lunes, 17 de septiembre de 2012

La desesperación pagana (y II)


Esa desesperación pagana hace irrupción actualmente en el mundo neopagano a través de la literatura de los países protestantes; y su siniestro glas es el toque de sálvese quien pueda para toda una civilidad descristianada.
Tenemos delante tres libros de vacaciones recientemente publicados en una primorosa colección llamada "La Pajarita de Papel". El director de la colección, supremo catador de elixires poéticos, ha juzgado que ellos son lo más fino y lo más "allá" que se puede brindar al público argentino, que despierta de su ensueño analfabeto para convertirse en lector ferviente. David Lawrence, Katherine Mansfield, Franz Kafka. Los tres poetas indiscutiblemente genuinos representan en tres formas distintas, bastante paralelas a las de Ovidio, Catulo y Lucrecio, un terrible testimonio de la desesperación pagana, mil veces más acre y sacrílega actualmente que en el paganismo precristiano, pues entre éstos y aquéllos ha pasado nada menos por el mundo la Esperanza hecha Carne; y, voto al cielo, no ha pasado en vano.
Katherine Mansfield, para empezar por la más amable del trío, es una niña neozelandesa o australiana transportada al más refinado ambiente londinense, y de cuya vida, devastada rápidamente como una flor exótica o un ave del paraíso, nos quedan unas cuantas narraciones breves, una novela, unas memorias truncas y una colección de cartas, que no son todos sino poemas autobiográficos y elegíacos de tan delicada calidad literaria y tan profunda, sutil y penetrante tristeza que la comparación con el ruiseñor de Verona es obligatoria.
Las novelitas de la Mansfield (traducidas las mejores por Leonor Acevedo con un resultado si traidor, admirable) son narraciones sin argumento ni materia casi, descripciones de escenas familiares y caseras hechas con una técnica impresionista y puntillista que parece que juega con líneas graciosas y colores vivos, pero que tienen una solidez y una convicción irrecusables, un soplo de realidad poética que imponen a la fe como sustancias macizas esos cuadritos hechos de aire y tules. Todo lo que se diga para caracterizar este arte entre paisaje y minuetto, de toque tan seguro y leve, es inútil: hay que leerlo. Lo que me interesa ahora es el contenido filosófico y teológico de estos cuadritos tan femíneamente frívolos. Diríase que no hay dello absolutamente nada. Y sin embargo están allí tímidamente las patéticas confesiones del inexorable amustiarse de un alma niña indefensa que las "Cartas" y el "Diario" de Catalina balbucea en forma directa pero confusa, y sus novelas en forma implícita pero lúcida, como es propio del poeta épico. Dios está allí actuando por su ausencia; y la desesperación penetra como un gas venenoso las escenas de acuarela donde toda ternura, delicia y confort que la vida puede dar juguetean; la desesperación como un rojo letrero de remate sobre un parque en primavera. No es la inquietud propiamente, sino el fatal quietismo: no es la fiebre sino la indolora gangrena, la necrosis. No es la agitación de Agustino:
"hicístenos, ¡Oh! Dios para Vos, inquieto está nuestro pecho hasta descansar en Vos". Es una muerta calma chicha, una inexpresable desolación sin lucha. Lo espantoso del caso es que al alma (allí llamada Beryl Fairfield o Laura Sheridan) no le falta nada: familia, amor, comodidad, diversiones, quehaceres, el arte, la natura, el cielo y el mar inmenso, fresco y sublime de La Bahía. Pero hay un malentendido íntimo e irreparable entre todas esas cosas y el íntimo del alma, tan sutil y total que no se puede expresar (y de hecho nunca está expresado) ni siquiera con un suspiro que un bostezo fuera. ¡Oh Alma! ¿Qué quieres? -No lo sé. -¿Qué te falta? -Nada. -¿Qué te duele? -Todo esto, todo esto. -¿Dónde vas? -Por ahí. -¿Eres feliz? -¿Feliz?...
Los tres poetas éstos fueron tuberculosos. Es decir, seres intimados temprano de la invitación al viaje, con esa desesperada ansia de felicidad del incurable, esa sensibilidad afinada del tísico y esa capacidad terrible de recepción de lo malo, feo y triste de la vida, propia del infortunado. Franz Kafka fue un pequeño judío de Praga que murió a los 45 años dejando un lote de manuscritos inéditos entre los cuales dos novelas y unos cuantos cuentos y croquis. La desesperación que en Catalina constituye el aire de la obra, sale afuera en Kafka en pesadillas de una fría y minuciosa horripilez. Todos sus cuentos son pesadillas simbólicas. "Kafka se especializó en la confección de situaciones intolerables" (Borges): intolerables, minuciosas, tranquilas, verosímiles y convincentes, o sea la definición misma del desespero.
Ni un rechinar de dientes ni un grito que me venda
¿Blasfemar? ¿Para qué? ¿Para ser Tu irrisión?
Ya no hay lucha, es la calma tremenda
De la desesperación.
(Poema de los Novísimos, J. del Rey)
Borges dice que la interpretación teológica que se ha dado a Kafka no tiene importancia; "el pleno goce de la obra de Kafka no depende de ella". Me parece que no es admisible. Si se entiende por pleno goce la curiosidad diletante de la "literatura", entonces quizá. Pero es una actitud que no entendemos esa de ponerse a apreciar los colores (mortecinos por otra parte y opacos) de estos espirituales cadáveres; es el análisis clínico y el cuadro fisiopatológico con disección y anatomía, lo que aquí puede dar pleno goce. El cadáver para otra cosa no sirve. El pobre pulmonaria no se deshaló deshilando estos fatigosos relatos sino para aludir teológicamente: para comunicarnos que el infierno existe y que ya está en el mundo. La metamorfosis es la familia convertida en un ente infernal; la familia honesta y compuesta, no una familia desavenida, que ésa ya sabemos que es un infierno, sino una familia burguesa, respetable y normal = infierno. En la Muralla China es el Estado, y en parte también la Religión a quien se asesta el mismo trabucazo. Un artista del hambe, la Ascética y la Mística están visadas. Los otros cinco croquis, Una cruza, El Buitre, El escudo de la ciudad, Prometeo, Una confusión cotidiana, son cinco desgarradores lamentos para expresar el íntimo del alma definitivamente aridecida. "Dos obsesiones rigen la obra de Kafka -dice Borges en el breve y compacto prólogo que le dedica-, la subordinación es la primera el infinito es la segunda". ¿Y luego no hay teología en Kafka? Esas dos notas son teológicamente las que definen a la creatura como creatura: y psicológicamente definen el sentimiento de la religiosidad, que no es sino "el sentimiento de lo Infinito" (Max Müller) o "un sentimiento de dependencia" (Santo Tomás) o en suma "una sensación de dependencia infinita" (Schleiermacher). Lo malo para Kafka (y para Borges) es que en ellos esas notas definen la "religiosidad perdida", y sin embargo "exigida", o sea la "privación de la religiosidad". Privación es carencia de algo debido.


