sábado, 13 de octubre de 2012

Del espíritu del Concilio al fantasma neocon



Teníamos esta entrada en archivo. Pero el inefable Arráiz nos obliga a ponerla al día y publicarla cambiando algunos datos menores. El venezolano no ha podido resistirse la tentación de decir algo sobre el Vaticano II y el comunismo, aunque para ello recurra a un libro desactualizado y tenga que citarlo de manera sesgada. Porque la obra de Svidercoschi que cita el bolivariano (disponible aquí) da cuenta del pedido de algunos padres conciliares para una condena explícita y nominal del comunismo. En prieta síntesis, los argumentos para la condena fueron los siguientes: 
Positivos,
1) el ateísmo, aun siendo uno de los errores fundamentales del comunismo, no es el único ni es propio y exclusivo del comunismo. Incluso en el caso de que el comunismo, por hipótesis, no fuera ateo, debería, sin embargo, ser rechazado por la negación de otras verdades fundamentales del orden natural.
2) Los Concilios deben, cada uno en su propio tiempo, desenmascarar los errores tal como en concreto y no en abstracto se difunden de una manera larvada. Ahora bien, hoy la forma más peligrosa y virulenta, bajo la que se encarna y actúa el ateísmo, es el comunismo.
3) Si el Vaticano II tiene un carácter eminentemente pastoral, ¿qué otro problema hay más pastoral que el de impedir que los fieles terminen haciéndose ateos a través del comunismo?
4) Puesto que el esquema XIII se ocupa de problemas mundiales, debe considerarse como mundial el fenómeno del comunismo que oprime a más de la mitad del mundo, un problema ya acuciante y que lo será aún más en el futuro.
5) El Concilio, que pretende promover el aggiornamento de la doctrina y de la praxis de la Iglesia, no puede menos de emitir solemnemente su juicio sobre este actualísimo problema.
6) Los fieles esperan que el Concilio hable con la mayor claridad y fuerza de este tema, a fin de que queden abolidas del seno de la Iglesia las dudas, las incertidumbres y los engaños sobre la posibilidad de un acuerdo entre comunismo y cristianismo.
7) Centenares de miles de aquellos que han sufrido y sufren persecución por parte del comunismo -católicos, ortodoxos, protestantes o fieles de cualquier religión- esperan del Concilio conforto y solidaridad. He aquí el valor ecuménico de la adición pedida.
Y negativos,
1) Si el Concilio guardara silencio sobre el comunismo, este silencio sería comparado en la mente de los fieles, como consecuencia injusta pero fatal, a una tácita abrogación de todo cuanto los últimos Sumos Pontífices han dicho y escrito contra el comunismo, y ciertamente también de las condenaciones hechas repetidas veces por el Santo Oficio.
2) Nadie puede dudar de que el comunismo interpretaría a su favor, mediante una gran labor propagandística, el silencio del Concilio, creando una deplorable confusión de ideas entre los fieles.
3) Como hoy, por ejemplo, algunos acusan injustamente a Pío XII, de venerada memoria, de silencio hacia las víctimas del nazismo, así, después del Concilio, el Colegio Episcopal podría ser acusado, con todo derecho y merecidamente, de silencio hacia las víctimas del comunismo. En conclusión no es superfluo tratar del comunismo, aunque se hayan ocupado ya de él los últimos Papas, porque el consenso solemne de todo el Concilio da mayor fuerza y eficacia a este tema, y no puede suceder que los cristianos de la Iglesia del silencio sufran más de lo que sufren hoy.
La petición, firmada por numerosos obispos, sufrió muy curiosas peripecias reglamentarias y al final, los textos aprobados no incluyeron la condena, sino que se remitieron a reprobaciones precedentes en una nota al pie. Cabe preguntarse, ¿por qué no intervino Pablo VI para remediar la omisión como lo hizo en materia de colegialidad? 
Las razones positivas y negativas de la petición son discutibles en cuanto referidas a la oportunidad pastoral de reiterar una condena ya formulada en el pasado. Pero lo que no puede hacerse honestamente es adulterar los textos conciliares en su literalidad y sentido objetivo.
Además, decir que una condena implícita es diáfana resulta una burla grosera a las más elementales reglas de interpretación de las condenas magisteriales (v.odiosa restringenda, favorabilia amplianda). Y se da de patadas con lo dicho recientemente por Benedicto XVI sobre “…la necesidad de regresar, por así decirlo, a la «letra» del Concilio, es decir a sus textos…”. 
Al ya problemático espíritu del Concilio, creador de un para-concilio que multiplica las dificultades de los textos conciliares en sí mismos, se une ahora el fantasma neoconservador, que pretende reescribir la historia silenciando datos relevantes y hacer las interpretaciones más arbitrarias, toda vez que los textos no encuadren en sus esquemas preconcebidos. 

P.S.: De la lectura del post de Arráiz pareciera que al pacto de Metz es una invención conspirativa de tradicionalistas como De Mattei y Madiran. Recordemos que la reciente publicación de la biografía de Pablo VI, escrita por Andrea Tornielli -que no es un autor tradicionalista- aporta nuevos elementos de prueba sobre el acuerdo de Metz. Más información, aquí.



