lunes, 24 de junio de 2013

Jansenismo y progresismo (1)



Presentamos hoy a nuestros lectores la primera parte de un artículo del profesor argentino Abelardo Pithod. Es importante notar que se trata de un trabajo publicado en 1967. En una primera lectura, pudiera pensarse que sus reflexiones carecen de actualidad. Ya no quedan rigoristas en la Iglesia. Sin embargo, si se observa con atención la realidad del tradicionalismo, debe reconocerse que el rigorismo puede volverse una tentación próxima para algunos. En los Estados Unidos, por ejemplo, no es raro encontrarse con católicos tradicionales que asumen criterios de raíz puritana propios de su entorno cultural. En casos extremos, este rigorismo se integra en fenómenos sectarios. Y como nada violento es durable, el resultado previsible es el quiebre moral o psíquico de quienes adoptan estos planteamientos.

*N. de R.: Habilitaremos los comentarios con la última parte del artículo. Vale la pena que se lo lea completo.


JANSENISMO Y PROGRESISMO.
Por Abelardo PITHOD.

el moralismo tampoco ha perdonado al mundo católico:
apenas se termina en nuestros días la liquidación del jansenismo”.
Gustave THIBON

UNA HISTORIA SIN FINAL FELIZ

Para aquellos que, habiendo sido formados cristianamente, cuentan hoy más de treinta años, la primera parte del presente trabajo servirá simplemente de recordatorio de algo que, de seguro conocen bien y por propia experiencia. Para los más jóvenes quizá sea nada más que historia, historia reciente pero terminada. Sin embargo la conclusión de esta historia (si en verdad está concluida) no parece haber sido feliz. Tuvo una derivación en nuestro presente inmediato, de signo aparentemente contrario, pero con la continuidad de aquello contra lo que se ha, sí, reaccionado, pero no superado.
Por eso a unos y otros, a jóvenes y no tan jóvenes, se nos hace indispensable volver hoy sobre aquella página de la historia cristiana, rastrear sus orígenes, darle una interpretación que permita alcanzar, mediante una exacta conciencia de lo que nos está pasando, una superación auténtica de lo que nos pasó. Porque, no debemos engañarnos en esto, el moralismo o el jansenismo fue desplazado en un proceso de reacción puramente dialéctica y por eso puede volver. Nuestro trabajo podrá desembocar en el análisis de este proceso reactivo, pero antes tendrá que desentrañar las raíces viejas, y aun los brotes nuevos del mal, para hacer inteligible este "efecto de rebote".
Necesitamos recrear, primero, la atmósfera espiritual que venimos llamando moralista o jansenista, y que ha producido la actual reacción. Posterguemos por un momento las precisiones terminológicas y doctrinarias. No son, como veremos, lo que más interesa para la comprensión inicial del problema.
Intentemos más bien instalarnos psicológicamente en aquel clima espiritual, en la conciencia que plasmó, seguir el curso intrincado de las actitudes que alimenta y las motivaciones que lo agitan. Las extremosidades del puritanismo y toda la suerte de formas que ha asumido en la historia del propio cristianismo, resultan un tema demasiado amplio.
Nos limitaremos a tomar ejemplo, aquí y allá, buscando una representación en la que lo histórico estará casi exclusivamente al servicio de lo psicológico.

CÓMO SUCEDIÓ AQUELLA HISTORIA

Después del gnosticismo maniqueo de los primeros tiempos, la cristiandad vuelve a conocer un impresionante rebrote de estas tendencias con el movimiento albigense. Fue, dice Belloc, "una perversión particularmente vil, maniquea, (o, como decimos hoy, puritana)...”. En las postrimerías de la Edad Media, inmediatamente antes de la Reforma, se repite el fenómeno. Es curioso que la misma expresión de Belloc, "religión del temor", sea usada por un teólogo protestante de fines de siglo, el Rev. T. M. Lindsay, para aludir al clima religioso en que se crió Lutero. Lindsay cree ver una de las raíces de la rebeldía del Reformador en su reacción contra tal clima. De todos modos esta reacción resultaría estéril y hasta contraproducente, conforme lo demuestra la ola de puritanismo que poco después desencadena la Reforma, tras los primeros momentos de aparente "liberación". El protestantismo, particularmente calvinista, influirá sobre el mundo católico a través del jansenismo que tiene originalmente carácter también reactivo.