En Lawrence encontramos el tercer grado del desespero, la privación de la religiosidad con un sustituto grotesco y horrible, que vamos a nombrar derecho con perdón de los lectores, porque sí no, vale más no hablar de Lawrence: en vez de Dios el acto carnal, al cual se le exigen los efectos maravillosos del éxtasis de los místicos, cosa que no ha sido evidentemente inventada para eso. Es la esperanza dada vuelta al revés, la religiosidad contra natura retorcida hacia abajo, la abominación de la desolación, la quietud incestuosa del alma asentada sobre su género próximo.
Entregado a orgías continuas del pecado estúpido que los teólogos llaman "delectatio morosa" (poco fuerte físicamente para mucha lujuria efectiva), Lawrence fue elegido por Astaroth para dar expresión poética moderna a esa aberración que los psiquiatras llaman "sentimiento mixto", colusión barrosa de la religiosidad con el instinto sexual, de la cual están llenos los manicomios y por desgracia anda también suelta bastante. La resurrección de los nefandos "misterios" paganos de que San Agustín y Lactancio hablan con vergüenza y disimulo, la fornicación espiritualizada ("spíritus fornicatiomis") de que la Iglesia pide en las letanías mayor resguardo al cielo como del terremoto, la peste y la guerra. Lawrence se hizo tarea de su vida convertirla en una especie de religión monstruosa, afín de la teosofía y última etapa de la corrupción de la teología protestante. "La salvación del hombre y su felicidad está en el sexo, pero en el sexo exacerbado por todo lo que hay de más profundo y de más activo en el espíritu". Este es el "mensaje" de Lawrence, como lo apellida D. Guillermo de Torre, mensaje propalado con gran fuerza por un real talento de novelista; y es fácil encontrarlo sin revolver toda su repulsiva obra para el que materialmente no pueda hacerlo (como me pasa a mí, gracias a Dios) en el cuento llamado "Overtone" por ejemplo, o en la más abominable de todas sus obras, The Man who Died, novela póstuma que las resume todas, en la cual el desdichado obseso, como una especie de sello de precinto, no vaciló en ensuciar la figura del Redentor de los Hombres en una relación frenética medio simbólica, medio arqueológica, medio teosófica y medio pornográfica. A Lawrence habría que haberle dado los exorcismos.
No contento pues con haber hallado la receta de mezclar imágenes sutil o brutalmente impuras a todas las imágenes serenas de la vida y la naturaleza, como una especie de fumigación nefanda, Lawrence mezcló también imágenes religiosas y se atrevió con la más suprema de todas (anathema sit), teniendo como hemos dicho gran talento de imaginero, aunque malogrado, a nuestro juicio. Su obra -todas esas novelas inconclusas, esos cuentos sin desenlace, morosa y osadamente obscenos- es una especie de cuarto evangelio de la lujuria, como esas torpes y extrañas herejías que pulularon en los siglos III y IV, cuyo casi incomprensible increíble fantasma conocíamos a través de los escritos de los Santos Padres. Para su debilidad de tísico, el amor físico fue toda la vida la cosa imponente y gigantesca de que no se pudo liberar, que no pudo enseñorear, el ídolo tremante que alojó en su imaginación rumiante y desproporcionada, para adornarlo con caireles de todos colores y una desesperada "proyección al infinito", como dicen los geómetras.
Lo triste del caso para el mundo anglosajón es que el "testimonio" de Lawrence (el "mensaje" de Lawrence que dice Guillermo de Torre), salido del puritanismo, es decisivo contra el puritanismo. La prueba está hecha, sólo la Iglesia Católica posee la solución a lo que llaman feamente "problema sexual". Lawrence es la última descomposición del puritanismo, el purín color crema veteado de verde y café donde el Protestantismo se volvió Teosofía. El hombre del Norte, religioso y austero por temperamento climático, sobrio y duro por una temporada, da suelta al fin a la carne rebelada (¡y cómo se burlaban de la incontinencia de los Papistas esos ingleses victorianos!) pero quiere conservarla religiosa, volverla religiosa, quiere hacer con ella una religión, investir (con v corta) los más elementales impulsos animales con las luces más entrañables y sutiles del espíritu puesto a su servicio. En suma, para ese hombre normal y neto que es el latino más vicioso, todo esto es "una porquería", que se puede rechazar o consentir sabiendo empero lo que se hace; pero para este inglés sofisticado todo ello se vuelve olla podrida (entendiendo por olla el "mate" o sea la cabeza), donde a ratos y con disgusto puede asomar la cabeza, por obligación de oficio, el estudioso de teología y psicología, bañándose luego.
Y basta. El decorador A. Rossi ilustró La Mujer que se fue a Caballo (The Woman that rode off) con figuras futuristas desencuadernadas, en lo cual acertó. Berdiaeff designa el futurismo ("descomposición de la forma humana") como uno de los síntomas más flagrantes de esta descomposición de la época humanista que nos toca vivir, en que todo un mundo dejado de la mano de Dios da las boqueadas y se muere a las patadas por­ que le falta razón de vivir, para volver a la sabia idea de mi tío el canónigo.
Para dar lugar a un mundo nuevo, aunque sea bárbaro, que lleve en su seno, aunque sea oculta, la Razón suprema del vivir.