Del espíritu del Concilio al fantasma neocon



Teníamos esta entrada en archivo. Pero el inefable Arráiz nos obliga a ponerla al día y publicarla cambiando algunos datos menores. El venezolano no ha podido resistirse la tentación de decir algo sobre el Vaticano II y el comunismo, aunque para ello recurra a un libro desactualizado y tenga que citarlo de manera sesgada. Porque la obra de Svidercoschi que cita el bolivariano (disponible aquí) da cuenta del pedido de algunos padres conciliares para una condena explícita y nominal del comunismo. En prieta síntesis, los argumentos para la condena fueron los siguientes: 
Positivos,
1) el ateísmo, aun siendo uno de los errores fundamentales del comunismo, no es el único ni es propio y exclusivo del comunismo. Incluso en el caso de que el comunismo, por hipótesis, no fuera ateo, debería, sin embargo, ser rechazado por la negación de otras verdades fundamentales del orden natural.
2) Los Concilios deben, cada uno en su propio tiempo, desenmascarar los errores tal como en concreto y no en abstracto se difunden de una manera larvada. Ahora bien, hoy la forma más peligrosa y virulenta, bajo la que se encarna y actúa el ateísmo, es el comunismo.
3) Si el Vaticano II tiene un carácter eminentemente pastoral, ¿qué otro problema hay más pastoral que el de impedir que los fieles terminen haciéndose ateos a través del comunismo?
4) Puesto que el esquema XIII se ocupa de problemas mundiales, debe considerarse como mundial el fenómeno del comunismo que oprime a más de la mitad del mundo, un problema ya acuciante y que lo será aún más en el futuro.
5) El Concilio, que pretende promover el aggiornamento de la doctrina y de la praxis de la Iglesia, no puede menos de emitir solemnemente su juicio sobre este actualísimo problema.
6) Los fieles esperan que el Concilio hable con la mayor claridad y fuerza de este tema, a fin de que queden abolidas del seno de la Iglesia las dudas, las incertidumbres y los engaños sobre la posibilidad de un acuerdo entre comunismo y cristianismo.
7) Centenares de miles de aquellos que han sufrido y sufren persecución por parte del comunismo -católicos, ortodoxos, protestantes o fieles de cualquier religión- esperan del Concilio conforto y solidaridad. He aquí el valor ecuménico de la adición pedida.
Y negativos,
1) Si el Concilio guardara silencio sobre el comunismo, este silencio sería comparado en la mente de los fieles, como consecuencia injusta pero fatal, a una tácita abrogación de todo cuanto los últimos Sumos Pontífices han dicho y escrito contra el comunismo, y ciertamente también de las condenaciones hechas repetidas veces por el Santo Oficio.
2) Nadie puede dudar de que el comunismo interpretaría a su favor, mediante una gran labor propagandística, el silencio del Concilio, creando una deplorable confusión de ideas entre los fieles.
3) Como hoy, por ejemplo, algunos acusan injustamente a Pío XII, de venerada memoria, de silencio hacia las víctimas del nazismo, así, después del Concilio, el Colegio Episcopal podría ser acusado, con todo derecho y merecidamente, de silencio hacia las víctimas del comunismo. En conclusión no es superfluo tratar del comunismo, aunque se hayan ocupado ya de él los últimos Papas, porque el consenso solemne de todo el Concilio da mayor fuerza y eficacia a este tema, y no puede suceder que los cristianos de la Iglesia del silencio sufran más de lo que sufren hoy.
La petición, firmada por numerosos obispos, sufrió muy curiosas peripecias reglamentarias y al final, los textos aprobados no incluyeron la condena, sino que se remitieron a reprobaciones precedentes en una nota al pie. Cabe preguntarse, ¿por qué no intervino Pablo VI para remediar la omisión como lo hizo en materia de colegialidad? 
Las razones positivas y negativas de la petición son discutibles en cuanto referidas a la oportunidad pastoral de reiterar una condena ya formulada en el pasado. Pero lo que no puede hacerse honestamente es adulterar los textos conciliares en su literalidad y sentido objetivo.
Además, decir que una condena implícita es diáfana resulta una burla grosera a las más elementales reglas de interpretación de las condenas magisteriales (v.odiosa restringenda, favorabilia amplianda). Y se da de patadas con lo dicho recientemente por Benedicto XVI sobre “…la necesidad de regresar, por así decirlo, a la «letra» del Concilio, es decir a sus textos…”. 
Al ya problemático espíritu del Concilio, creador de un para-concilio que multiplica las dificultades de los textos conciliares en sí mismos, se une ahora el fantasma neoconservador, que pretende reescribir la historia silenciando datos relevantes y hacer las interpretaciones más arbitrarias, toda vez que los textos no encuadren en sus esquemas preconcebidos. 