Jansenio y sus seguidores reaccionan contra los excesos molinistas de cierta teología jesuita. El jansenismo, proteico e irreductible, trasmitirá algunos de sus rasgos al modernismo, que es también reactivo pero continuador. Dichos rasgos se prolongan hoy en esa especie de "contra-contrarreforma" que es el progresismo. La tesis fundamental del presente trabajo es ésta, justamente. Que el progresismo se constituye hoy como el heredero de una tradición de la que desea sacudirse, pero, a tal punto "condicionado" por ella, que no logra superarla. La mala herencia de la que cree renegar, es de tal manera su razón de ser que no ha podido sino cambiar, acentuando, los rasgos caricaturescos del verdadero cristianismo.
En esta cadena podemos estar ahora corriendo el riesgo de otra reacción jansenista. Esperamos poder mostrar que estas afirmaciones son tan ciertas como pueden parecer de entrada paradójicas. Pero detengámonos todavía un momento en el jansenismo. Su espíritu, como nos advertía Thibon, alcanza nuestros días. Jean de la Varende en su novela El centauro de Dios ha mostrado su fuerza rediviva en la Francia de la segunda mitad del siglo pasado. En una descripción que nos servirá para adentrarnos en la atmósfera psicológica que rastreamos, hace así el retrato de un personaje típico de aquel medio religioso, un cura rural: " …su debilidad se revela por una boca incierta, que tartamudea tanto en la emoción como en la cólera. Cuando llegue a viejo morirá de escrúpulos; la idea de que una partícula de la hostia quede olvidada durante la misa, lo pondrá en la imposibilidad de celebrar, lo conducirá a una especie de demencia". "El abate abandona pronto el amor, donde su alma no encuentra apoyo bastante firme, y se lanza a los castigos amenazando a las generaciones hasta la séptima".
"La religión en Normandía, —prosigue de la Varende— en esta época, no se explica sino por una supervivencia del jansenismo y uno de sus últimos sobresaltos". "La secta austera de jansenismo presentaba al espíritu no se qué idealismo de hierro que extasiaba a las almas endurecidas; el alejamiento de toda facilidad, y, a fuerza de vivir en lo absoluto, el desdén de la práctica, el gusto por las soluciones fuertes, las condenaciones, atracción por lo excepcional y la fatalidad melancólica de la gracia. Ese renuevo de jansenismo fue el retardado romanticismo de la Iglesia".
"Estamos frente al tipo religioso y al clima espiritual que buscábamos. Nosotros también los conocemos: rigurosos, formalistas, descarnados —hubiéramos escrito desencarnados—, pero, también, sinceros y rectos como verdaderos ministros del "más allá". Desconfiados del amor, optan por el miedo. Tras sí van dejando a los que desesperan de tanto rigor: "No obraron como prosaicos, sino como poetas de lo sobrehumano; sus enseñanzas alcanzaban alturas donde los mejores dispuestos confesaban "Es imposible llegar". "Más vale no ir a escucharles". He aquí las reacciones de las buenas gentes que nos rodeaban. Sus pastores las descorazonaban. ¿La prueba? El vacío de los actuales templos (segunda mitad del siglo), que no son sino una tercera parte de las Iglesias que existían en 1830. Prefirieron no reflexionar, ni aun en esa dispersión que es la plegaria, pues la condenación os esperaba a cada vuelta del pensamiento; y sin la oración, la fe se escapa lentamente del ser; la fe no se retiene sino con las manos juntas".
La situación que nos pinta de la Varende no es inédita. Volvamos a Lutero. El ambiente en que se desarrolla su niñez es similar; los tormentos de esos años le durarán siempre, incluso después de la "liberación". El pequeño Martín temblaba al entrar a la Iglesia parroquial al enfrentarse con la imagen de Cristo Juez. "La religión del terror se había apoderado por completo de su imaginación", afirma Lindsay. Cuenta la impresión que le causó, adolescente, un cuadro expuesto en Magdeburgo que "fue su pesadilla durante muchos años". Se trataba de un retablo que representaba así el negocio de la salvación humana: Un mar proceloso, agitado por la tempestad; lo navega una barca y a bordo el Papa, los obispos, sacerdotes y religiosos. Alrededor de la embarcación ahogándose unos y debatiéndose el resto, se hallan los simples laicos, a quienes los eclesiásticos que acaparan la nave arrojan cabos para rescatarlos del seguro hundimiento. Ni un solo eclesiástico se veía en el agua, se apresura a decir Lindsay, ni un solo hábito clerical. Viceversa, ningún seglar hallábase a seguro.