Tomado de: 

Castellani, L. Las ideas de mi tío el cura. P. 16 y ss.

La desesperación pagana (y II)


Esa desesperación pagana hace irrupción actualmente en el mundo neopagano a través de la literatura de los países protestantes; y su siniestro glas es el toque de sálvese quien pueda para toda una civilidad descristianada.
Tenemos delante tres libros de vacaciones recientemente publicados en una primorosa colección llamada "La Pajarita de Papel". El director de la colección, supremo catador de elixires poéticos, ha juzgado que ellos son lo más fino y lo más "allá" que se puede brindar al público argentino, que despierta de su ensueño analfabeto para convertirse en lector ferviente. David Lawrence, Katherine Mansfield, Franz Kafka. Los tres poetas indiscutiblemente genuinos representan en tres formas distintas, bastante paralelas a las de Ovidio, Catulo y Lucrecio, un terrible testimonio de la desesperación pagana, mil veces más acre y sacrílega actualmente que en el paganismo precristiano, pues entre éstos y aquéllos ha pasado nada menos por el mundo la Esperanza hecha Carne; y, voto al cielo, no ha pasado en vano.
Katherine Mansfield, para empezar por la más amable del trío, es una niña neozelandesa o australiana transportada al más refinado ambiente londinense, y de cuya vida, devastada rápidamente como una flor exótica o un ave del paraíso, nos quedan unas cuantas narraciones breves, una novela, unas memorias truncas y una colección de cartas, que no son todos sino poemas autobiográficos y elegíacos de tan delicada calidad literaria y tan profunda, sutil y penetrante tristeza que la comparación con el ruiseñor de Verona es obligatoria.
Las novelitas de la Mansfield (traducidas las mejores por Leonor Acevedo con un resultado si traidor, admirable) son narraciones sin argumento ni materia casi, descripciones de escenas familiares y caseras hechas con una técnica impresionista y puntillista que parece que juega con líneas graciosas y colores vivos, pero que tienen una solidez y una convicción irrecusables, un soplo de realidad poética que imponen a la fe como sustancias macizas esos cuadritos hechos de aire y tules. Todo lo que se diga para caracterizar este arte entre paisaje y minuetto, de toque tan seguro y leve, es inútil: hay que leerlo. Lo que me interesa ahora es el contenido filosófico y teológico de estos cuadritos tan femíneamente frívolos. Diríase que no hay dello absolutamente nada. Y sin embargo están allí tímidamente las patéticas confesiones del inexorable amustiarse de un alma niña indefensa que las "Cartas" y el "Diario" de Catalina balbucea en forma directa pero confusa, y sus novelas en forma implícita pero lúcida, como es propio del poeta épico. Dios está allí actuando por su ausencia; y la desesperación penetra como un gas venenoso las escenas de acuarela donde toda ternura, delicia y confort que la vida puede dar juguetean; la desesperación como un rojo letrero de remate sobre un parque en primavera. No es la inquietud propiamente, sino el fatal quietismo: no es la fiebre sino la indolora gangrena, la necrosis. No es la agitación de Agustino:
"hicístenos, ¡Oh! Dios para Vos, inquieto está nuestro pecho hasta descansar en Vos". Es una muerta calma chicha, una inexpresable desolación sin lucha. Lo espantoso del caso es que al alma (allí llamada Beryl Fairfield o Laura Sheridan) no le falta nada: familia, amor, comodidad, diversiones, quehaceres, el arte, la natura, el cielo y el mar inmenso, fresco y sublime de La Bahía. Pero hay un malentendido íntimo e irreparable entre todas esas cosas y el íntimo del alma, tan sutil y total que no se puede expresar (y de hecho nunca está expresado) ni siquiera con un suspiro que un bostezo fuera. ¡Oh Alma! ¿Qué quieres? -No lo sé. -¿Qué te falta? -Nada. -¿Qué te duele? -Todo esto, todo esto. -¿Dónde vas? -Por ahí. -¿Eres feliz? -¿Feliz?...
Los tres poetas éstos fueron tuberculosos. Es decir, seres intimados temprano de la invitación al viaje, con esa desesperada ansia de felicidad del incurable, esa sensibilidad afinada del tísico y esa capacidad terrible de recepción de lo malo, feo y triste de la vida, propia del infortunado. Franz Kafka fue un pequeño judío de Praga que murió a los 45 años dejando un lote de manuscritos inéditos entre los cuales dos novelas y unos cuantos cuentos y croquis. La desesperación que en Catalina constituye el aire de la obra, sale afuera en Kafka en pesadillas de una fría y minuciosa horripilez. Todos sus cuentos son pesadillas simbólicas. "Kafka se especializó en la confección de situaciones intolerables" (Borges): intolerables, minuciosas, tranquilas, verosímiles y convincentes, o sea la definición misma del desespero.
Ni un rechinar de dientes ni un grito que me venda
¿Blasfemar? ¿Para qué? ¿Para ser Tu irrisión?
Ya no hay lucha, es la calma tremenda
De la desesperación.
(Poema de los Novísimos, J. del Rey)
Borges dice que la interpretación teológica que se ha dado a Kafka no tiene importancia; "el pleno goce de la obra de Kafka no depende de ella". Me parece que no es admisible. Si se entiende por pleno goce la curiosidad diletante de la "literatura", entonces quizá. Pero es una actitud que no entendemos esa de ponerse a apreciar los colores (mortecinos por otra parte y opacos) de estos espirituales cadáveres; es el análisis clínico y el cuadro fisiopatológico con disección y anatomía, lo que aquí puede dar pleno goce. El cadáver para otra cosa no sirve. El pobre pulmonaria no se deshaló deshilando estos fatigosos relatos sino para aludir teológicamente: para comunicarnos que el infierno existe y que ya está en el mundo. La metamorfosis es la familia convertida en un ente infernal; la familia honesta y compuesta, no una familia desavenida, que ésa ya sabemos que es un infierno, sino una familia burguesa, respetable y normal = infierno. En la Muralla China es el Estado, y en parte también la Religión a quien se asesta el mismo trabucazo. Un artista del hambe, la Ascética y la Mística están visadas. Los otros cinco croquis, Una cruza, El Buitre, El escudo de la ciudad, Prometeo, Una confusión cotidiana, son cinco desgarradores lamentos para expresar el íntimo del alma definitivamente aridecida. "Dos obsesiones rigen la obra de Kafka -dice Borges en el breve y compacto prólogo que le dedica-, la subordinación es la primera el infinito es la segunda". ¿Y luego no hay teología en Kafka? Esas dos notas son teológicamente las que definen a la creatura como creatura: y psicológicamente definen el sentimiento de la religiosidad, que no es sino "el sentimiento de lo Infinito" (Max Müller) o "un sentimiento de dependencia" (Santo Tomás) o en suma "una sensación de dependencia infinita" (Schleiermacher). Lo malo para Kafka (y para Borges) es que en ellos esas notas definen la "religiosidad perdida", y sin embargo "exigida", o sea la "privación de la religiosidad". Privación es carencia de algo debido.