P.S.: De la lectura del post de Arráiz pareciera que al pacto de Metz es una invención conspirativa de tradicionalistas como De Mattei y Madiran. Recordemos que la reciente publicación de la biografía de Pablo VI, escrita por Andrea Tornielli -que no es un autor tradicionalista- aporta nuevos elementos de prueba sobre el acuerdo de Metz. Más información, aquí.



viernes, 12 de octubre de 2012

Por qué el Concilio Vaticano II no condenó el comunismo


Por Roberto de Mattei.
Como todos los acontecimientos históricos, también el Concilio Vaticano II ha tenido sus sombras y sus luces.
Dado que en estos días se evocan sobre todo las luces, permítaseme recordar una vasta zona de sombra: la fallida condena del  comunismo. Eran los años ’60 y aleteaba un nuevo espíritu de optimismo encarnado por Juan XXIII, el «Papa bueno», Nikita Kruscev, el comunista de rostro humano, y John Kennedy, el héroe de la «nueva frontera» americana. Pero eran también los años en los que se levantaba el muro de Berlín (1961) y los soviéticos instalaban sus misiles en Cuba (1962). El imperialismo comunista constituía una macroscópica realidad que el Concilio Vaticano II, el primer «concilio pastoral» de la historia, iniciado en Roma el 11 octubre de 1962 y clausurado el 8 de diciembre de 1965, no habría podido ignorar.
En el Concilio hubo un encuentro entre dos minorías: una pedía renovar la condena del comunismo, la otra exigía una línea «dialógica» y abierta a la modernidad, de la que el comunismo parecía expresión. Una petición de condena del comunismo, presentada el 9 de octubre del 65 por 454 Padres conciliares de 86 países, ni siquiera fue transmitida a las Comisiones que estaban trabajando sobre el esquema, provocando con ello el escándalo.
Hoy sabemos que, en agosto del 62, en la ciudad francesa de Metz, se había llegado a un acuerdo secreto entre el cardenal Tisserant, representante del Vaticano, y el nuevo arzobispo ortodoxo de Yaroslav, monseñor Nicodemo, el cual, como se ha documentado tras la apertura de los archivos de Moscú, era un agente de la KGB. Sobre la base de este acuerdo las autoridades eclesiásticas se comprometieron a no hablar del comunismo en el Concilio. Esta fue la condición que pidió el Kremlin para autorizar la participación de observadores del Patriarcado de Moscú en el Concilio Vaticano II. (Véase: Jean Madiran, L’accordo di Metz, Il Borghese, Roma 2011). Un apunte de mano de Pablo VI, conservado en el Archivo Secreto Vaticano, confirma la existencia de este acuerdo, como lo he documentado en  mi libro Il Concilio Vaticano II. Una storia non scritta (Lindau, 2010). Otros documentos interesantes han sido publicados por George Weigel en el segundo volumen de su imponente biografía de Juan Pablo II (L’inizio e la fine, Cantagalli, 2012). De hecho, Weigel ha consultado fuentes como los archivos de la KGB, del Sluzba Bezpieczenstewa (SB) polaco y de la Stasi de Alemania del Este, extrayendo documentos que confirman cómo los gobiernos comunistas y los servicios secretos de los países orientales penetraron en el Vaticano para favorecer sus intereses e infiltrarse en las más altas esferas de la jerarquía católica. En Roma, en los años del Concilio y del postconcilio, el Colegio Húngaro se convirtió en una filial de los servicios secretos de Budapest. Todos los rectores del Colegio, desde 1965 a 1987, escribe Weigel, debían ser agentes adiestrados y capaces, con competencia en las operaciones de desinformación y en la instalación de micrófonos espías. El SB polaco, según el estudioso americano, trató incluso de falsificar la discusión del Concilio sobre puntos peculiares de la teología católica, como el papel de María en la historia de la salvación. El director del IV Departamento, el coronel Stanislaw Morawski, trabajó con una  docena de colaboradores expertos en mariología preparando una pro-memoria para los obispos del Concilio, en la que se criticaba la concepción «maximalista» de la Bienaventurada Virgen María que tenían el cardenal Wyszynski y otros prelados.
La constitución Gaudium et Spes, décimo sexto y último documento promulgado por el Concilio Vaticano II, quiso ser una definición completamente nueva de las relaciones entre la Iglesia y el mundo. En ella, sin embargo, faltaba cualquier forma de condena del  comunismo. La Gaudium et Spes buscaba el diálogo con el mundo moderno, convencida de que el itinerario recorrido por él, desde el humanismo y el protestantismo, hasta la Revolución francesa y el marxismo, fuera un proceso irreversible. El pensamiento marxista-ilustrado y la sociedad de consumo por él alimentada estaban en vísperas de una profunda crisis, que manifestaría los primeros síntomas de allí a pocos años, en la Revolución del 68. Los Padres conciliares podrían haber realizado un gesto profético desafiando la modernidad en vez de abrazar su cuerpo en descomposición, como sucedió. Pero hoy nos preguntamos: ¿Eran profetas quienes denunciaban la brutal opresión del comunismo en el Concilio, reclamando su solemne condena, o quienes sostenían, como los artífices de la Ostpolitik, que convenía llegar a un compromiso con la Rusia soviética, porque el comunismo interpretaba las ansias de justicia de la humanidad y sobreviviría al menos uno o dos siglos mejorando el mundo?
El Concilio Vaticano II, ha afirmado recientemente el cardenal Walter Brandmüller, presidente emérito del Pontificio Comité para las Ciencias Históricas, «habría escrito una página gloriosa si, siguiendo las huellas de Pío XII, hubiera encontrado el coraje para pronunciar una repetida y expresa condena del comunismo». Sin embargo, esto no sucedió y los historiadores tendrán que anotar como una imperdonable omisión la fallida condena del comunismo de parte de un Concilio que pretendía ocuparse de los problemas del mundo contemporáneo.
© Copyright Roberto de Mattei. Il Giornale, 9 octubre 2012