LA HISTORIA SE REPITE


No pudimos dejar de sonreímos con la anécdota y ante la indignación del biógrafo... sobré todo que nosotros habíamos oído, si no visto, la misma imagen, utilizada por algunos de nuestros maestros religiosos cuando nos hablaban del mundo y sus peligros o de las ventajas del estado clerical. No necesitábamos remontarnos, pues, a aquel turbulento siglo XV. Pero Lindsay, cediendo a sus inclinaciones protestantes, interpreta la anécdota haciendo excesivo hincapié en lo que puede mostrar de "clericalismo". Creemos que se trata de algo más hondo y al mismo tiempo más sutil. En ambas situaciones, la de nuestro recuerdo y la de Lutero, se trata de una de las típicas actitudes puritanas, de evidente raigambre maniquea: la subrepticia identificación de lo profano, de lo laico, con el "mundo" como enemigo del alma; de lo natural como lo enemigo de lo sobrenatural. Sabemos de la actitud tradicional de muchos religiosos, de duda práctica respecto de las posibilidades de salvación de aquellos que "se quedan en el mundo". De aquí a -la idea calvinista de la predestinación de ciertos elegidos que coincidentemente son, por supuesto, ellos mismos, no hay más que un paso. Puede ser ésta más una actitud práctica, como decimos, que una formulación explícita de doctrina. Sin embargo, en tales disposiciones del espíritu religioso resuenan las temibles ideas del maniqueísmo de todos los tiempos:el mundo material es insanablemente malo. Sin llegar a la blasfemia maniquea de ver la Creación material como una degeneración de Dios, se aleja tanto, no obstante, naturaleza y sobrenatural, se resiste tanto de hecho a la verdad central de la Encarnación, que la creación queda convertida casi en un fracaso de Dios. La criatura indigna del Creador, corno si el pecado hubiese alcanzado su misma esencia. La vida material, he aquí el principio del mal.
Nos quedaríamos, pues, cortos si interpretáramos el retablo de Magdeburgo como un caso de simple clericalismo. Víctima de aquel espejismo, Lutero parece haber entrado en la vida religiosa menos atraído vocacionalmente que arrastrado por su temor a la condenación.
Retornemos a nuestra experiencia, que es la de muchos cristianos. Recordemos aquellos internados religiosos: años de nuestra niñez que quedaron definitivamente marcados por ellos. Oíd esta descripción: ¡Aquella tristeza de la vida de piedad! Postrimerías y novísimos, exámenes de conciencia y confesiones y nuevos exámenes, rondados siempre por la predestinación y el temor a la infidelidad, frente a una gracia sin retorno. ¡Aquella tristeza sin 'consuelo de "los días de retiro"! ¿Cómo escapar al Dios celoso? Este fue uno de aquellos pequeños seminaristas que alguna vez habremos visto pasar, el pelo cortado al rape, en largas filas silenciosas, la vista baja, por las calles de algún pueblo. El peso de la tradición monástica sobre niños de ocho, diez, once años, una tradición sobrecargada y deformada. Niños que pasaban sin solución de continuidad de la alegría de la sobremesa familiar y el beso materno antes de ir a la cama, a los fríos dormitorios semicastrenses del seminario, sumidos en largos recogimientos claustrales; nada de todo esto, uno a uno; estaría decididamente mal. Pero todo junto, ¡qué espíritu revela! No nos sorprende que muchos no hayan podido ver nunca más el gozo tras el cristianismo. ¡Cuántos arrastraron a contrapelo estas presiones sin animarse a escapar, porque, ay de los que, puesta la mano en el arado miran hacia atrás! ¡Y cuántos, más débiles, arrastrarían para siempre los jirones de una mala conciencia porque no se animaron a seguir! No, evidentemente todo esto no estaba dentro del orden luminoso del catolicismo. En tal perspectiva comprendemos muchas reacciones exageradas. Comprendemos el resentimiento que esconden "¿De qué tienen rabia?", nos decía alguien que contemplaba de afuera las últimas rebeldías en el ámbito de la Iglesia.
Aquella atmósfera no era exclusiva, ciertamente de los seminarios o internados. También podía alcanzarlo a uno en el mundo. En el colegió, en la parroquia, en la propia casa. ¡Esos hogares bien burgueses y bien jansenistas!
El principal campo de batalla era, naturalmente, el sexto mandamiento. Se había vuelto tan importante que los otros languidecían a su sombra. El nombre mismo de ciertas virtudes se había olvidado. ¿Quién predicaría sobre la magnanimidad? ¿Quiénes repararían en los pecados de pusilanimidad de la conciencia timorata? Una actitud formalista y negativa (olvidada de que existe la omisión) daba la tónica de la vida interior. No es que se pensara en negar explícitamente el amor como ley primera, pero se lo vaciaba de contenido, entendiéndolo mejor como un "cumplimiento" que como donación y entrega. Con este escamoteo se invertían los términos del "ama et fac quod vis" agustiniano.
La desconfianza instintiva respecto del amor hacía que la vida espiritual se concibiera como una empresa en la que el principal actor era el sujeto. Este miedo desconfiado los constituía en celosos guardianes de un jardín interior al que había que desbrozar escrupulosamente; en él se pasearía un Cristo celoso también y lejano. ¡Qué peso para un hombre solo, para sólo un hombre! Era la inversa de la imagen del Jardinero Divino que va cultivando con su Gracia el erial interior y a Quien, más que ayuda, debemos ofrecerle disponibilidad.
Esta idea trajo la evolución que a fines del siglo vino a producir la pequeña Santa, Teresita de Jesús, pero que no triunfó en toda la línea. Unos la desconocieron, otros la usaron para sus propios fines.

miércoles, 19 de junio de 2013

Sobre las elecciones papales


Nueva ilustración sin ánimo de irreverencia.
Ofrecemos la traducción de unas páginas del cardenal Charles Journet, tomadas de La Iglesia del Verbo Encarnado es un tratado. Como el tratado se escribió en 1958, el autor trata los aspectos canónicos implicados de acuerdo con las normas vigentes en tiempos de Pío XII.