En Lawrence encontramos el tercer grado del desespero, la privación de la religiosidad con un sustituto grotesco y horrible, que vamos a nombrar derecho con perdón de los lectores, porque sí no, vale más no hablar de Lawrence: en vez de Dios el acto carnal, al cual se le exigen los efectos maravillosos del éxtasis de los místicos, cosa que no ha sido evidentemente inventada para eso. Es la esperanza dada vuelta al revés, la religiosidad contra natura retorcida hacia abajo, la abominación de la desolación, la quietud incestuosa del alma asentada sobre su género próximo.
Entregado a orgías continuas del pecado estúpido que los teólogos llaman "delectatio morosa" (poco fuerte físicamente para mucha lujuria efectiva), Lawrence fue elegido por Astaroth para dar expresión poética moderna a esa aberración que los psiquiatras llaman "sentimiento mixto", colusión barrosa de la religiosidad con el instinto sexual, de la cual están llenos los manicomios y por desgracia anda también suelta bastante. La resurrección de los nefandos "misterios" paganos de que San Agustín y Lactancio hablan con vergüenza y disimulo, la fornicación espiritualizada ("spíritus fornicatiomis") de que la Iglesia pide en las letanías mayor resguardo al cielo como del terremoto, la peste y la guerra. Lawrence se hizo tarea de su vida convertirla en una especie de religión monstruosa, afín de la teosofía y última etapa de la corrupción de la teología protestante. "La salvación del hombre y su felicidad está en el sexo, pero en el sexo exacerbado por todo lo que hay de más profundo y de más activo en el espíritu". Este es el "mensaje" de Lawrence, como lo apellida D. Guillermo de Torre, mensaje propalado con gran fuerza por un real talento de novelista; y es fácil encontrarlo sin revolver toda su repulsiva obra para el que materialmente no pueda hacerlo (como me pasa a mí, gracias a Dios) en el cuento llamado "Overtone" por ejemplo, o en la más abominable de todas sus obras, The Man who Died, novela póstuma que las resume todas, en la cual el desdichado obseso, como una especie de sello de precinto, no vaciló en ensuciar la figura del Redentor de los Hombres en una relación frenética medio simbólica, medio arqueológica, medio teosófica y medio pornográfica. A Lawrence habría que haberle dado los exorcismos.
No contento pues con haber hallado la receta de mezclar imágenes sutil o brutalmente impuras a todas las imágenes serenas de la vida y la naturaleza, como una especie de fumigación nefanda, Lawrence mezcló también imágenes religiosas y se atrevió con la más suprema de todas (anathema sit), teniendo como hemos dicho gran talento de imaginero, aunque malogrado, a nuestro juicio. Su obra -todas esas novelas inconclusas, esos cuentos sin desenlace, morosa y osadamente obscenos- es una especie de cuarto evangelio de la lujuria, como esas torpes y extrañas herejías que pulularon en los siglos III y IV, cuyo casi incomprensible increíble fantasma conocíamos a través de los escritos de los Santos Padres. Para su debilidad de tísico, el amor físico fue toda la vida la cosa imponente y gigantesca de que no se pudo liberar, que no pudo enseñorear, el ídolo tremante que alojó en su imaginación rumiante y desproporcionada, para adornarlo con caireles de todos colores y una desesperada "proyección al infinito", como dicen los geómetras.
Lo triste del caso para el mundo anglosajón es que el "testimonio" de Lawrence (el "mensaje" de Lawrence que dice Guillermo de Torre), salido del puritanismo, es decisivo contra el puritanismo. La prueba está hecha, sólo la Iglesia Católica posee la solución a lo que llaman feamente "problema sexual". Lawrence es la última descomposición del puritanismo, el purín color crema veteado de verde y café donde el Protestantismo se volvió Teosofía. El hombre del Norte, religioso y austero por temperamento climático, sobrio y duro por una temporada, da suelta al fin a la carne rebelada (¡y cómo se burlaban de la incontinencia de los Papistas esos ingleses victorianos!) pero quiere conservarla religiosa, volverla religiosa, quiere hacer con ella una religión, investir (con v corta) los más elementales impulsos animales con las luces más entrañables y sutiles del espíritu puesto a su servicio. En suma, para ese hombre normal y neto que es el latino más vicioso, todo esto es "una porquería", que se puede rechazar o consentir sabiendo empero lo que se hace; pero para este inglés sofisticado todo ello se vuelve olla podrida (entendiendo por olla el "mate" o sea la cabeza), donde a ratos y con disgusto puede asomar la cabeza, por obligación de oficio, el estudioso de teología y psicología, bañándose luego.
Y basta. El decorador A. Rossi ilustró La Mujer que se fue a Caballo (The Woman that rode off) con figuras futuristas desencuadernadas, en lo cual acertó. Berdiaeff designa el futurismo ("descomposición de la forma humana") como uno de los síntomas más flagrantes de esta descomposición de la época humanista que nos toca vivir, en que todo un mundo dejado de la mano de Dios da las boqueadas y se muere a las patadas por­ que le falta razón de vivir, para volver a la sabia idea de mi tío el canónigo.
Para dar lugar a un mundo nuevo, aunque sea bárbaro, que lleve en su seno, aunque sea oculta, la Razón suprema del vivir.