Por qué el Concilio Vaticano II no condenó el comunismo


Por Roberto de Mattei.
Como todos los acontecimientos históricos, también el Concilio Vaticano II ha tenido sus sombras y sus luces.
Dado que en estos días se evocan sobre todo las luces, permítaseme recordar una vasta zona de sombra: la fallida condena del  comunismo. Eran los años ’60 y aleteaba un nuevo espíritu de optimismo encarnado por Juan XXIII, el «Papa bueno», Nikita Kruscev, el comunista de rostro humano, y John Kennedy, el héroe de la «nueva frontera» americana. Pero eran también los años en los que se levantaba el muro de Berlín (1961) y los soviéticos instalaban sus misiles en Cuba (1962). El imperialismo comunista constituía una macroscópica realidad que el Concilio Vaticano II, el primer «concilio pastoral» de la historia, iniciado en Roma el 11 octubre de 1962 y clausurado el 8 de diciembre de 1965, no habría podido ignorar.
En el Concilio hubo un encuentro entre dos minorías: una pedía renovar la condena del comunismo, la otra exigía una línea «dialógica» y abierta a la modernidad, de la que el comunismo parecía expresión. Una petición de condena del comunismo, presentada el 9 de octubre del 65 por 454 Padres conciliares de 86 países, ni siquiera fue transmitida a las Comisiones que estaban trabajando sobre el esquema, provocando con ello el escándalo.
Hoy sabemos que, en agosto del 62, en la ciudad francesa de Metz, se había llegado a un acuerdo secreto entre el cardenal Tisserant, representante del Vaticano, y el nuevo arzobispo ortodoxo de Yaroslav, monseñor Nicodemo, el cual, como se ha documentado tras la apertura de los archivos de Moscú, era un agente de la KGB. Sobre la base de este acuerdo las autoridades eclesiásticas se comprometieron a no hablar del comunismo en el Concilio. Esta fue la condición que pidió el Kremlin para autorizar la participación de observadores del Patriarcado de Moscú en el Concilio Vaticano II. (Véase: Jean Madiran, L’accordo di Metz, Il Borghese, Roma 2011). Un apunte de mano de Pablo VI, conservado en el Archivo Secreto Vaticano, confirma la existencia de este acuerdo, como lo he documentado en  mi libro Il Concilio Vaticano II. Una storia non scritta (Lindau, 2010). Otros documentos interesantes han sido publicados por George Weigel en el segundo volumen de su imponente biografía de Juan Pablo II (L’inizio e la fine, Cantagalli, 2012). De hecho, Weigel ha consultado fuentes como los archivos de la KGB, del Sluzba Bezpieczenstewa (SB) polaco y de la Stasi de Alemania del Este, extrayendo documentos que confirman cómo los gobiernos comunistas y los servicios secretos de los países orientales penetraron en el Vaticano para favorecer sus intereses e infiltrarse en las más altas esferas de la jerarquía católica. En Roma, en los años del Concilio y del postconcilio, el Colegio Húngaro se convirtió en una filial de los servicios secretos de Budapest. Todos los rectores del Colegio, desde 1965 a 1987, escribe Weigel, debían ser agentes adiestrados y capaces, con competencia en las operaciones de desinformación y en la instalación de micrófonos espías. El SB polaco, según el estudioso americano, trató incluso de falsificar la discusión del Concilio sobre puntos peculiares de la teología católica, como el papel de María en la historia de la salvación. El director del IV Departamento, el coronel Stanislaw Morawski, trabajó con una  docena de colaboradores expertos en mariología preparando una pro-memoria para los obispos del Concilio, en la que se criticaba la concepción «maximalista» de la Bienaventurada Virgen María que tenían el cardenal Wyszynski y otros prelados.
La constitución Gaudium et Spes, décimo sexto y último documento promulgado por el Concilio Vaticano II, quiso ser una definición completamente nueva de las relaciones entre la Iglesia y el mundo. En ella, sin embargo, faltaba cualquier forma de condena del  comunismo. La Gaudium et Spes buscaba el diálogo con el mundo moderno, convencida de que el itinerario recorrido por él, desde el humanismo y el protestantismo, hasta la Revolución francesa y el marxismo, fuera un proceso irreversible. El pensamiento marxista-ilustrado y la sociedad de consumo por él alimentada estaban en vísperas de una profunda crisis, que manifestaría los primeros síntomas de allí a pocos años, en la Revolución del 68. Los Padres conciliares podrían haber realizado un gesto profético desafiando la modernidad en vez de abrazar su cuerpo en descomposición, como sucedió. Pero hoy nos preguntamos: ¿Eran profetas quienes denunciaban la brutal opresión del comunismo en el Concilio, reclamando su solemne condena, o quienes sostenían, como los artífices de la Ostpolitik, que convenía llegar a un compromiso con la Rusia soviética, porque el comunismo interpretaba las ansias de justicia de la humanidad y sobreviviría al menos uno o dos siglos mejorando el mundo?
El Concilio Vaticano II, ha afirmado recientemente el cardenal Walter Brandmüller, presidente emérito del Pontificio Comité para las Ciencias Históricas, «habría escrito una página gloriosa si, siguiendo las huellas de Pío XII, hubiera encontrado el coraje para pronunciar una repetida y expresa condena del comunismo». Sin embargo, esto no sucedió y los historiadores tendrán que anotar como una imperdonable omisión la fallida condena del comunismo de parte de un Concilio que pretendía ocuparse de los problemas del mundo contemporáneo.
© Copyright Roberto de Mattei. Il Giornale, 9 octubre 2012