V. Validez y certeza de la elección.- La elección, hace notar Juan de Santo Tomás, puede ser inválida si se realiza por personas no aptas, o cuando se realiza por personas idóneas, podría fallar por defecto de forma o recaer sobre un sujeto inepto, por ejemplo, un demente o un no bautizado.
Pero la aceptación pacífica de la Iglesia universal que se une actualmente a tal elegido como al jefe a quien se somete es un acto donde la Iglesia compromete su destino. Es, pues, un acto de suyo infalible, e inmediatamente cognoscible como tal. Consecuentemente y mediatamente, resultará que todas las condiciones prerrequeridas para la validez de la elección se han cumplido.
La aceptación de la Iglesia se produce sea negativamente, cuando la elección no es impugnada en seguida; sea positivamente, cuando la elección primero es aceptada por los que están presentes y progresivamente por los demás. Cf. Juan de Santo Tomás, II-II, q. 1 a 7; disp. 2, a. 2, nº 1, 15, 28, 34, 40; t. VII, pp. 228 y siguientes.
La Iglesia posee el derecho a elegir al papa y por consiguiente el derecho a conocer con certeza al elegido. Mientras persista duda sobre la elección y el consentimiento tácito de la Iglesia universal no venga a remediar los posibles vicios de la elección, no hay ningún papa, papa dubius, papa nullus. En efecto, hace notar Juan de Santo Tomás que mientras la elección pacífica y cierta no sea manifiesta, la elección se considera todavía en curso.
Y así como la Iglesia no tiene pleno derecho sobre el papa ciertamente elegido, no obstante, sobre la elección misma, puede tomar todas las medidas necesarias para hacerla terminar. La Iglesia puede, pues, juzgar acerca del papa dudoso. Es así, continúa Juan de Santo Tomás, que el concilio de Constanza juzgó a tres papas dudosos antiguos, entre los cuales dos fueron depuestos y el tercero renunció al pontificado. Loc. cit., a. 3, n. 5 10a 11; t. VII, p. 254. Para precaverse de todas las incertidumbres que pueden afectar la elección, la constitución Vacante Sede Apostolica [25.XII.1904] le aconseja al elegido no negarse a un cargo que el Señor le ayudará a desempeñar (n. 86); y estipula que inmediatamente después de que la elección canónica se ha consumado, el cardenal decano debe pedir en nombre de todo el Sacro Colegio el consentimiento del elegido (n. 87). El consentimiento otorgado por el elegido -si es necesario, dentro de un plazo fijado por la prudencia de los cardenales y con mayoría de votos-, lo constituye por ese acto en el verdadero papa, que posee actualmente y puede ejercer la jurisdicción plena y universal (n. 88).
VI.- Santidad de la elección.- No queremos decir por estas palabras que la elección del papa se hace siempre con una asistencia infalible, ya que hay casos en los cuales la elección es inválida, permanece dudosa, o queda en suspenso. No queremos decir tampoco que el mejor sujeto será necesariamente elegido.
Queremos decir que, si la elección es válida (lo que, en sí, siempre es un beneficio), aunque resultara de intrigas e intervenciones lamentables (lo que es pecado, permanecerá como pecado delante de Dios), estamos seguros de que el Espíritu Santo que, más allá de los papas, vela de manera especial sobre su Iglesia, utilizando no sólo el bien sino además el mal que pueden hacer, puede querer, o por lo menos permitir, esta elección para fines espirituales cuya bondad se manifestará a veces sin tardar en el curso de la historia o bien permanecerá secreta hasta la revelación del último día.
Señalemos este pasaje de la constitución Vacante Sede Apostolica:
«Es manifiesto que el crimen de la simonía, detestable ante del derecho divino y humano, ha sido absolutamente condenado en la elección de un Romano Pontífice. Nos lo reprobamos y condenamos nuevamente, y establecemos para sus culpables la pena de la excomunión ipso facto. Sin embargo, dejamos sin efecto la disposición por la cual Julio II y sus sucesores invalidaron las elecciones simoníacas (¡Dios nos libre!), a fin de apartar todo pretexto de impugnar la validez de la elección de los Romanos Pontífices». La constitución De sede apostolica vacante, de Pío XII, del 8 de diciembre de 1945, aporta algunas modificaciones y complementos de orden canónico a la constitución de Pío X.
Journet. P. L'Église du Verbe Incarné, Essai de théologie spéculativeEd. Saint-Agustin, 1998. Vol. I. P. 977 y ss.

domingo, 16 de junio de 2013

Antifariseísmo farisaico

Publicamos este breve escrito de un monje de la Iglesia de Occidente que bien puede ser introducción y necesario complemento de Cristo y los fariseos, uno de los mejores libros del P. Castellani disponible  aquí.

Hoy, que sabemos que “los malos del Evangelio” son los fariseos (y no los publicanos y prostitutas) nos puede ser de provecho detenernos en el primero de los versículos del Evangelio de este domingo. Para notar que Jesús se sienta a comer con estos malos. Y lo hace con el profundo deseo de que tal comida sea fuente de conversión de estos malos.
Una vez invertida la tabla de quién es bueno y quién es malo, curiosamente nos ha quedado a veces en la Iglesia un “nuevo fariseísmo” que es el anti-fariseísmo farisaico. Si me permiten el ocho.
Vale ser bueno, abierto, paciente, condescendiente, afable, misericordioso, clemente con prostitutas, con ateos empedernidos, con drogadictos y borrachos, etc., etc. pero ay de que alguien pagado de sí, ay de que alguien altanero, arrogante, legalista, estrecho, hipercrítico ose querer acercarse a nuestras mesas, a nuestras asambleas, a nuestra Iglesia.
Somos tiernos con el pobre; somos implacables con el rico altivo y soberbio. En definitiva —sin formularlo así, claro— somos clementes con el pecador de menudencias, pero ahora que sabemos cuál es el pecado gordo, el pecado serio, el pecado más tremendo: pues con quienes muestren signos de portar esa lepra: ¡ni el saludo!
Olvidamos que la imagen que nos devuelve el espejo de un mal, es otro mal. El bien no es su versión espejada sino su contrario. Golpeándonos el pecho, desde el correctísimo último banco, rezamos a Dios dando gracias por no ser como ése, como ese católico duro y arrogante, sentado adelante.
Hoy abunda en nuestra Iglesia este anti-fariseísmo farisaico. Es hora de desenmascararlo, pues en verdad no son (o somos) más que fariseos vestidos con piel de publicanos. Como —vaya paradoja— hay tanto publicano debajo de la leprosa piel farisea…
Por eso viene bien el comienzo de este Evangelio: Jesús fue a comer a casa de un fariseo. ¿Lo entenderemos?




