lunes, 8 de octubre de 2012

El trato sacerdotal


Hay temas que este redactor no quisiera tratar por el desagrado que le causan. Es el caso de esta noticia proveniente de Polonia. A pesar de la incomodidad, tal vez se pueda decir algo útil para los lectores.
El abuso sexual clerical es un tema poliédrico. Sin entrar en complejidades psicológicas y morales, es claro que estamos ante un grave delito. Y la respuesta justa que toda comunidad debe dar al delito es la represión y la prevención.
El derecho penal estudia el iter criminis, proceso de desarrollo del delito, es decir, las etapas que posee desde el momento en que se idea la comisión de un delito hasta que se consuma. Hay una fase interna, que sucede dentro de la mente del autor, y no es objeto del derecho; y una fase externa que es la materialización de la idea en conductas externas, en las que sí puede intervenir el derecho penal. Se han diferenciado dos grandes grupos de conductas de la fase externa del delito: los actos preparatorios y los actos ejecutivos. Los primeros suelen quedar impunes, mientras que los segundos pueden recibir sanción criminal.
No basta con la represión de los delitos más graves. También es necesaria la prevención. Un medio preventivo importante es la mejora en la formación de los futuros sacerdotes y religiosos, para excluir a los ineptos; una función que han de cumplir los superiores eclesiásticos. Pero hay otros medios preventivos que se centran en la conducta del sujeto y el trato que da los menores.
Después de décadas de experimentos pastorales de toda clase se ha olvidado que hay un trato sacerdotal que debe manifestarse en actos concretos. Este trato sacerdotal excluye absolutamente la intención criminal propia del abuso sexual (preparado, tentado o consumado) y también actos que, sin tener mala intención, parezcan preparatorios de un abuso o sean inconvenientes por su equivocidad. Lo que se dice de los sacerdotes vale para otros adultos (religiosos, catequistas, etc.) que tratan con menores en la Iglesia.
La determinación concreta de las conductas peligrosas o inconvenientes es competencia de los obispos. Que son quienes deben dar normas particulares. Un ejemplo lo tenemos en la diócesis de Savannah (EE. UU.) y sus Normas deconducta para los que trabajan con menores. En esa diócesis, todos deben conocerlas y comprometerse por escrito a cumplirlas.
Estas pautas de conducta constituyen un punto de partida para la reflexión y la acción de los laicos. Las normas particulares dependen de las circunstancias, por lo que no sería sensato copiar al pie de la letra un modelo norteamericano y aplicarlo en todos los países. Sin retornar a modales victorianos, ni suscitar pánico en los padres, con las adaptaciones necesarias, todos podemos pedir que se adopten criterios semejantes a los de la diócesis de Savannah y cooperar así a un necesario regreso a formas tradicionales de trato pastoral. 

El trato sacerdotal


Hay temas que este redactor no quisiera tratar por el desagrado que le causan. Es el caso de esta noticia proveniente de Polonia. A pesar de la incomodidad, tal vez se pueda decir algo útil para los lectores.
El abuso sexual clerical es un tema poliédrico. Sin entrar en complejidades psicológicas y morales, es claro que estamos ante un grave delito. Y la respuesta justa que toda comunidad debe dar al delito es la represión y la prevención.
El derecho penal estudia el iter criminis, proceso de desarrollo del delito, es decir, las etapas que posee desde el momento en que se idea la comisión de un delito hasta que se consuma. Hay una fase interna, que sucede dentro de la mente del autor, y no es objeto del derecho; y una fase externa que es la materialización de la idea en conductas externas, en las que sí puede intervenir el derecho penal. Se han diferenciado dos grandes grupos de conductas de la fase externa del delito: los actos preparatorios y los actos ejecutivos. Los primeros suelen quedar impunes, mientras que los segundos pueden recibir sanción criminal.
No basta con la represión de los delitos más graves. También es necesaria la prevención. Un medio preventivo importante es la mejora en la formación de los futuros sacerdotes y religiosos, para excluir a los ineptos; una función que han de cumplir los superiores eclesiásticos. Pero hay otros medios preventivos que se centran en la conducta del sujeto y el trato que da los menores.
Después de décadas de experimentos pastorales de toda clase se ha olvidado que hay un trato sacerdotal que debe manifestarse en actos concretos. Este trato sacerdotal excluye absolutamente la intención criminal propia del abuso sexual (preparado, tentado o consumado) y también actos que, sin tener mala intención, parezcan preparatorios de un abuso o sean inconvenientes por su equivocidad. Lo que se dice de los sacerdotes vale para otros adultos (religiosos, catequistas, etc.) que tratan con menores en la Iglesia.
La determinación concreta de las conductas peligrosas o inconvenientes es competencia de los obispos. Que son quienes deben dar normas particulares. Un ejemplo lo tenemos en la diócesis de Savannah (EE. UU.) y sus Normas deconducta para los que trabajan con menores. En esa diócesis, todos deben conocerlas y comprometerse por escrito a cumplirlas.
Estas pautas de conducta constituyen un punto de partida para la reflexión y la acción de los laicos. Las normas particulares dependen de las circunstancias, por lo que no sería sensato copiar al pie de la letra un modelo norteamericano y aplicarlo en todos los países. Sin retornar a modales victorianos, ni suscitar pánico en los padres, con las adaptaciones necesarias, todos podemos pedir que se adopten criterios semejantes a los de la diócesis de Savannah y cooperar así a un necesario regreso a formas tradicionales de trato pastoral. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Thibon: el culto al cuerpo


Es un tópico afirmar que nuestra civilización materialista se caracteriza por el olvido del alma y la exaltación del cuerpo. Pero también se puede sostener --- y los dos puntos de vista no se excluyen --- que el cuerpo nunca se ha visto tan despreciado ni maltratado como en las sociedades materialistas.
En un clima así, las relaciones entre hombre y cuerpo se deslizan desde el plano del ser al del tener: ya no son las del dueño con el servidor, sino las del usuario con la máquina. Y el hecho de que la máquina sea objeto de una especie de idolatría --- como se da muy a menudo en ciertos fervientes del automóvil --- no impide, sino que, muy al contrario, lleva a maltratarlo y a abusar de él.
De hecho, las necesidades de nuestro cuerpo --- y correlativamente nuestros deberes respecto de él --- se reducen a poca cosa: aire, una alimentación sana, un ejercicio moderado, un tiempo de reposo y de sueño.
En vez de esto, ¿qué hacen los materialistas? Tratan a este desgraciado cuerpo como a un vulgar instrumento de rendimiento, de placer y de vanidad.
De rendimiento. Lo sobrecargan con un trabajo excesivo (por ser el ganar dinero el nervio de la civilización utilitaria) y con una utilización del tiempo libre tan trepidante como el trabajo. "Mis vacaciones fueron lucrativas", me dijo uno de mis vecinos al volver, más cansado que al salir, de un largo circuito a través de Europa. "Tanto más lucrativas --- respondí --- cuanto más kilómetros ha devorado y más dinero ha gastado."
De placer. Digamos más bien de distracciones viciadas que no tienen casi ninguna relación con el sano placer de los sentidos. Se fuerza al cuerpo a comer cuando no tiene hambre, a beber cuando no tiene sed, a estar en vela cuando se cae de sueño; se le llena de humo cuando tiene necesidad de aire puro, etc. Sin hablar de los deportes violentos y desproporcionados a sus fuerzas, en los que el espíritu de imitación y de récord juega a contrapelo con las exigencias del equilibrio y de la expansión física. Ni de los artificios, inspirados por la sed de un placer sin respaldo y sin riesgos, que vienen a trastornar sus ritmos y sus funciones. Testigo de ello --- ¡signo de los tiempos! --- es la desmesurada importancia que han tomado los debates alrededor de la famosa "píldora" que, en unos años ha hecho gastar seguramente más saliva y más tinta que todas las discusiones teológicas de los siglos pasados.
De vanidad. Aquí la lista de los ejemplos es inagotable. Al cuerpo se le exhibe sin pudor como una mercancía en el escaparate. O bien se le martiriza para obedecer a modas absurdas. Pienso en las espectaculares muertes debidas a ciertas curas de adelgazamiento, en las piernas heladas (consecuencias de la minifalda en los países fríos), en los innumerables accidentes (insolaciones, traumas pulmonares o hepáticos) que son el precio del culto bárbaro e incondicional del bronceado.
¿Qué ocurre cuando cae enfermo el cuerpo a consecuencia de esos abusos? Inmediatamente uno se descarga de toda responsabilidad confiándolo a especialistas apropiados; se le atiborra de drogas, se sigue con rigor un régimen, pero de una manera abstracta y "programada", como se obedece al modo de empleo de cualquier mecánica y en una completa ignorancia de "esos lazos tan tiernos y tan violentos" que, según Bossuet, unen el alma con el cuerpo. Y esa disciplina formal dispensa de practicar las viejas virtudes, infinitamente más sutiles y personales, que conciernen a la higiene y a la sobriedad. Aún los cuidados que restan (debido al hecho de que el cuerpo no es intercambiable) irán desapareciendo sin duda, a medida que el banco de órganos, que hoy sólo existe en estado embrionario, disponga de medios lo bastante poderosos como para darnos la salud en piezas sueltas.
Hacer todo esto es quizá adorar el cuerpo (como se adora la tarta de crema o el esquí acuático); lo cual no es, ciertamente, ni amarlo ni respetarlo.
¡Y he aquí a dónde nos conduce el materialismo! El olvido del alma entraña el desprecio del cuerpo. Se descuidan, en la medida en que se hace de él un ídolo, las atenciones elementales que se deben a un servidor.
En las antípodas de este clima de falsa exaltación y de verdadero desprecio, el Apóstol nos enseña que el cuerpo es el templo del Señor. Pero para saberlo y, sobre todo, para vivirlo, hay que acordarse de que se tiene un alma y reconocer que hay un Dios.

Thibon: el culto al cuerpo


Es un tópico afirmar que nuestra civilización materialista se caracteriza por el olvido del alma y la exaltación del cuerpo. Pero también se puede sostener --- y los dos puntos de vista no se excluyen --- que el cuerpo nunca se ha visto tan despreciado ni maltratado como en las sociedades materialistas.
En un clima así, las relaciones entre hombre y cuerpo se deslizan desde el plano del ser al del tener: ya no son las del dueño con el servidor, sino las del usuario con la máquina. Y el hecho de que la máquina sea objeto de una especie de idolatría --- como se da muy a menudo en ciertos fervientes del automóvil --- no impide, sino que, muy al contrario, lleva a maltratarlo y a abusar de él.
De hecho, las necesidades de nuestro cuerpo --- y correlativamente nuestros deberes respecto de él --- se reducen a poca cosa: aire, una alimentación sana, un ejercicio moderado, un tiempo de reposo y de sueño.
En vez de esto, ¿qué hacen los materialistas? Tratan a este desgraciado cuerpo como a un vulgar instrumento de rendimiento, de placer y de vanidad.
De rendimiento. Lo sobrecargan con un trabajo excesivo (por ser el ganar dinero el nervio de la civilización utilitaria) y con una utilización del tiempo libre tan trepidante como el trabajo. "Mis vacaciones fueron lucrativas", me dijo uno de mis vecinos al volver, más cansado que al salir, de un largo circuito a través de Europa. "Tanto más lucrativas --- respondí --- cuanto más kilómetros ha devorado y más dinero ha gastado."
De placer. Digamos más bien de distracciones viciadas que no tienen casi ninguna relación con el sano placer de los sentidos. Se fuerza al cuerpo a comer cuando no tiene hambre, a beber cuando no tiene sed, a estar en vela cuando se cae de sueño; se le llena de humo cuando tiene necesidad de aire puro, etc. Sin hablar de los deportes violentos y desproporcionados a sus fuerzas, en los que el espíritu de imitación y de récord juega a contrapelo con las exigencias del equilibrio y de la expansión física. Ni de los artificios, inspirados por la sed de un placer sin respaldo y sin riesgos, que vienen a trastornar sus ritmos y sus funciones. Testigo de ello --- ¡signo de los tiempos! --- es la desmesurada importancia que han tomado los debates alrededor de la famosa "píldora" que, en unos años ha hecho gastar seguramente más saliva y más tinta que todas las discusiones teológicas de los siglos pasados.
De vanidad. Aquí la lista de los ejemplos es inagotable. Al cuerpo se le exhibe sin pudor como una mercancía en el escaparate. O bien se le martiriza para obedecer a modas absurdas. Pienso en las espectaculares muertes debidas a ciertas curas de adelgazamiento, en las piernas heladas (consecuencias de la minifalda en los países fríos), en los innumerables accidentes (insolaciones, traumas pulmonares o hepáticos) que son el precio del culto bárbaro e incondicional del bronceado.
¿Qué ocurre cuando cae enfermo el cuerpo a consecuencia de esos abusos? Inmediatamente uno se descarga de toda responsabilidad confiándolo a especialistas apropiados; se le atiborra de drogas, se sigue con rigor un régimen, pero de una manera abstracta y "programada", como se obedece al modo de empleo de cualquier mecánica y en una completa ignorancia de "esos lazos tan tiernos y tan violentos" que, según Bossuet, unen el alma con el cuerpo. Y esa disciplina formal dispensa de practicar las viejas virtudes, infinitamente más sutiles y personales, que conciernen a la higiene y a la sobriedad. Aún los cuidados que restan (debido al hecho de que el cuerpo no es intercambiable) irán desapareciendo sin duda, a medida que el banco de órganos, que hoy sólo existe en estado embrionario, disponga de medios lo bastante poderosos como para darnos la salud en piezas sueltas.
Hacer todo esto es quizá adorar el cuerpo (como se adora la tarta de crema o el esquí acuático); lo cual no es, ciertamente, ni amarlo ni respetarlo.
¡Y he aquí a dónde nos conduce el materialismo! El olvido del alma entraña el desprecio del cuerpo. Se descuidan, en la medida en que se hace de él un ídolo, las atenciones elementales que se deben a un servidor.
En las antípodas de este clima de falsa exaltación y de verdadero desprecio, el Apóstol nos enseña que el cuerpo es el templo del Señor. Pero para saberlo y, sobre todo, para vivirlo, hay que acordarse de que se tiene un alma y reconocer que hay un Dios.

lunes, 1 de octubre de 2012

Todos hegelianos


Hace unos días, quien esto escribe tuvo la oportunidad de escuchar a un gurú -que suele presentarse como “último mohicano” y “duro entre los duros” del tradicionalismo- que aplicaba con mucha liviandad el rótulo de hegeliano. La conclusión implícita de su mensaje era que, salvo unos pocos iluminados, el resto de los católicos seríamos hegelianos. Una afirmación extraordinaria, porque el principio de no contradicción es evidente, aunque muchas personas no estén en condiciones de formularlo de manera precisa, ni conozcan suficiente lógica de las proposiciones para comprender su aplicación a las relaciones de oposición entre los enunciados.
En realidad, lo que suele ocurrir con el principio de no contradicción es que se lo formula mal y se olvida que la oposición debe darse en un mismo aspecto. Esto explica, en parte, el origen de algunas objeciones:
“Respecto del 'Principio de [no] contradicción', se ha objetado, especialmente por los hegelianos… que hay contradicciones, o situaciones en las que operan fuerzas contradictorias o conflictuales. Debemos admitir que hay situaciones en las cuales actúan fuerzas conflictuales, y esto es tan cierto en el ámbito de la mecánica como en las esferas social y económica. Pero, llamar 'contradictorias' a estas fuerzas en conflicto es usar una terminología vaga e inconveniente. El calor aplicado a un gas, que tiende a provocar su expansión, y el recipiente que tiende a contener su expansión pueden describirse como en conflicto uno con otro, pero ninguno de ellos es la negación o el contradictorio del otro.El propietario de una gran fábrica, que necesita miles de obreros que trabajan concertadamente para poder funcionar, puede oponerse al sindicato y a su vez, ser combatido por éste, que nunca se habría organizado si sus miembros no hubieran sido reunidos para trabajar juntos en la fábrica; pero ni el propietario ni el sindicato es la negación o el contradictorio del otro. Si se lo comprende en el sentido correcto, el 'Principio de [no] contradicción' es inobjetable y totalmente verdadero” (Copi, I. Introducción a la lógica, Eudeba, 1969, ps. 249-250).
Para que haya verdadera oposición entre dos enunciados estos deben afirmar y negar una misma cosa bajo el mismo punto de vista o aspecto. No hay oposición rigurosa si no hay identidad absoluta y perfecta entre sujetos y predicados de las proposiciones comparadas. Y entonces vale la regla de que dos contrarias nunca pueden ser verdaderas, pero pueden ser ambas falsas.
Lo dicho resulta de capital importancia cuando se debate una cuestión teológica. Porque en la teología católica se emplea la analogía. Un ejemplo, puede ilustrar: las proposiciones el acto de fe es libre y el acto de fe no es libre son opuestas, con oposición contraria, por lo que no pueden ser ambas verdaderas siempre que los sujetos y los predicados se tomen en idéntico sentido. En cambio, si se altera el sentido de los términos, tenemos que el enunciado teológico:
- El acto de fe es libre, es una proposición verdadera, si se toma libre en sentido psicológico. Porque la fe se da en el acto libre, o califica al acto libre, aunque no es adecuadamente su libertad. 
- El acto de fe no es libre, es también una proposición verdadera, si se toma libre en sentido moral. Porque moralmente la fe no es libre, sino debida. Por eso rechazar la fe suficientemente propuesta o abandonarla es un pecado gravísimo y los hombres no son libres para tener la religión que más les guste. 
El problema que tienen algunos que llaman hegeliano a medio mundo es que usan poco y mal de la analogía. Son víctimas de un univocismo que es tara filosófica propia de una modernidad racionalista que detestan. 

Todos hegelianos


Hace unos días, quien esto escribe tuvo la oportunidad de escuchar a un gurú -que suele presentarse como “último mohicano” y “duro entre los duros” del tradicionalismo- que aplicaba con mucha liviandad el rótulo de hegeliano. La conclusión implícita de su mensaje era que, salvo unos pocos iluminados, el resto de los católicos seríamos hegelianos. Una afirmación extraordinaria, porque el principio de no contradicción es evidente, aunque muchas personas no estén en condiciones de formularlo de manera precisa, ni conozcan suficiente lógica de las proposiciones para comprender su aplicación a las relaciones de oposición entre los enunciados.
En realidad, lo que suele ocurrir con el principio de no contradicción es que se lo formula mal y se olvida que la oposición debe darse en un mismo aspecto. Esto explica, en parte, el origen de algunas objeciones:
“Respecto del 'Principio de [no] contradicción', se ha objetado, especialmente por los hegelianos… que hay contradicciones, o situaciones en las que operan fuerzas contradictorias o conflictuales. Debemos admitir que hay situaciones en las cuales actúan fuerzas conflictuales, y esto es tan cierto en el ámbito de la mecánica como en las esferas social y económica. Pero, llamar 'contradictorias' a estas fuerzas en conflicto es usar una terminología vaga e inconveniente. El calor aplicado a un gas, que tiende a provocar su expansión, y el recipiente que tiende a contener su expansión pueden describirse como en conflicto uno con otro, pero ninguno de ellos es la negación o el contradictorio del otro.El propietario de una gran fábrica, que necesita miles de obreros que trabajan concertadamente para poder funcionar, puede oponerse al sindicato y a su vez, ser combatido por éste, que nunca se habría organizado si sus miembros no hubieran sido reunidos para trabajar juntos en la fábrica; pero ni el propietario ni el sindicato es la negación o el contradictorio del otro. Si se lo comprende en el sentido correcto, el 'Principio de [no] contradicción' es inobjetable y totalmente verdadero” (Copi, I. Introducción a la lógica, Eudeba, 1969, ps. 249-250).
Para que haya verdadera oposición entre dos enunciados estos deben afirmar y negar una misma cosa bajo el mismo punto de vista o aspecto. No hay oposición rigurosa si no hay identidad absoluta y perfecta entre sujetos y predicados de las proposiciones comparadas. Y entonces vale la regla de que dos contrarias nunca pueden ser verdaderas, pero pueden ser ambas falsas.
Lo dicho resulta de capital importancia cuando se debate una cuestión teológica. Porque en la teología católica se emplea la analogía. Un ejemplo, puede ilustrar: las proposiciones el acto de fe es libre y el acto de fe no es libre son opuestas, con oposición contraria, por lo que no pueden ser ambas verdaderas siempre que los sujetos y los predicados se tomen en idéntico sentido. En cambio, si se altera el sentido de los términos, tenemos que el enunciado teológico:
- El acto de fe es libre, es una proposición verdadera, si se toma libre en sentido psicológico. Porque la fe se da en el acto libre, o califica al acto libre, aunque no es adecuadamente su libertad. 
- El acto de fe no es libre, es también una proposición verdadera, si se toma libre en sentido moral. Porque moralmente la fe no es libre, sino debida. Por eso rechazar la fe suficientemente propuesta o abandonarla es un pecado gravísimo y los hombres no son libres para tener la religión que más les guste. 
El problema que tienen algunos que llaman hegeliano a medio mundo es que usan poco y mal de la analogía. Son víctimas de un univocismo que es tara filosófica propia de una modernidad racionalista que detestan. 

domingo, 30 de septiembre de 2012

El DTC en línea


El célebre Dictionnaire de Théologie Catholique, conocido por como el DTC, está disponible en 30 volúmenes gracias al sitio de Brasil Obras católicas. Se trata de una obra de consulta para los  interesados en profundizar en cuestiones teológicas y afines. Al parecer, por razones de derechos de autor, no pueden consultarse todavía los índices. La obra se  encuentra aquí.