La esposa del neotradi y los neocons I


Tomamos esta entrada de la bitácora de la esposadel neotradi. La autora promete otra sobre el mismo tema. Aprovechamos para sugerirle su lectura a Pacopepe, que tantas veces ha preguntado por el significado de neoconservador.   

Notas sobre Neoconservadurismo católico.
Intentaremos trazar en este breve artículo algunas notas sobre un movimiento de amplia difusión dentro de la Iglesia. Lo llamamos neoconservadurismo, pues estos grupos intentan “conservar” todos los cambios surgidos del humanismo integral de Jacques Maritain, la nueva teología, el modernismo y el progresismo; llevados a cabo antes, durante y después del Concilio Vaticano II. No diremos nada que no haya sido dicho por muchos autores, sino que trataremos de dar ejemplos concretos de que este modo de actuar es contrario a la sana doctrina religiosa tradicional y contrario al ideario político del nacionalismo católico.
La primera nota es el carácter postconciliar de estos movimientos e institutos. La mayoría (y son muchísimos) han nacido en la “primavera” de las décadas del `60,`70 y `80. Algunos nacieron antes, pero tuvieron un gran desarrollo en estas décadas. Ya sean estos progresistas izquierdistas, modernistas, conservadores o modernistas de derecha (los llamamos así, aunque creemos que las categorías izquierda-derecha no explican la realidad a esta altura de los acontecimientos); todos se erigieron como la nueva oleada del Espíritu Santo, con carismas propios e indiscutibles y como verdaderos interpretadores de los textos conciliares.
Fomentaron una primacía inequívoca del carácter eminentemente práctico del intelecto. Son deudores de Suárez, Occam y Scoto. Lo contemplativo fue dejado de lado, en pos de una carrera de fundaciones, crecimiento y todo tipo de apostolados. Evangelizar la cultura y dialogar con el mundo son prioridades. Para ello se necesitan colegios, centros de formación, universidades, seminarios, etc. Todas cosas muy buenas en si. Pero, ¿con qué base doctrinal? La base doctrinal será la interpretación de cada grupo del CVII a través del líder iluminado o fundador. Por él y solamente por él, pasa la voz del espíritu que le indica qué se debe hacer, a quién se debe atacar, con quién se debe pactar, quiénes tienen vocación religiosa, quiénes pueden ser laicos o laicas consagrados, quiénes pueden misionar en lugares inhóspitos, o incluso, qué familia lo debe dejar todo para misionar en cualquier parte del mundo.
El “fundador” es el nuevo “mesías” que da el sentido de pertenencia a personas con diversos problemas. Se forma de esta manera una jerarquía paralela.
Aceptarán el dialogo interreligioso, el ecumenismo de Nostra Aetate, la libertad religiosa de Dignitatis Humanae según los designios de las mas altas jerarquías de la Iglesia, ganadas por el modernismo. Jamás criticarán nada, defenderán el acto ecuménico de Asís. Serán promotores del diálogo con el judaísmo y los musulmanes, por supuesto diálogos sin el logos, o sea sin verdad.
Forjaran en sus miembros una moral casuista y de carácter jansenista, que aprisiona la conciencia. De este modo, podrán “dirigir” mejor espiritualmente a sus miembros, “entrenándolos” en la carrera y el “ejercicio” de la santidad. Por supuesto, todo sopesado con el carácter particular de cada grupo.
Serán deudores de la sana laicidad, y apoyaran (para no ir contracorriente) a los políticos conservadores. Tenemos los ejemplos de los liberales yankees como Michael Novak y el biógrafo de Juan Pablo II George Weigel, el caso del “catoliquísimo” Mario Monti en Italia. Apoyado por el fundador de la heterodoxa (que no herética) comunidad de San Egidio; fautora de Asís I, II y III y pequeños Asís a lo largo de Europa y el mundo. Lo paradójico es que este hombre de “izquierda”, me refiero a Andrea Ricardi, apoye a un ex ejecutivo de Goldman-Sachs, la Trilateral y un ajustador económico implacable contra la sociedad italiana, identificado con la “derecha” liberal mas rancia y partidaria de los mercados financieros. Monti es un neo-liberal de tomo y lomo. Otro esbirro liberal es el ajustador Rajoy del Partido Popular en España. Defendido por el centro de estudios económicos de la Universidad de Navarra. Ambos mandatarios (o agentes del imperialismo internacional del dinero) son apoyados y sostenidos, en general, por conferencias episcopales y nuevos movimientos. Estos gobiernos son más anti-católicos que el propio Chávez si nos descuidamos. Pero para los neoconservadores todo lo que “huele” a socialista esta mal. Una cooperativa es algo detestable, toda actuación del estado es estatismo, la función social de la propiedad privada es un “pecado”. El bien común los incomoda. Qué triste que aquellos prelados que se llenan la boca con la opción preferencial por los pobres apoyen o bendigan a esta gente. En el orden temporal debemos reconocer que la Iglesia ha cometido graves errores (decir esto es herejía para un neoconservador) como la condena del rexismo belga o la condena de la Acción Francesa entre otras; sin nombrar la traición a los mártires cristeros.
Su diálogo con el mundo no tiene fin. Cuidado con aquellos que les digan que esto no cambia más. Ellos están convencidos de que convertirán al mundo. Ese optimismo conciliar de la mano del humanismo ha creado la democracia cristiana. Siempre aliada con los poderes del mundo y no con Dios. Arriba citamos ejemplos.
Otra característica particular, mas notable en los neoconservadores vernáculos, es la desmovilización política que proponen, encerrando a sus miembros en actividades religiosas solamente; a los sumo en las luchas pro-vida, pero utilizando el lenguaje democrático y acomodaticio pertinente…
Recuerdo que varios curas de un instituto neoconservador argentino enseñaban que “hay que ser más católico que nacionalista”. Pero ¿Qué es esto? ¿Acaso yo no soy lo suficientemente católico por ser nacionalista, o será que eso me hace más independiente de la estructura eclesial diseñada por el fundador de turno, obteniendo con ello los motes de poseedor de un “mal espíritu” y de “criticarlo todo”, no viendo todo lo bueno que pasa en esta ya larga primavera postconciliar?
La mayoría de estos movimientos e institutos practican un obediencismo a ciegas. Sin dudas con respecto a lo que “enseña” su fundador y la estructura de mando guiada por éste, y luego (de acuerdo a la conveniencia) al Magisterio de la Iglesia. Ah, solamente al Magisterio postconciliar. El otro ya es pasado. Castellani los define perfectamente en el capitulo sobre la “santa obediencia” del RUISEÑOR FUSILADO. A él remitimos.
George Weigel
Por último, viven en un estado permanente de Jornada mundial de la juventud y en una alegría constante. Lo cual no es malo como ya dijimos y repetimos, pero es casi idiota cuando la realidad nos pasa por encima y ante la enormidad de las declinaciones y las vidas frustradas en estos movimientos e institutos. Nos dirán, como dijeron algunos aquí en nuestra Patria, que atacarlos es atacar a la Iglesia y al Papa. Nada más alejado de la realidad. Que nosotros no repitamos que Juan Pablo II es magno, es el mejor Papa de la historia después de San Pedro, no significa que no amemos al Vicario de Cristo; significa que no somos papólatras, otra nota característica de los neoconservadores. Todo lo que dice y hace el Santo Padre es infalible, dogmático y magisterial. Si cae el comunismo, es porque lo venció Juan Pablo II, si ocurre algún escándalo, como los ocurridos con  algunos de estos fundadores, es mentira o fueron otros que encubrieron la verdad al Santo Padre. Ni una cosa ni otra. Hay que observar la realidad y tratar de tener un pensamiento objetivo y tratar de identificar las causas de toda esta debacle del catolicismo, que el P. Bouyer llamo la Descomposición del catolicismo.
Se aproxima el año de la Fe y veremos a lo largo del mundo un coro de alabanzas y glorias al CVII y sus “logros”. Lamentamos no compartirlo, pues la Iglesia se encuentra en franco retroceso. Ya no influye en la sociedad, ni sueñan los católicos con el Reinado Social de Cristo, si se concreta la sana laicidad y la componenda con cuanto liberal o progresista gobierne. Las vocaciones caen esplendorosamente desde hace 50 años, y el retroceso de la práctica religiosa es mas que evidente.
Como católicos tradicionales solamente queremos ser fieles a la Iglesia de siempre, a la Tradición y al Magisterio constante con mucha esperanza. Esperanza de que Cristo vuelva pronto e instaure su reino por los siglos de los siglos.

La esposa del neotradi y los neocons I


Tomamos esta entrada de la bitácora de la esposadel neotradi. La autora promete otra sobre el mismo tema. Aprovechamos para sugerirle su lectura a Pacopepe, que tantas veces ha preguntado por el significado de neoconservador.   