jueves, 13 de junio de 2013

Cismanía neocon




Una vez publicamos una entrada sobre la torquemaditis, un defecto en virtud del cual se pretende hallar herejías por todas partes. Un error que resulta frecuente en algunos tradicionalistas.
En el universo del neoconservadurismo eclesial nos encontramos con la cismanía, por la cual se tiende a calificar de cismáticos actos o personas que en verdad no lo son.
En primer lugar, existe la resistencia que es moralmente legítima y debida. El resistente se niega a obedecer un mandato inmoral por lo que, en apariencia, desobedece a la autoridad civil o eclesiástica. Sin embargo, en la resistencia no hay desobediencia a la autoridad humana sino obediencia a la autoridad divina. La conducta del resistente puede parecer desobediente, e incluso cismática, pero en rigor no es tal.
En segundo lugar, hay una conducta que es desobedienciay no ya resistencia. El desobediente no acata un mandato que es honesto. Objetivamente, la desobediencia es una falta moral. Sin embargo, “se deja de estar en comunión con la Iglesia por el cisma, y no por disensiones menos radicales” (Thils). Vale decir que hay un espectro de conductas que son desobediencias no cismáticas. La Iglesia es santa pero está compuesta de pecadores y en toda su historia ha habido desobedientes, así como otras clases de pecadores, que no por ello dejan de pertenecer a la Iglesia visible.
En tercer lugar, el cisma es una separación de la unidad de la Iglesia universal, manteniendo la verdadera a fe. La unidad de la Iglesia ofrece dos aspectos: la unión de los fieles entre sí (vinculo de caridad) y la unión de los miembros con su cabeza (vínculo de obediencia); la falta de uno de estos aspectos constituye el pecado de cisma, pero prácticamente superado el momento inicial los dos elementos coinciden, por lo que los teólogos, a ejemplo de Santo Tomás, ponen el cisma entre los pecados contra la caridad como infracción de la paz entre los fieles. El cisma de suyo puede existir sin herejía, siendo una mera separación de hecho por rebelión, sin negar la autoridad del Papa, pero en la práctica entra también la herejía cuando se llega a negar de derecho el dogma de la supremacía y de la infalibilidad del Papa.
Es necesario distinguir el cisma como pecado del cisma como delito, que requiere precisos elementos objetivos y subjetivos (cfr. CIC, c. 751). Si no se dan esos elementos, no puede hablarse de cisma en sentido propio. Es de resaltar que el hecho de que la legislación canónica no prevea sanción por la violación de alguna norma, no significa que la violación de la norma no sea moralmente responsable. Pues el orden moral es mucho más amplio que el orden jurídico penal. Por lo demás, la Iglesia sanciona con penas muy cautelosamente. De hecho la Iglesia sólo recurre a la pena como a un remedio extremo.
La cismanía de los neoconservadores eclesiales tiende cebarse con la FSSPX. Porque ignoran o no quieren saber que la remisión de las excomuniones realizada por Benedicto XVI canceló el débito en beneficio de los reos. Además, se olvidan que por su naturaleza intrínseca de pena canónica la excomunión, más que crear una situación de ruptura, la constata; y exige un restablecimiento cuando la situación de autoexclusión ha cambiado. Vale decir que si el Papa decidió remitir unas excomuniones, ello implica que a su juicio hubo un cambio de la situación que motivó las sanciones. Diferentes aspectos presenta la suspensión, porque ésta se refiere no a una función inmediatamente salvífica para el individuo, sino a una responsabilidad social activa y a un ministerio que no es inherente a la constatación de una buena disposición subjetiva sino a la habilidad para el ministerio. El restablecimiento en la función ministerial específica de los obispos, sacerdotes y diáconos de la FSSPX (hoy, suspensos y acéfalos) no es consiguiente a su mera conversión, sino a la positiva existencia de un complejo de circunstancias sociales que a juicio de la autoridad hagan aconsejable restablecerlos en el pleno ejercicio del ministerio. Por lo que resulta claro que la existencia actual de las suspensiones de los clérigos de la FSSPX no significa, como parecen suponer algunos neoconservadores, que para la autoridad su situación de hecho respecto de la comunión eclesial es idéntica a la anterior a la remisión de las excomuniones.
Es difícil conocer las motivaciones de este encarnizamiento. Tal vez una sea el puritanismo eclesial, de raíces heterodoxas, fundado en doctrinas rigoristas que pretenden excluir a los pecadores de la Iglesia. Otro motivo puede ser la creencia inconsciente en una superioridad moral que habilita a levantar el dedo acusador de parte de católicos que se jactan de su profundo sentire cum Ecclesia y que sin embargo es poco coherente con una aceptación íntegra de los criterios ecuménicos del Vaticano II. Se “tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio.” (Benedicto XVI). Por último, en algunos casos, pocos, cabe conjeturar sobre una disposición psíquica cuasi infantil, que los impulsa querer distanciarse de esa “chusma” tradicionalista.