Tomado de: 

Castellani, L. Las ideas de mi tío el cura. P. 16 y ss.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Castellani: la desesperación pagana (I)


Mi tío el cura solía decir que cuando algo muere es porque se le ha acabado la razón de vivir. Goethe decía que morimos cuando se nos agota la voluntad de vivir. Esto no parece concordar mucho con esos viejitos que no quisieran morirse por nada y mueren igual; así como lo primero no casa con los jóvenes que mueren malogrados. Pero Goethe entendía por voluntad el conjunto de todas las fuerzas biológicas positivas (incluso la voluntad consciente o "albedrío"), que resisten en nosotros el asedio de la descomposición. Un burlón de oficio supo decir que en tal caso Goethe venía a decir en puridad que morimos cuando se nos acaba la vida, cosa que ya Perogrullo había descubierto y patentado. Así es. Pero cumple advertir aquí que, talmente como toda la ciencia matemática se resuelve en última instancia en la ecuación A=A, así toda ciencia filosófica llevada a su culmen consiste en contemplar el inmenso mundo de ecuaciones extrañas y evidentes contenidas en cada una de las 33 Verdades de Pero­ grullo, empezando por ésta: "El Ser es".
Cuando un hombre acaba su vida por mano propia, es porque no encuentra más motivo para el esfuerzo de vivir. No son situaciones de padecimiento intolerable las que dan los suicidios; o mejor dicho, lo que hace intolerable un padecimiento no es sino una convicción, o bien una falta de convicción racional. Ningún padecimiento hay intolerable cuando el padeciente cree firme que un día acabará el sufrir y que todo va a acabar en bien. La cualidad de infinito comunicada al dolor proviene de una disposición de ánimo llamada desesperación, que es un pecado gravísimo contra la segunda de las virtudes teologales; y esa desesperación es la raíz del suicidio [Hablamos del suicidio completamente "deliberado" (consciente y voluntario) que de hecho creemos no se da siempre, ni quizá muchas veces. El suicidio de Kiriloff en Dostoievsky.]
Hillaire Belloc ha dado en el blanco cuando, elevándose por encima de las vacuas y miopes consideraciones de Gibbon, ha apuntado como causa profunda del "Ocaso y Caída del Imperio Romano" esa nota psicológica de la desesperación, que empezando por dominar los espíritus más videntes o más sensitivos acaba por teñir a través de la literatura y las costumbres a toda una masa humana, haciéndola no sólo impotente al esfuerzo vital, mas aun poseída de una sorda sed de destrucción. Gibbon, el "erudito vocinglero" como lo calificó Napoleón, escribió su vasta y minuciosa historia a para explicar la veloz disolución después de Augusto de aquel inmenso y pujante organismo aparentemente eterno y la no menos estupefaciente propagación fulmínea del cristianismo sobre sus ruinas. En sus famosos capítulos XV y XVI del libro primero, con aquel sistema hipócrita y pérfido de acariciar para matar, que Renán había de llevar a la perfección, el erudito inglés recoge la vieja acusación de Celso y Juliano contra los cristianos como destructores del sistema político-cultural de la antigüedad y propone como explicación de la enérgica vigencia de la Iglesia las siguientes causas:
1) El celo exclusivista heredado de la Sinagoga por los cristianos.
2) La convicción de un inmediato fin del mundo.
3) La pretensión de los milagros.
4) La práctica de una conducta rigurosa.
5) La hábil constitución política de la primitiva Iglesia y la ambición política de sus primeros jefes.
Gibbon llama con hipocresía a estos factores "causas segundas"; pero su intención real es explicar con ellos totalmente el hecho histórico-teológico de la Iglesia y cerrar el camino a toda explicación de orden superior.
Este intento racionalista de explicación es endeble aun históricamente hasta clamar él mismo por explicación: y sus cinco presuntas "causas" demandan para tenerse en pie una primera causa psicológica, dejando aparte una primera causa teológica.
Esta causa psicológica es la DESESPERACION -hecho de la historia antigua enorme y poco visto, quizá de puro enorme-, la cual justifica a la vez los dos fenómenos paralelos o recíprocos del derrumbe del Imperio y el universal confusión a la nueva fe religiosa, o digamos a la única fe religiosa ". El hombre, misterioso animal de tres patas del enigma de la Esfinge, no puede caminar sin "afirmarse", es decir, sin apoyarse en algo. Desesperación es el sentimiento profundo de que todo esto no vale nada y el vivir no paga el gasto y es un definitivo engaño; y este sentimiento es fatalmente consecuente a la convicción de que no hay otra vida. De la religión romana se había retirado entera­ mente la fe cuando Virgilio la hubo transformado en una cantera de grandes símbolos nacionales (modernismo teológico) y Ovidio la estaba haciendo escenografía y vestuario de teatro erudito, material literario de Las Metamorfosis. Inmediatamente aparecen los poetas de la desesperanza, a saber: el mismo Ovidio (Tristium), Catulo y Lucrecio; y las masas romanas oyen resonar el siniestro grito de sus corazones en las lúgubres y netas Habas que establecen un dogma infernal en el medio de un delicado madrigal anacreóntico, el Poema de los besos de Catulo:
Vivamus, mea Lesbia, atque amenus...
Soles occidere et redire possunt;
Nobis cum semel occidit brevis lux,
Nox est perpetua una dormienda.

[Vivamos, Lesbia mía, ¡amémonos!...
Los soles seguirán muriendo y volviendo a nacer;
Pero, una vez que nuestra breve luz se apague,
Sólo nos quedará una noche eterna
Que habremos de dormir.]


Tomado de: 

Castellani, L. Las ideas de mi tío el cura. P. 16 y ss.