Notas sobre Neoconservadurismo católico.
Intentaremos trazar en este breve artículo algunas notas sobre un movimiento de amplia difusión dentro de la Iglesia. Lo llamamos neoconservadurismo, pues estos grupos intentan “conservar” todos los cambios surgidos del humanismo integral de Jacques Maritain, la nueva teología, el modernismo y el progresismo; llevados a cabo antes, durante y después del Concilio Vaticano II. No diremos nada que no haya sido dicho por muchos autores, sino que trataremos de dar ejemplos concretos de que este modo de actuar es contrario a la sana doctrina religiosa tradicional y contrario al ideario político del nacionalismo católico.
La primera nota es el carácter postconciliar de estos movimientos e institutos. La mayoría (y son muchísimos) han nacido en la “primavera” de las décadas del `60,`70 y `80. Algunos nacieron antes, pero tuvieron un gran desarrollo en estas décadas. Ya sean estos progresistas izquierdistas, modernistas, conservadores o modernistas de derecha (los llamamos así, aunque creemos que las categorías izquierda-derecha no explican la realidad a esta altura de los acontecimientos); todos se erigieron como la nueva oleada del Espíritu Santo, con carismas propios e indiscutibles y como verdaderos interpretadores de los textos conciliares.
Fomentaron una primacía inequívoca del carácter eminentemente práctico del intelecto. Son deudores de Suárez, Occam y Scoto. Lo contemplativo fue dejado de lado, en pos de una carrera de fundaciones, crecimiento y todo tipo de apostolados. Evangelizar la cultura y dialogar con el mundo son prioridades. Para ello se necesitan colegios, centros de formación, universidades, seminarios, etc. Todas cosas muy buenas en si. Pero, ¿con qué base doctrinal? La base doctrinal será la interpretación de cada grupo del CVII a través del líder iluminado o fundador. Por él y solamente por él, pasa la voz del espíritu que le indica qué se debe hacer, a quién se debe atacar, con quién se debe pactar, quiénes tienen vocación religiosa, quiénes pueden ser laicos o laicas consagrados, quiénes pueden misionar en lugares inhóspitos, o incluso, qué familia lo debe dejar todo para misionar en cualquier parte del mundo.
El “fundador” es el nuevo “mesías” que da el sentido de pertenencia a personas con diversos problemas. Se forma de esta manera una jerarquía paralela.
Aceptarán el dialogo interreligioso, el ecumenismo de Nostra Aetate, la libertad religiosa de Dignitatis Humanae según los designios de las mas altas jerarquías de la Iglesia, ganadas por el modernismo. Jamás criticarán nada, defenderán el acto ecuménico de Asís. Serán promotores del diálogo con el judaísmo y los musulmanes, por supuesto diálogos sin el logos, o sea sin verdad.
Forjaran en sus miembros una moral casuista y de carácter jansenista, que aprisiona la conciencia. De este modo, podrán “dirigir” mejor espiritualmente a sus miembros, “entrenándolos” en la carrera y el “ejercicio” de la santidad. Por supuesto, todo sopesado con el carácter particular de cada grupo.
Serán deudores de la sana laicidad, y apoyaran (para no ir contracorriente) a los políticos conservadores. Tenemos los ejemplos de los liberales yankees como Michael Novak y el biógrafo de Juan Pablo II George Weigel, el caso del “catoliquísimo” Mario Monti en Italia. Apoyado por el fundador de la heterodoxa (que no herética) comunidad de San Egidio; fautora de Asís I, II y III y pequeños Asís a lo largo de Europa y el mundo. Lo paradójico es que este hombre de “izquierda”, me refiero a Andrea Ricardi, apoye a un ex ejecutivo de Goldman-Sachs, la Trilateral y un ajustador económico implacable contra la sociedad italiana, identificado con la “derecha” liberal mas rancia y partidaria de los mercados financieros. Monti es un neo-liberal de tomo y lomo. Otro esbirro liberal es el ajustador Rajoy del Partido Popular en España. Defendido por el centro de estudios económicos de la Universidad de Navarra. Ambos mandatarios (o agentes del imperialismo internacional del dinero) son apoyados y sostenidos, en general, por conferencias episcopales y nuevos movimientos. Estos gobiernos son más anti-católicos que el propio Chávez si nos descuidamos. Pero para los neoconservadores todo lo que “huele” a socialista esta mal. Una cooperativa es algo detestable, toda actuación del estado es estatismo, la función social de la propiedad privada es un “pecado”. El bien común los incomoda. Qué triste que aquellos prelados que se llenan la boca con la opción preferencial por los pobres apoyen o bendigan a esta gente. En el orden temporal debemos reconocer que la Iglesia ha cometido graves errores (decir esto es herejía para un neoconservador) como la condena del rexismo belga o la condena de la Acción Francesa entre otras; sin nombrar la traición a los mártires cristeros.
Su diálogo con el mundo no tiene fin. Cuidado con aquellos que les digan que esto no cambia más. Ellos están convencidos de que convertirán al mundo. Ese optimismo conciliar de la mano del humanismo ha creado la democracia cristiana. Siempre aliada con los poderes del mundo y no con Dios. Arriba citamos ejemplos.
Otra característica particular, mas notable en los neoconservadores vernáculos, es la desmovilización política que proponen, encerrando a sus miembros en actividades religiosas solamente; a los sumo en las luchas pro-vida, pero utilizando el lenguaje democrático y acomodaticio pertinente…
Recuerdo que varios curas de un instituto neoconservador argentino enseñaban que “hay que ser más católico que nacionalista”. Pero ¿Qué es esto? ¿Acaso yo no soy lo suficientemente católico por ser nacionalista, o será que eso me hace más independiente de la estructura eclesial diseñada por el fundador de turno, obteniendo con ello los motes de poseedor de un “mal espíritu” y de “criticarlo todo”, no viendo todo lo bueno que pasa en esta ya larga primavera postconciliar?
La mayoría de estos movimientos e institutos practican un obediencismo a ciegas. Sin dudas con respecto a lo que “enseña” su fundador y la estructura de mando guiada por éste, y luego (de acuerdo a la conveniencia) al Magisterio de la Iglesia. Ah, solamente al Magisterio postconciliar. El otro ya es pasado. Castellani los define perfectamente en el capitulo sobre la “santa obediencia” del RUISEÑOR FUSILADO. A él remitimos.
George Weigel
Por último, viven en un estado permanente de Jornada mundial de la juventud y en una alegría constante. Lo cual no es malo como ya dijimos y repetimos, pero es casi idiota cuando la realidad nos pasa por encima y ante la enormidad de las declinaciones y las vidas frustradas en estos movimientos e institutos. Nos dirán, como dijeron algunos aquí en nuestra Patria, que atacarlos es atacar a la Iglesia y al Papa. Nada más alejado de la realidad. Que nosotros no repitamos que Juan Pablo II es magno, es el mejor Papa de la historia después de San Pedro, no significa que no amemos al Vicario de Cristo; significa que no somos papólatras, otra nota característica de los neoconservadores. Todo lo que dice y hace el Santo Padre es infalible, dogmático y magisterial. Si cae el comunismo, es porque lo venció Juan Pablo II, si ocurre algún escándalo, como los ocurridos con  algunos de estos fundadores, es mentira o fueron otros que encubrieron la verdad al Santo Padre. Ni una cosa ni otra. Hay que observar la realidad y tratar de tener un pensamiento objetivo y tratar de identificar las causas de toda esta debacle del catolicismo, que el P. Bouyer llamo la Descomposición del catolicismo.
Se aproxima el año de la Fe y veremos a lo largo del mundo un coro de alabanzas y glorias al CVII y sus “logros”. Lamentamos no compartirlo, pues la Iglesia se encuentra en franco retroceso. Ya no influye en la sociedad, ni sueñan los católicos con el Reinado Social de Cristo, si se concreta la sana laicidad y la componenda con cuanto liberal o progresista gobierne. Las vocaciones caen esplendorosamente desde hace 50 años, y el retroceso de la práctica religiosa es mas que evidente.
Como católicos tradicionales solamente queremos ser fieles a la Iglesia de siempre, a la Tradición y al Magisterio constante con mucha esperanza. Esperanza de que Cristo vuelva pronto e instaure su reino por los siglos de los siglos.

lunes, 8 de octubre de 2012

El trato sacerdotal


Hay temas que este redactor no quisiera tratar por el desagrado que le causan. Es el caso de esta noticia proveniente de Polonia. A pesar de la incomodidad, tal vez se pueda decir algo útil para los lectores.
El abuso sexual clerical es un tema poliédrico. Sin entrar en complejidades psicológicas y morales, es claro que estamos ante un grave delito. Y la respuesta justa que toda comunidad debe dar al delito es la represión y la prevención.
El derecho penal estudia el iter criminis, proceso de desarrollo del delito, es decir, las etapas que posee desde el momento en que se idea la comisión de un delito hasta que se consuma. Hay una fase interna, que sucede dentro de la mente del autor, y no es objeto del derecho; y una fase externa que es la materialización de la idea en conductas externas, en las que sí puede intervenir el derecho penal. Se han diferenciado dos grandes grupos de conductas de la fase externa del delito: los actos preparatorios y los actos ejecutivos. Los primeros suelen quedar impunes, mientras que los segundos pueden recibir sanción criminal.
No basta con la represión de los delitos más graves. También es necesaria la prevención. Un medio preventivo importante es la mejora en la formación de los futuros sacerdotes y religiosos, para excluir a los ineptos; una función que han de cumplir los superiores eclesiásticos. Pero hay otros medios preventivos que se centran en la conducta del sujeto y el trato que da los menores.
Después de décadas de experimentos pastorales de toda clase se ha olvidado que hay un trato sacerdotal que debe manifestarse en actos concretos. Este trato sacerdotal excluye absolutamente la intención criminal propia del abuso sexual (preparado, tentado o consumado) y también actos que, sin tener mala intención, parezcan preparatorios de un abuso o sean inconvenientes por su equivocidad. Lo que se dice de los sacerdotes vale para otros adultos (religiosos, catequistas, etc.) que tratan con menores en la Iglesia.
La determinación concreta de las conductas peligrosas o inconvenientes es competencia de los obispos. Que son quienes deben dar normas particulares. Un ejemplo lo tenemos en la diócesis de Savannah (EE. UU.) y sus Normas deconducta para los que trabajan con menores. En esa diócesis, todos deben conocerlas y comprometerse por escrito a cumplirlas.
Estas pautas de conducta constituyen un punto de partida para la reflexión y la acción de los laicos. Las normas particulares dependen de las circunstancias, por lo que no sería sensato copiar al pie de la letra un modelo norteamericano y aplicarlo en todos los países. Sin retornar a modales victorianos, ni suscitar pánico en los padres, con las adaptaciones necesarias, todos podemos pedir que se adopten criterios semejantes a los de la diócesis de Savannah y cooperar así a un necesario regreso a formas tradicionales de trato pastoral.