lunes, 10 de junio de 2013

Defensa de la niñez



DEFENSA DE LA NIÑEZ
Por Ignacio B. Anzoátegui

No, my dear; la niñez no es ese período oficialmente bobo de la vida del hombre durante el cual —superada la lactancia— las madres confían a sus hijos al cuidado de una niñera gallega o de una miss o de una fräulein o de una mademoiselle (como se llama a las gallegas originarias de Inglaterra o de Alemania o de Francia) para descargar sus maternales conciencias de los posibles sobresaltos que proporciona a las personas mayores la cotidiana inconsciencia infantil.
No, mi querida lady Grace. La niñez es probablemente el más respetable estado de la vida humana: el más respetable y el menos respetado estado de nuestra vida.
Porque nadie sabe respetar a la niñez.
Para el mundo de los adultos, el niño es siempre un pequeño delincuente. Es ya un pequeño delincuente en potencia, al que —por si acaso y para ir ganando tiempo— se le rapa como a un penado, ya un pequeño ex delincuente, al que, después de ficharlo, se lo somete a la tutela de la puericultura, que es algo así como el Patronato de Liberados de la niñez.
En realidad, el niño es un problema. Pero no es un problema creado por él sino por la sociedad de los mayores. Y es un problema social porque empieza siéndolo familiar.
Es un problema familiar, porque el niño —como todo elemento indispensable a un grupo— molesta en la familia. Molesta precisamente por eso: porque sin él la familia no sería posible; porque sin él la familia no sería un ordenamiento; porque el niño es Su Majestad el Niño, y toda Majestad es, por indispensable, incómoda.
De ahí que procure asegurarle contra todos los riesgos —no sólo por razones sentimentales sino también por elementales razones de propia conservación— y de ahí, además, que frecuentemente delegue esa tarea en personas ajenas a ella misma.
Porque la familia —que no puede eliminar al niño sin eliminarse— trata al menos de quitárselo de encima.
Tal es el origen real de la institución de las gallegas de cualquier nacionalidad y el de la institución del kindergarten (cuya traducción sincera sería "alivio de la familia").
Pero la niñez cuenta con otro auxiliar, cuyos servicios nadie contrata, sino que los adquiere el niño por derecho de nacimiento.
Como usted sin duda lo habrá adivinado, me refiero al Angel de la Guarda.
El Angel de la Guarda pertenece a un cuerpo especial dentro de la milicia angélica.
No es ni el ángel guerrero —de esos que, con San Miguel al frente, desataron contra Luzbel la primera blitzkrieg de la historia—, ni el ángel oficial de justicia —como aquel que desalojó a nuestros primeros padres del Paraíso Terrenal—, ni el ángel embajador extraordinario —como aquel de la Anunciación—, ni ninguno de tantos otros ángeles que en ambos Testamentos, luego de asustar al hombre, le dicen: "No temas", para terminar encomendándole una dificilísima misión especial.
El Ángel de la Guarda es el ángel paracaidista que, tras la particular cigüeña portadora de cada uno de nosotros, se deja deslizar por la chimenea para hacerse cargo de nuestra alma.
Es el ángel adscripto a nuestro destino, nuestro ángel secretario privado, o, mejor quizá, nuestro ángel guarda-espalda, conocedor consumado del cúmulo de peligros que la infancia reúne y renueva constantemente para sí. Niñero y trapecista, preceptor y bombero, su actividad es ilimitada, como lo es la imaginación infantil.
Nadie sino él sabe respetar a la niñez. Sólo él sabe galoparle al lado y adelantársele cua
ndo es necesario (que es el único sistema de educación realmente educativo). Sólo él conoce los derechos del recién nacido —el derecho de que no lo envuelvan como un bicho canasto, el derecho de que no le fajen los brazos, el derecho de llorar porque sí, el derecho de desvelarse y de desvelar, y, como éstos, todos los otros derechos que, sin ninguna otra razón atendible, se reconocen a los mayores—; sólo él respeta los derechos del impúber —el derecho de caerse de la cama, el derecho de interrumpir una conversación, el derecho de no querer comer, el derecho de no querer estudiar, el derecho de fumar, el derecho de decir malas palabras y, como éstos, toda la serie de los otros derechos que tampoco sin ninguna otra razón atendible, se reconoce a los adultos.
El Ángel de la Guarda está solo en su divina tarea; solo, pero con la mejor compañía, que es la compañía de la niñez.
Todos hemos sido niños y todos nos comportamos con ellos como niños venidos a más, en permanente estado de desconocimiento de los derechos de su personalidad.
Les consentimos lo que no podríamos consentirles y les negamos lo que no deberíamos negarles. Les consentimos que se apoderen de un muñeco de su hermano —el único bien, acaso, de su hermano— y ponemos el grito en el cielo cuando descubrimos que se han apropiado de un insignificante billete que hallaron, entre muchos, en nuestra cartera. Y el niño que se apodera de aquel juguete despoja a su hermano de toda su fortuna, mientras el que se apropia de uno de nuestros pesos nos despoja de uno de tantos de nuestros pesos. Proporcionalmente considerados, el primero es un ladrón vocacional y el segundo es un humilde ratero ocasional. Y, considerados socialmente, el primero es un asaltante y el segundo es un heredero apresurado. Y, sin embargo, frente al hecho del primero, sólo nos preocupa la idea de consolar al desposeído, mientras frente al hecho del segundo nos atenaza la visión pavorosa del hijo recluido en el presidio de Alcatraz.
Es que todos nosotros hemos olvidado la realidad de la niñez y su misterio.
Desde lo alto de nuestros años, asistimos a ella como al desenvolvimiento de un tipo de animalidad distinto e inexplicable.
Y el niño es inexplicable porque no queremos explicárnoslo; más aún, porque no queremos entrar en explicaciones con nosotros mismos, porque no queremos recordarnos niños, porque no nos atrevemos a enfrentarnos con nuestra propia naturalidad perdida y confesarnos traidores a ella, porque no nos atrevemos siquiera a mirar hacia atrás para ver qué se hizo de nuestro yo-niño que dejamos perdido en el bosque de los sueños; porque nosotros los mayores somos la representación de la cotidiana cobardía grotescamente satisfecha de solemnidad.
El niño no es, en cuanto ser, distinto del hombre; en todo caso, es éste el que es distinto del niño: porque, en general, el hombre es un niño fracasado, un tránsfuga de la niñez, a la que traicionó por unas pocas monedas de suficiencia.

