del Movimiento de Vida Cristiana, o que se haya aceptado como ciertos rumores falsos sobre mi vida laboral y privada, sin verificación de ningún tipo.
Con todo lo dicho, el paso más importante para una reconciliación ya está dado. Y si algo he callado u olvidado, eso también queda perdonado y no se lo voy a tener en cuenta al Sodalicio. No voy a exigir disculpas, pues darlas es algo que debe partir de la libre iniciativa de los implicados y no una obligación. Pero si vienen, serán bienvenidas con el corazón abierto y la mano extendida.
El propósito de enmienda queda como un asunto entre Dios y los responsables del Sodalicio. Si quieren enmendarse, en buena hora. Y si no, arréglenselas con Dios y con el juicio de la historia. Pues ante Dios sí van a tener que responder de cómo administraron los talentos que se les confió, y qué hicieron con las personas que, por esos vericuetos del destino, se unieron al Sodalicio y pusieron su confianza en la institución, para luego ver sus esperanzas traicionadas.
Puedes irte, Sodalicio. No te condeno, ni te guardo rencor. Te bendigo y te deseo todo bien, no tanto por ti, sino por los seres humanos de carne y hueso que viven bajo tu sombra y que, al igual que yo, se sienten miembros vivos de la Iglesia, y a los cuales considero hermanos en la fe, aunque no compartamos la misma ideología. Pero sí compartimos la misma fe y estamos unidos en la esperanza y el amor, en ese misterio de comunión que llamamos Iglesia, en ese Pueblo de Dios donde la diversidad no sólo está permitida, sino que constituye uno de los mayores dones del Espíritu Santo.
Adiós, Sodalicio. Descansa en paz y que duermas bien. Por los siglos de los siglos.

Fuente:

lunes, 20 de mayo de 2013

Una dicotomía forzada


No resulta tan raro encontrarse con una dicotomía en virtud de la cual se afirma que un concilio ecuménico es infalible y verdadero concilio o no es más que un conciliábulo. Pensamos que se trata de un planteamiento equivocado. No todo el contenido de un concilio ecuménico es infalible, ni todo concilio ecuménico tiene necesidad de emplear el carisma de la infalibilidad. Ofrecemos la traducción de un fragmento que esperamos contribuya a dar mayor claridad sobre este punto.


c) Los obispos* reunidos en Concilio son infalibles sólo cuando ejercitan su autoridad como maestros de fe y costumbres mediante un decreto definido e irrevocable, y enseñan que tal doctrina es revelada y, por tanto, debe ser aceptada por todos los miembros de la Iglesia. Ahora bien, dado que los obispos no necesitan intentar tales decisiones irrevocables en todo momento, es necesario que una definición infalible esté redactada de tal forma que indique claramente su carácter definitivo. A este propósito no hay una fórmula necesariamente preestablecida; pero parece suficiente mencionar la doctrina como artículo de fecomo un dogma católico, como una doctrina que siempre ha creído la Iglesia como una doctrina transmitida por los Padres. El anatema pronunciado contra quienes niegan una doctrina es también evidencia suficiente de una definición dogmática.
La gran mayoría de los actos de los concilios no son definiciones infalibles, porque no han sido entendidos como tales. “Ni las discusiones que preceden a una declaración dogmática, ni las razones alegadas para probarla y explicarla, deben aceptarse como verdades infalibles. Nada que no sean los decretos en sí mismos son de fe, y estos sólo si son entendidos como tales” (Bellarmino, De Conciliis, I, 17).
d) Dado que la infalibilidad se debe a la mera asistencia del Espíritu Santo, deberían emplearse medios humanos para descubrir y comprender la verdad que será definida, pero la certeza de la definición no depende de las investigaciones previas realizadas por los obispos del concilio, ni de sus habilidades y entendimiento. La falta de investigaciones adecuadas sería un pecado de parte de los obispos, pero el Espíritu Santo puede prevenir, y de hecho previene, los errores en una definición dogmática, a pesar de la negligencia en la investigación teológica previa o del empleo de argumentos falsos para probar la doctrina definida.
Fuente:
Berry, J. The Church of Christ (1927), pp. 458-9.

* N. de R.: pensamos que el autor se refiere al Concilio Ecuménico como sujeto docente confirmado por el Papa en sus definiciones. Si no contara al menos con la confirmación del Papa, no sería un Concilio Ecuménico..

jueves, 16 de mayo de 2013

¿Bugnini masón?


En algunos sitios tradicionalistas se repite con un empeño digno de mejores causas que Annibale Bugnini fue masón. Acusación que tiene un efecto impactante para los católicos conscientes.

Pero sobre este asunto caben dos posibilidades de hecho: que Bugnini realmente fuera masón o que se tratara de una calumnia. Supuesto que fuera verdadera la acusación, queda por determinar si hay pruebas del hecho o no existen evidencias fiables. Tratándose de la masonería las pruebas siempre serán una cuestión difícil.

Resulta interesante traer a colación a Michael Davies. En la última entrevista que le hicieron, Davies dejó en claro que él nunca acusó a Bugnini de ser masón. En rigor, Davies afirmó que Pablo VI creyó en la acusación y que por este motivo lo desplazó de su cargo enviándolo como nuncio a Irán. Hecho sobre el que tal vez se publiquen en el futuro nuevas evidencias a raíz de la causa de beatificación de Montini. También cabe pensar, en base a otros testimonios sobre las características personales de Bugnini, que Pablo VI lo hubiera echado por manipulador.

En cualquier caso, Davies dejó en claro que incluso si pudiera probarse que el Arzobispo Bugnini no fue masón, y que fue uno de los católicos más sinceros y dedicados del siglo XX, su crítica al Novus Ordo Missae no se debilitaría porque se fundamenta en los defectos objetivos de la reforma y no en las cualidades personales del arzobispo.

Gracias a Panorama Católico, contamos ahora con la edición digital del libro de Michael Davies “La Nueva Misa del Papa Pablo. La revolución litúrgica”. Si revisamos la obra, podemos constatar que el autor dedica sólo tres páginas, sobre un total de seiscientas sesenta y una, a la posible pertenencia de Bugnini a la masonería. Dice Davies: «En El Concilio del Papa Juan dejo en claro que mi crítica contra la reforma litúrgica no se basó para nada sobre el supuesto de que el Arzobispo Bugnini fuera masón. Mi caso se basa solamente sobre la misma reforma y sus efectos sobre la vida de la Iglesia.» (P. 519).

Tal vez de la lectura del libro de Davies se pueda concluir que una de las falencias del tradicionalismo ideológico es dar excesiva importancia a cosas que objetivamente no la tienen o que son poco relevantes. Porque «la realidad es aquello que, cuando uno deja de creer en ello, no desaparece» (Phillip Dick).