Castellani: la desesperación pagana (I)


Mi tío el cura solía decir que cuando algo muere es porque se le ha acabado la razón de vivir. Goethe decía que morimos cuando se nos agota la voluntad de vivir. Esto no parece concordar mucho con esos viejitos que no quisieran morirse por nada y mueren igual; así como lo primero no casa con los jóvenes que mueren malogrados. Pero Goethe entendía por voluntad el conjunto de todas las fuerzas biológicas positivas (incluso la voluntad consciente o "albedrío"), que resisten en nosotros el asedio de la descomposición. Un burlón de oficio supo decir que en tal caso Goethe venía a decir en puridad que morimos cuando se nos acaba la vida, cosa que ya Perogrullo había descubierto y patentado. Así es. Pero cumple advertir aquí que, talmente como toda la ciencia matemática se resuelve en última instancia en la ecuación A=A, así toda ciencia filosófica llevada a su culmen consiste en contemplar el inmenso mundo de ecuaciones extrañas y evidentes contenidas en cada una de las 33 Verdades de Pero­ grullo, empezando por ésta: "El Ser es".
Cuando un hombre acaba su vida por mano propia, es porque no encuentra más motivo para el esfuerzo de vivir. No son situaciones de padecimiento intolerable las que dan los suicidios; o mejor dicho, lo que hace intolerable un padecimiento no es sino una convicción, o bien una falta de convicción racional. Ningún padecimiento hay intolerable cuando el padeciente cree firme que un día acabará el sufrir y que todo va a acabar en bien. La cualidad de infinito comunicada al dolor proviene de una disposición de ánimo llamada desesperación, que es un pecado gravísimo contra la segunda de las virtudes teologales; y esa desesperación es la raíz del suicidio [Hablamos del suicidio completamente "deliberado" (consciente y voluntario) que de hecho creemos no se da siempre, ni quizá muchas veces. El suicidio de Kiriloff en Dostoievsky.]
Hillaire Belloc ha dado en el blanco cuando, elevándose por encima de las vacuas y miopes consideraciones de Gibbon, ha apuntado como causa profunda del "Ocaso y Caída del Imperio Romano" esa nota psicológica de la desesperación, que empezando por dominar los espíritus más videntes o más sensitivos acaba por teñir a través de la literatura y las costumbres a toda una masa humana, haciéndola no sólo impotente al esfuerzo vital, mas aun poseída de una sorda sed de destrucción. Gibbon, el "erudito vocinglero" como lo calificó Napoleón, escribió su vasta y minuciosa historia a para explicar la veloz disolución después de Augusto de aquel inmenso y pujante organismo aparentemente eterno y la no menos estupefaciente propagación fulmínea del cristianismo sobre sus ruinas. En sus famosos capítulos XV y XVI del libro primero, con aquel sistema hipócrita y pérfido de acariciar para matar, que Renán había de llevar a la perfección, el erudito inglés recoge la vieja acusación de Celso y Juliano contra los cristianos como destructores del sistema político-cultural de la antigüedad y propone como explicación de la enérgica vigencia de la Iglesia las siguientes causas:
1) El celo exclusivista heredado de la Sinagoga por los cristianos.
2) La convicción de un inmediato fin del mundo.
3) La pretensión de los milagros.
4) La práctica de una conducta rigurosa.
5) La hábil constitución política de la primitiva Iglesia y la ambición política de sus primeros jefes.
Gibbon llama con hipocresía a estos factores "causas segundas"; pero su intención real es explicar con ellos totalmente el hecho histórico-teológico de la Iglesia y cerrar el camino a toda explicación de orden superior.
Este intento racionalista de explicación es endeble aun históricamente hasta clamar él mismo por explicación: y sus cinco presuntas "causas" demandan para tenerse en pie una primera causa psicológica, dejando aparte una primera causa teológica.
Esta causa psicológica es la DESESPERACION -hecho de la historia antigua enorme y poco visto, quizá de puro enorme-, la cual justifica a la vez los dos fenómenos paralelos o recíprocos del derrumbe del Imperio y el universal confusión a la nueva fe religiosa, o digamos a la única fe religiosa ". El hombre, misterioso animal de tres patas del enigma de la Esfinge, no puede caminar sin "afirmarse", es decir, sin apoyarse en algo. Desesperación es el sentimiento profundo de que todo esto no vale nada y el vivir no paga el gasto y es un definitivo engaño; y este sentimiento es fatalmente consecuente a la convicción de que no hay otra vida. De la religión romana se había retirado entera­ mente la fe cuando Virgilio la hubo transformado en una cantera de grandes símbolos nacionales (modernismo teológico) y Ovidio la estaba haciendo escenografía y vestuario de teatro erudito, material literario de Las Metamorfosis. Inmediatamente aparecen los poetas de la desesperanza, a saber: el mismo Ovidio (Tristium), Catulo y Lucrecio; y las masas romanas oyen resonar el siniestro grito de sus corazones en las lúgubres y netas Habas que establecen un dogma infernal en el medio de un delicado madrigal anacreóntico, el Poema de los besos de Catulo:
Vivamus, mea Lesbia, atque amenus...
Soles occidere et redire possunt;
Nobis cum semel occidit brevis lux,
Nox est perpetua una dormienda.

[Vivamos, Lesbia mía, ¡amémonos!...
Los soles seguirán muriendo y volviendo a nacer;
Pero, una vez que nuestra breve luz se apague,
Sólo nos quedará una noche eterna
Que habremos de dormir.]


Tomado de: 

Castellani, L. Las ideas de mi tío el cura. P. 16 y ss.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Biblia versión Straubinger


Gracias a Panorama Católico ofrecemos a nuestros lectores la posibilidad de acceder a la Biblia en la versión de Monseñor Juan Straubinger. Para descargar hay que pinchar en los enlaces:



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lunes, 10 de septiembre de 2012

En pocas palabras...

Nada mejor que recordar a un maestro con su propio magisterio. A continuación reproducimos uno de sus muchos textos que guardan relación con los temas de esta bitácora.

Por Rubén Calderón Bouchet (Mendoza, República Argentina).

He leído sobre "El Opus Dei" la obra que escribió Jean Saunier en 1973 y traducida al español por ediciones Roca de Méjico. El libro es ya un poco viejo y especialmente en todo cuanto se refiere a la situación política de España, que cambió bastante a la muerte del Caudillo y especialmente durante el período en que gobernó el socialismo bajo la conducción de Felipe González. El libro está escrito con claridad y tiene un desarrollo periodístico fácil de seguir. Sin lugar a dudas su autor no es católico y esto se hecha de ver en los primeros trazos de la obra por ciertas alusiones inequívocas que muestras su ignorancia de la teología y una manera de comprender el curso de la historia europea que coloca a Saunier en un radicalismo más bien zurdón y probablemente marxistoide, aunque esto último no parezca con indiscutible evidencia.