El niño es el hombre en su propia naturaleza. Es la perpetua renovación del hombre-Adán, en quien se repite, con la pérdida de la niñez, la Caída y la consiguiente expulsión del Paraíso.
El niño es el renovado colaborador de Dios en la tarea de la Creación. El es quien descubre por sí solo a las creaturas y las alumbra con sus ojos, y, deslumbrándose con ellas, le pone a cada una su nombre particular. El es quien cada día vivifica todas aquellas cosas a las que en cada ayer dieron muerte los cansados ojos del hombre. El es quien cada mañana barniza de nuevo al mundo y resucita su color. El es quien resucita a cada hora, en las notas del Fratre Sole, la hermandad luminosa del Poverello de Asís. El es el hermano del agua y del lobo, de la flecha y del pájaro, del león y de la estrella, del tigre y de la flor, de Francesca de Rímini y de Bice Portinari, del fuego y de la luz. El es quien reconquista la tierra cada alba, y para él la noche se echa a dormir a sus pies. Para él discurre el aire entre las rosas y para él las nubes —palomares de las palomas del cielo— corren sus regatas con un ángel al timón.
Por él y para él vive la naturaleza toda. Para él y para su naturalidad: por él y por su naturalidad.
Porque Dios no salvó a Adán de la definitiva muerte para salvarlo de su muerte personal; lo salvó porque sabía que, naciendo padre, lo salvaría al hijo: al niño reconquistador de la Creación, al niño que cada uno de nosotros fuimos, al que nos obliga a serlo la esperanza de Dios y su perdón.
Porque Dios depositó su confianza en el niño; el mismo Dios que se hizo Niño un día para enseñarnos —en su divina lección de repaso— a ser definitivamente niños, a rescatar definitivamente, con la Jerusalén Celeste, nuestro Belén Terrenal.
Por eso nos incomoda el niño. Porque si un día fracasamos con Adán queriendo ser "como dioses", nos negamos a ser niños por el temor de ser, en alguna manera, como Dios. Porque nada nos incomoda tanto como la divinidad.
Y nada está tan cerca de la divinidad como la niñez: como la niñez, que es la humanidad recién salida de la divinidad.

Tomado de:

FERRO, Jorge – ALLEGRI, Eduardo. IGNACIO ANZOATEGUI. Buenos Aires. Ediciones Culturales Argentinas, 1983.

viernes, 7 de junio de 2013

Somos críticos


Un lector de nuestra bitácora nos comentaba con cierto disgusto sobre el tono crítico presente en muchas de nuestras entradas. Y tiene razón: nuestra bitácora es crítica, cosa que a unos gusta y a otros desagrada. La crítica legítima, para nosotros, debe ser el fruto de tres disposiciones fundamentales:
- Realismo. La realidad, por dura que sea, está antes que nuestras percepciones y buenos deseos.
- Falibilismo. Nuestras opiniones pueden estar equivocadas y nuestros argumentos son contrastables.   
- Meliorismo. Estamos dispuestos a rectificar cualquier opinión que se demuestre errónea y abiertos a toda sugerencia que nos ayude a mejorar.
Debemos aclararar que en el ejercicio de la crítica tratamos de cultivar un hábito de pensamiento riguroso. No nos interesa el espíritu de contradicción por sí mismo; tampoco configurar una identidad como la simple negación de otras, ni buscamos satisfacer deseos de revancha. Aunque somos caóticos, tratamos de poner en práctica nuestros objetivos iniciales: expresar una posición legítima, ejercitar un derecho de rectificación, criticar posturas divergentes y tratar con mayor libertad temas que en otros sitios no se tocan.
Seguramente nos falta crecer mucho en las tres actitudes fundamentales. Tal vez no hayamos conseguido los objetivos propuestos. Blogueros impecables son los que nunca escribieron.
Aprovechamos esta entrada para compartir un buen texto sobre la función de la crítica.
Demás está decir que el sentido del término crítica aquí utilizado no se asimila al utilizado en el lenguaje cotidiano —con frecuencia también en el periodístico— como sinónimo "opugnación" o "evaluación negativa" sino que se lo concibe con un sentido análogo a cuando hablamos de "crítica literaria" o “crítica de un concierto”; e.d. una evaluación, un examen, que puede ser posi­tivo o negativo.Con todo, en sus mismos orígenes históricos, el uso y difusión del término crítica es utilizado como arma de descrédito; así una buena parte de los pensadores del Iluminismo francés y de la Aufklarung alemana, comenzando por el mismo Kant, con todo su sentido dominante en la actualidad puede adscribirse a todo pensamiento "no-ingenuo", y que Eddington vincula al cre­ciente proceso dedesvulgarización del cono­cimiento en la historia humana.
Crítica sería, por lo tanto, un comportamien­to específico de nuestro entendimiento por el que somete un juicio a una prueba de validez, con instrumentos considerados válidos en un mo­mento dado. Eisler lo define como el arte de la apreciación, como la operación del espíritu que permite distinguir lo verdadero de lo falso, lo valioso de lo que no es valioso. Cada ciencia y cada disciplina científica pro­gresan en la medida en que afinan instrumentos metodológicos y críticos para avanzar a partir de la experiencia del error; por otra parte, se plantea un interrogante ulterior, cual es el relativo a los medios de control de la validez del instrumento de la crítica. En otros términos, la "crítica de la crítica", e.d. el problema de los controles de la crítica.
¿Cómo se logra un equilibrado "espíritu crí­tico"...? En la cien­cia sucede algo análogo a lo que acontece en el desarrollo paulatino de toda persona: el niño va internalizando verdades (sistema de representa­ciones, de fines y de valores) y comportamientos, a partir de una percepción elemental de certezas sustentadas por la madre, el padre y el medio familiar; a medida que va adquiriendo capaci­dad propia de juicio, irá insensiblemente some­tiendo a ciertas pruebas de validez los sistemas recibidos. De hecho está ejerciendo una crítica a lo recibido; en la medida en que dichas pautas coincidan con lo que su experiencia y su reflexión le va mostrando, reafirmará dichos sistemas y comportamientos, pero ya no por fuerza de la "autoridad" de quien se lo inculcó, sino por pro­pio convencimiento. Su sistema de certezas será talvez el mismo; pero la razón de la certeza será distinta.En los que se inician en la aventura de la cien­cia sucede algo semejante: la autoridadde quien le explica el mundo o uno de los sistemas o sub­sistemas del mundo real, hace que se acepten sin mayor dificultad teorías explicativas del mun­do real, sobre todo, porque en un primer momen­to no se poseen aún suficientes elementos de juicio como para poder evaluar el sistema de pro­posiciones. Pero a medida que el entendimien­to se pertrecha con nuevas categorías explicativas, está en condiciones de contrastar teorías, para­digmas, proposiciones, y generar así capacidad propia de juicio.
Esto, en ciencia, sólo es posible cuando existe una eficaz voluntad de conocer y de buscar la verdad; de darse dicha voluntad eficaz (e insisto: voluntad eficaz) el individuo —y el docente, a fortiorihará el esfuerzo por ampliar los horizontes de sus conocimientos, contrastando críticamente planteos, teorías, escuelas, argumentaciones. Se explica, entonces, que sea una tradición en las universidades de algunos países (v.g. Alemania) el que el estudiante universitario haga su carrera en por lo menos dos o tres universidades distintas con el fin de que aprenda a oír campanas diversas; siempre, sobre el supuesto de que existe una au­téntica búsqueda de la verdad.