La crítica, fundada en un buen conocimiento de los hechos, adolece de perspectiva religiosa de modo que el católico tradicionalista y cabal se encuentra frente a una diatriba que parece especialmente dirigida contra lo que el autor llama el integrismo del Opus y que consistiría en una defensa denodada de la Iglesia de siempre hecha con métodos adecuados a la actual situación del mundo económico. Con el propósito de hacer ver el carácter tradicional del Opus Dei, el autor trae a nuestra memoria la existencia de anteriores asociaciones religiosas que pretendieron, en su momento, reflotar la antigua importancia política de la Iglesia Católica en intentos, más o menos logrados, de asumir el poder político merced a ciertas intrigas secretas llevadas a buen término por esos grupos escogidos. Así "La Cábala de los Devotos" en el tiempo de Luis XIV, "Los caballeros de la Fe" durante la Restauración y el movimiento integrista de "La Sapinière" durante el pontificado de Pío X. Sin entrar a considerar las características de cada uno de estos movimientos y en especial el de "La Sapinière" cuya limitación al campo de la fe contra los modernistas pone su actividad en el seno mismo de la Iglesia, porque en ningún momento apareció con una asociación secreta y marginal, como sostiene el Autor en seguimiento de la opinión modernista, que ha pretendido hacer del llamado "integrismo" una suerte de herejía opuesta al progresismo para insinuarse como una síntesis dialéctica verdaderamente integradora de la verdad católica. En pocas palabras, el Opus Dei sería un movimiento esencialmente católico en su inspiración y en su contenido doctrinal, que trataría de captar las clases dirigentes de la llamada sociedad de consumo para que sirvan fundamentalmente a los intereses de la Iglesia.

Como esta afirmación proviene de un crítico que carece totalmente de vitaminas religiosas, diríamos que adolece de lo esencial: la aptitud para ver en la "praxis" del Opus Dei los auténticos errores que una mirada un poco más teológica puede percibir. El libro, proveniente de un buen francés, está escrito con soltura y en ningún momento cae en el denuesto grosero en el que cae el mejicano autor de un fogoso apéndice, donde se nos sirve de postre una retahíla de lugares comunes del más incontrolable "odium fidei". Hay que reconocer que su autor Walter Beller Taboada no ha hecho ningún esfuerzo para ponerse al día con la crítica anti-clerical a la página que suele ser mucho más edulcorada y contemplativa. El suyo es un libelo del más hosco estilo "tragacuras" que podría causar repugnancia si su anacronismo petulante no lo hiciera casi cómico. Le reprocha al Opus Dei que cuide la castidad de las niñas puestas bajo su cuidado y se preocupe de la conducta sexual de sus afiliados sin tomar en consideración todo lo que puede habernos enseñado Freud con respecto a la liberación de los tabúes. Sus reproches al Opus pueden hacerse extensivos a toda la Iglesia y es muy difícil hallar una diatriba que hable tan bien de la proyección moral e intelectual del Opus Dei.

Frente a una crítica de esta naturaleza el buen católico puede pensar que la organización religiosa y social del Opus es una inteligente y metódica defensa de la fe, especialmente adecuada a los tiempos que corren. Su orientación a captar las clases dirigentes de una nación y prepararlas moral y técnicamente para el desempeño de sus funciones de comando, no sería tanto un reproche como una alabanza, al fin de cuenta los que más necesitan los recaudos religiosos son los que mandan, porque son ellos los que sufren las tentaciones más fuertes hacia el pecado de codicia y los que están más expuestos a cometerlo.

Nuestras dudas con respecto al valor religioso de la Obra nacen, precisamente, de la elaborada preparación de sus afiliados para enfrentar triunfalmente los desafíos del mundo moderno. En cuanto entramos en contacto con algunas de sus enseñanzas más resonantes, viene a nuestra mente la parábola del Mayordomo infiel o, como decía Castellani, del Mayordomo Camandulero. Es verdad que los bienes de este mundo deben ser usados para ganar la vida eterna, pero si nos preparamos demasiado para obtenerlos ¿no corremos el riesgo de invertir el orden de las preferencias? Una excesiva preocupación por las añadiduras ¿no nos hará perder de vista el Reino de los Cielos? Y si todavía debemos cuidar la santa presentación de nuestras fisonomías para obtener más éxito en la empresa ¿no terminaremos presas de una farisaica hipocresía que es uno de los mayores pecados que se pueden cometer?

El Opus Dei hace todo lo que puede para prepararnos para el triunfo en éste y en el otro mundo, es muy cierto que nos advierte contra el humor triunfalista, pero lo hace para que podamos triunfar, no sea que una vanidosa ostentación del éxito nos haga fracasar ante los ojos de la sociedad a la que debemos destinar nuestros esfuerzos. La humildad es una carta jugada y tenemos que ponerla siempre en evidencia, aunque no sea, necesariamente, una actitud muy auténtica. Por supuesto el socialista de turno nos dice que en la Edad Media la Iglesia Católica supo captar la adhesión de las clases superiores y prepararlas para ejercer su efectivo comando sin perder de vista la efectiva prelacía espiritual de la Santa Sede. No olvidemos que su influencia sobre la nobleza tuvo un efecto más correctivo que exaltante y si comparamos el comportamiento del noble bárbaro y del noble cristiano, observaremos en primer lugar la disposición servicial del segundo y, luego, cuando la preocupación religiosa predominaba, su abandono do todas las pompas para consagrar su vida a la fe ¿Bernardo de Claraval, Santo Tomás de Aquino no fueron nobles? Pero su santificación les impuso el abandono de sus privilegios nobiliarios y su ingreso en la vida conventual. Por cierto el Opus no le niega al banquero adherente la posibilidad de tomar un hábito religioso, pero no lo anima demasiado en esta línea y lo prefiere en su condición de financiero para que colabore mejor con las obras de la fundación.

Rafael Termes.
Estas comparaciones son siempre un poco forzadas, los cambios históricos son demasiado notables para que el cotejo entre la nobleza feudal y el mundo de las finanzas no resulte siempre ilusorio. La nobleza es el resultado de una superioridad natural y aunque la soberbia de la vida puede hacer del guerrero un déspota, la virtud de la fortaleza es siempre una energía con la que se puede contar para la formación de una excelencia auténtica. Las virtudes que hacen a la buena disposición para las finanzas no entran en la composición de los buenos hábitos morales : la previsión, la astucia, el ahorro, el cálculo, la fría minuciosidad en el manejo de los bienes si bien pueden ser controladas por la prudencia, pertenecen de hecho al elenco de esa inclinación, fundamentalmente viciosa, que se llama la "prudentia carnis" y que parece ser una de las mejores solicitadas por la ética opusdeista.

De cualquier modo el libro de Saunier nos informa con bastantes detalles acerca de la actuación del Opus y aunque haya un poco de exageración en lo que dice, no se presta sino a los que tienen, nos encontramos frente a una asociación católica que ha tenido un éxito clamoroso y ha despertado la furia de los enemigos de la Iglesia, lo que no deja de ser una nota favorable para el Opus.

La Revolución, en su sentido lato y cabal, ha hecho del financiero, el comerciante y el industrial, los hombres que marcan los rumbos de la sociedad moderna, captarlos para la edificación de la Ciudad Cristiana parece, a primera vista, un propósito apostólico perfectamente válido y digo bien: a primera vista, porque una segunda mirada más atenta, revelaría dos aspectos de la empresa que resultan un poco discutibles. Se trata de una clase dirigente que ha medrado en el descalabro de un régimen sostenido por el Magisterio de la Iglesia Católica y montado a horcajadas sobre la influencia espiritual del protestantismo, porque si hilamos con un poco de fineza la mentalidad liberal que reina también en los países sedicentes católicos, es de origen protestante. Como afirmábamos más arriba, las virtudes o los hábitos, no siempre virtuosos, de esta clase dirigente la hace bastante impermeable al influjo de la fe y ¿ en qué medida una conversión verdadera conservaría sus aptitudes para el comando en la sociedad actual ? Porque una cosa es una conversión auténtica, a la manera de San Roderico de Finchala que abandonó su comercio de cabotaje para dedicarse a hacer penitencia, y otra, bastante diferente, poner cara de santo para afilar mejor el anzuelo conque se pesca a río revuelto.

Se me puede reprochar el que condene, sin ninguna intención de mejorarla la espiritualidad de nuestra civilización y en lugar de enfrentarla, con los medios previstos por la fe de Cristo, la condene a un oprobio definitivo sin intentar el esfuerzo de instaurarla para siempre en el ámbito salvífico de la Iglesia. ¿Se puede salvar a un rufián sin pedirle que abandone el oficio? Es cierto, el dinero es un instrumento y su bondad o su maldad depende del uso que se haga de él, pero las condiciones que hace falta tener para conseguirlo en gran escala ¿no son siempre pecaminosas o por lo menos, peligrosas para la salud del alma?

Como todos los que no tienen un céntimo suelo ser un poco riguroso para los que ganan demasiado y en esta condenación perentoria, alguien puede leer la envidia inevitable del pobre. Pero en fin, Nuestro Señor no fue muy suave para con los ricos y a no ser que se adelgace mucho a los camellos o se agrande en exceso el agujero de las agujas, la posibilidad de que un rico entre en el Reino de los Cielos, va a resultar siempre un poco difícil. Se me recuerda que se trata del "espíritu de riqueza" y que se pueden poseer todos los tesoros del mundo, sin estar profundamente ligados a ellos. Lo admito, pero insisto, no se puede ser un excelente y exitoso banquero sin poseer algunas aptitudes espirituales para la posesión del dinero y perder algún tiempo en la adquisición de conocimientos bursátiles que nos harán depender demasiado de las fluctuaciones del dólar, del marco o del yen. No hablo de las maniobras dolosas en las que hay que ser experto, aunque más no sea para evitar sus coletazos y salir a flote de una crisis financiera en la que se juega el dinero de la Obra.

La clase dirigente moderna, nacida en la ruptura revolucionaria de una sociedad de orden, no es la más adecuada para ponernos en las fronteras del Reino de los Cielos y me temo que los esfuerzos apostólicos del Opus Dei tropiecen con una naturaleza humana muy refractaria a las insinuaciones del Espíritu Santo y bastante más apta para adquirir el talante y las costumbres de un fariseísmo "up to date" sin antecedentes en la historia de nuestra civilización. No olvidemos que Mateo tiró su mesa de cambista o preceptor de impuestos para seguir a Cristo y Este no dijo: "Trata de ser el más serio e irreprochable de los publicanos y sígueme desde lejos sin abandonar tu escritorio".

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Nota. Un criterio puramente pragmático de verdad suele ponernos en irremediable oposición con la enseñanza tradicional de la Iglesia. Es muy cierto que hoy, en todas partes del mundo civilizado se impone el sistema democrático y liberal de gobierno, no importa el carácter muy discutible de su manera de obtener el consenso popular. Nadie que lea los diarios y tenga su mente forjada por los medios de comunicación masiva duda de la bondad del sufragio universal y aunque los más avisados piensan que se trata de un "camelo publicitario" sostenido a base de una propaganda que los financieros pagan de su bolsillo para mantener el anonimato de los "mandamases", ninguno se atreve a criticarlo publicamente para evitar el oprobio de ser considerado un fascista. La Iglesia debe enseñar la verdad, sólo la verdad nos hará libres y no aceptar una mentira y mucho menos adquirir una preparación idónea para ayudar a sostenerla en su mendaz utilidad. El hombre que vive de las mentiras ideológicas y las acepta descaradamente para medrar con ellas no es, lo que yo llamaría, un miembro vivo de la Iglesia de Cristo, es un camandulero más de los muchos que engordan a la sombra de los plebiscitos democráticos. La Obra no adhiere a una ideología determinada, pero las acepta a casi todas como caminos viables por donde el hombre cristiano puede transitar sin tropiezos morales.