Tomado de:


Brie, R. Los hábitos del pensamiento riguroso. Ed. del Viejo Aljibe, Bs. As., 2000, p. 38 y ss.

lunes, 3 de junio de 2013

Vegas Latapié : Consideraciones sobre la democracia


"Gran figura intelectual de los años de la II República, la guerra civil y el franquismo, Vegas fue fundador de la revista Acción Española, autor de ensayos políticos (entre ellos, Romanticismo y Democracia) y figura determinante de la derecha española, enfrentada a la dictadura desde 1939. En 1940 se ausentó de España.
Fue jefe de la secretaría política de Don Juan de Borbón, en Lausanne yen Estoril. Además, fue preceptor de su hijo y heredero, el Príncipe de Asturias, entre los años 1944 y 1947, cuando el actual Rey tenía entre 6 y 9 años. Redactó en 1947, con JoséMaríaGil-Robles y Federico Lopez Oliván las Bases de Estoril, parte esencial de la propuesta de Don Juan de Borbón a los españoles: la Corona se comprometía a devolver a los españoles la soberanía retenida por el gobierno de Franco. Varios puntos esenciales de ese documento fueron recogidos 31 años después en la Constitución de 1978.
Eugenio Vegas, letrado del Consejo de Estado, volvió a España discretamente a comienzos de los años cincuenta. Ejerció como letrado del Consejo hasta pocos años antes de su muerte, en 1985.
Antes de ganar su oposición al Consejo de Estado, había ingresado en el Cuerpo Jurídico Militar. Fue a partir de 1955, cuando empezó a reunir en su casa de Madrid a un pequeño círculo de discípulos y amigos sobre los que ejerció una larga labor de formación.
Durante veinte años Eugenio Vegas explicó socrática y semanalmente, lecciones magistrales de filosofía de la historia, derecho constitucional, historia de la ideas
políticas y otras disciplinas en torno al pensamiento europeo de los siglos XVII y XVIII. Mezcló, en esas lecciones, su inteligencia y saber, también su extraordinaria generosidad. Una idea de Johann Gottlieb Fichte era el punto de partida de su enseñanza, Las ideas gobiernan a los pueblos. La experiencia histórica, el pragmatismo empírico, el menosprecio de las ideologías, la insondable profundidad del saber fueron los principios que orientaron la enseñanza de Vegas: sus discípulos las recibieron durante tres décadas.
En 1960 fue fundador, con JuanVallet, de la editorial Speiro que editaría la revista Verbo, dedicada a la difusión del derecho público cristiano. La revista Verbe, en Francia, fue fuente de inspiración del equipo editor de Verbo, aunque la versión española mantuviera su independencia y redacción propia.
Eugenio Vegas fue elegido académico en 1963. Su actividad en laReal Academia de Ciencias Morales guardó estrecha relación con sus años de Verbo y con la extensión del pensamiento pontificio, desde Pío IX hasta Juan Pablo II. El discurso de ingreso de Vegas en la Academia, Consideraciones sobre la Democracia, se convirtió en un volumen de 250 páginas. En 1983, la editorial Planeta publicó el primer volumen de sus Memorias políticas: El suicidio de la Monarquía y la Segunda República, seguido después por Los caminos del desengaño; Memorias políticas 1936-1938, Madrid 1987, Editorial Giner y el póstumo La frustración en la victoria, Madrid, 1989, Editorial Actas.
Quizá la marca personal de Vegas Latapié, por encima de posiciones personales sobre hechos concretos, fuera el rigor moral. Vegas aportó durante cuarenta años grandes dosis de talento, generosidad, esfuerzo, tenacidad y trabajo a la sociedad española de su tiempo. También humor, sentido de la amistad, ausencia de rencor, bondad... Pero el rigor moral fue su característica.
«Cuando digo que Eugenio Vegas era un hombre maravilloso, no tengo la impresión de exagerar. Sus enemigos (todos los hombres honestos los tienen) han dicho de él que vivía en el pasado. Quizá era verdad: el rigor moral ya no es virtud de nuestro tiempo». Estas palabras de Don Juan Carlos I sobre su antiguo preceptor cobran especial significado en su centenario." [Tomado del diario ABC, 17-02-2007.]


El libro se encuentra en el siguiente enlace: