lunes, 4 de junio de 2012

La túnica rasgada de Tito Casini



Tito Casini (1897 -1987) fue un relevante escritor italiano que en 1967 publicó un interesante libro (La túnica rasgada) sobre la reciente reforma litúrgica que estaba llevándose a cabo. La obra fue prologada por el cardenal Antonio Bacci, coautor del prólogo al Breve examen crítico del Novus Ordo Missae
En el prólogo, Bacci se refiere al autor en los siguientes términos:
Considero a Tito Casini, a quien conozco desde la infancia uno de los primeros escritores católicos de Italia. Su estilo fresco, franco y cáustico, es como una ráfaga del aire puro de la montaña, que uno respira en su amada Florencia — suya y mía. Casini es un cristiano de una pieza y bien puede decir con el antiguo escritor: Christianus mihi nomen, Catholicus cognomen. Soy, por nombre, cristitano y me apellido católico. Y si lo que él ha escrito en este libro puede, tal vez, parecer a alguno muy poco reverente, todos estamos obligados a admitir que su escrito fue dictado solamente por su amor apasionado por la Iglesia y por su decoro litúrgico puede y" debe afirmarse que lo que Casini dice en este pequeño volumen nunca va en contra de lo que fue establecido en la Constitución Litúrgica del Concillo Vaticano II. Lo que él impugna es una aplicación desviada de esta Constitución, que ciertos frenéticos y fanáticos innovadores han estado buscando imponer a toda costa en la práctica. Y está por encima de todas las palabras lo que algunos están haciendo en este programa resbaloso con sus así llamadas “Cenas Eucarísticas”, sus misas “ye-yé” y otras abominaciones parecidas…
Tengo confianza entre tanto, en que las personas, que se sientan mencionadas, perdonarán con buena voluntad al autor ciertas expresiones, que pueden aparecer poco respetuosas en relación a ellas, reflexionando que no fueron escritas con la intención de ofender a nadie en lo más mínimo, sino por una mente y un corazón exasperados por algunas de esas innovaciones, que parecen y son verdaderas profanaciones.”
A pesar de los buenos deseos del cardenal, Gottardo Pasqualetti, defensor incondicional de A. Bugnini y también de las singularidades litúrgicas del Camino Neocatecumenaldescalificó la obra de Casini:
…un sector que se ha fijado en posiciones de rechazo del concilio ha opuesto también una resistencia tenaz y persistente a la liturgia renovada, vista como la bandera de la renovación conciliar. Son numerosas las denominaciones y los boletines de información de los grupos de contestación. Algunos se limitaban a la petición de poder continuar celebrando la misa en lengua latina. Pero otros, contrarios a todo, llevaron adelante una batalla desleal y llena de prejuicios, que no ahorró las acusaciones más vulgares y absurdas contra las personas. El sistema consistía en "colocar, sin corregirse jamás, una etiqueta despectiva a los adversarios; amalgamar lo que se detesta en la globalidad de un término que constituye el objetivo de un rechazo afectivo no matizado; sostener que se tiene razón, a veces al precio del formalismo; estar convencido de que existe un complot de los malos, que se ha abierto paso en la iglesia una activa conspiración judeo-masónica o comunista que fomenta una subversión interna.
Un típico ejemplo italiano de esta actitud son las publicaciones de un escritor católico que suscitaron un amplio eco. Y sobre todo la primera, con el significativo título La tunica stracciata: un libelo difamatorio e injurioso contra personas e instituciones. Desgraciadamente, lo avalaba con un prólogo un miembro del sacro colegio. Los periódicos y revistas de la capital (II Tempo, II Messaggero, Lo Specchio, Il Borghese, L'Espresso), particularmente en los primeros meses de 1967, se unieron a él con artículos en defensa de la liturgia tradicional, del latín, de la música clásica en las iglesias. El mismo Pablo VI tuvo que intervenir para defender el trabajo llevado a cabo por la presidencia del Consilium. Pero no pasaría mucho tiempo antes de que él mismo fuera desconsideradamente acusado de herejía.”
Ofrecemos a nuestros lectores una versión digital del libro de Tito Casini. El libro puede leerse y descargarse de nuestro estante scribd


P.S.: también puede descargarse el documento aquí.

La túnica rasgada de Tito Casini



Tito Casini (1897 -1987) fue un relevante escritor italiano que en 1967 publicó un interesante libro (La túnica rasgada) sobre la reciente reforma litúrgica que estaba llevándose a cabo. La obra fue prologada por el cardenal Antonio Bacci, coautor del prólogo al Breve examen crítico del Novus Ordo Missae
En el prólogo, Bacci se refiere al autor en los siguientes términos:
Considero a Tito Casini, a quien conozco desde la infancia uno de los primeros escritores católicos de Italia. Su estilo fresco, franco y cáustico, es como una ráfaga del aire puro de la montaña, que uno respira en su amada Florencia — suya y mía. Casini es un cristiano de una pieza y bien puede decir con el antiguo escritor: Christianus mihi nomen, Catholicus cognomen. Soy, por nombre, cristitano y me apellido católico. Y si lo que él ha escrito en este libro puede, tal vez, parecer a alguno muy poco reverente, todos estamos obligados a admitir que su escrito fue dictado solamente por su amor apasionado por la Iglesia y por su decoro litúrgico puede y" debe afirmarse que lo que Casini dice en este pequeño volumen nunca va en contra de lo que fue establecido en la Constitución Litúrgica del Concillo Vaticano II. Lo que él impugna es una aplicación desviada de esta Constitución, que ciertos frenéticos y fanáticos innovadores han estado buscando imponer a toda costa en la práctica. Y está por encima de todas las palabras lo que algunos están haciendo en este programa resbaloso con sus así llamadas “Cenas Eucarísticas”, sus misas “ye-yé” y otras abominaciones parecidas…
Tengo confianza entre tanto, en que las personas, que se sientan mencionadas, perdonarán con buena voluntad al autor ciertas expresiones, que pueden aparecer poco respetuosas en relación a ellas, reflexionando que no fueron escritas con la intención de ofender a nadie en lo más mínimo, sino por una mente y un corazón exasperados por algunas de esas innovaciones, que parecen y son verdaderas profanaciones.”
A pesar de los buenos deseos del cardenal, Gottardo Pasqualetti, defensor incondicional de A. Bugnini y también de las singularidades litúrgicas del Camino Neocatecumenaldescalificó la obra de Casini:
…un sector que se ha fijado en posiciones de rechazo del concilio ha opuesto también una resistencia tenaz y persistente a la liturgia renovada, vista como la bandera de la renovación conciliar. Son numerosas las denominaciones y los boletines de información de los grupos de contestación. Algunos se limitaban a la petición de poder continuar celebrando la misa en lengua latina. Pero otros, contrarios a todo, llevaron adelante una batalla desleal y llena de prejuicios, que no ahorró las acusaciones más vulgares y absurdas contra las personas. El sistema consistía en "colocar, sin corregirse jamás, una etiqueta despectiva a los adversarios; amalgamar lo que se detesta en la globalidad de un término que constituye el objetivo de un rechazo afectivo no matizado; sostener que se tiene razón, a veces al precio del formalismo; estar convencido de que existe un complot de los malos, que se ha abierto paso en la iglesia una activa conspiración judeo-masónica o comunista que fomenta una subversión interna.
Un típico ejemplo italiano de esta actitud son las publicaciones de un escritor católico que suscitaron un amplio eco. Y sobre todo la primera, con el significativo título La tunica stracciata: un libelo difamatorio e injurioso contra personas e instituciones. Desgraciadamente, lo avalaba con un prólogo un miembro del sacro colegio. Los periódicos y revistas de la capital (II Tempo, II Messaggero, Lo Specchio, Il Borghese, L'Espresso), particularmente en los primeros meses de 1967, se unieron a él con artículos en defensa de la liturgia tradicional, del latín, de la música clásica en las iglesias. El mismo Pablo VI tuvo que intervenir para defender el trabajo llevado a cabo por la presidencia del Consilium. Pero no pasaría mucho tiempo antes de que él mismo fuera desconsideradamente acusado de herejía.”
Ofrecemos a nuestros lectores una versión digital del libro de Tito Casini. El libro puede leerse y descargarse de nuestro estante scribd


P.S.: también puede descargarse el documento aquí.

domingo, 3 de junio de 2012

Vatileaks y la "liturgia kika"


De acuerdo con las recientes noticias debidas a las "filtraciones" vaticanas, en una carta enviada por el cardenal Raymond Leo Burke, prefecto del Tribunal de la Signatura Apostólica al cardenal Tarcisio Bertone, con fecha 14 de enero de este año, se expresan reservas por la aprobación de la liturgia del Camino Neocatecumenal. A Burke le preocupa como celebran los "kikos" la Misa, el "modo anómalo" como reciben la comunión, "exagerando gravemente el aspecto del banquete eucarístico y descuidando el ministerio insustituible del sacerdote en la misa". El cardenal considera que la liturgia de los "kikos" no es "coherente" con el magisterio litúrgico del papa. 

Más información: aquí, aquí y aquí.


Vatileaks y la "liturgia kika"


De acuerdo con las recientes noticias debidas a las "filtraciones" vaticanas, en una carta enviada por el cardenal Raymond Leo Burke, prefecto del Tribunal de la Signatura Apostólica al cardenal Tarcisio Bertone, con fecha 14 de enero de este año, se expresan reservas por la aprobación de la liturgia del Camino Neocatecumenal. A Burke le preocupa como celebran los "kikos" la Misa, el "modo anómalo" como reciben la comunión, "exagerando gravemente el aspecto del banquete eucarístico y descuidando el ministerio insustituible del sacerdote en la misa". El cardenal considera que la liturgia de los "kikos" no es "coherente" con el magisterio litúrgico del papa. 

Más información: aquí, aquí y aquí.


sábado, 2 de junio de 2012

El noveno sacramento


Por Hugo Wast.

El santo y sabio teólogo ingles Padre Faber ha llamado al dolor el octavo sacramento. No sé que nadie haya dicho nada más hermoso, profundo y cristiano acerca del instrumento inventado por Dios para salvar al mundo del exterminio. Dios había creado al hombre concediéndole un don formidable, la libertad. Pareciera que el cántico de los cielos y de la tierra y de todas las criaturas que narran la gloria de Dios, Coeli enarrant gloriam Dei, no lo satisfacía, porque era un homenaje impuesto por la naturaleza de las cosas, no era una oración de un ser que pudiendo levantarse contra el e insultarlo, a pesar de esa tremenda facultad, lo reconociera y lo adorase. Y ese era el hombre libre. Pero el hombre se corrompió y se rebeló contra Él y lo insultó, y adoró a dioses que fabricó con sus manos. Y Dios se arrepintió de haberlo creado, según la misteriosa expresión de la Biblia, y decretó su exterminio y el de toda carne que se movía sobre la tierra: “Exterminaré – dice el Génesis -, de la haz de la tierra al hombre que he creado, y desde el hombre a todos los animales, desde los reptiles hasta las aves del aire, porque me arrepiento de haberlos hecho.” Pero Noé, que era justo, halló gracia ante los ojos del Señor, que salvó en él la especie humana y con él una pareja de todos los animales, mientras las aguas del diluvio devoraban todas las estirpes. Volvieron los hombres a poblar la tierra y volvieron a rebelarse y a delinquir, y toda carne corrompió su camino. La balanza de la eterna justicia quedó desequilibrada por la prevaricación de aquel ser tan débil por el cuerpo, pero tan poderoso por el espíritu de libertad que poseía y que podía hacer frente a su Creador, el cual se detenía sobrecogido delante de su criatura. “¿Por ventura se levantará el barro contra el alfarero y la vasija contra su hacedor?” – se pregunta Isaías espantado. Y he aquí justamente que el barro se levantaba contra el alfarero.
Podríamos decir, con audacia más aparente que real, que existía un límite para la omnipotencia de Dios, y era la libertad humana. La amenazante leyenda de las columnas de Hércules, el non plus ultra  que creían leer los antiguos viajeros, se hallaba escrito en la frente del hombre, en letras que solo Dios descifraba, porque era su propia mano la que las había trazado: Nadie, ni siquiera tú que lo has creado, doblegará su voluntad, que será libre, ya que tú lo has querido. ¡Tremenda, pavorosa, inescrutable invención aquella! Para contrapesar el desequilibrio que la libertad del hombre introducía en sus planes, engendrando el pecado, Dios tenía que inventar otra cosa igual en grandeza e intensidad, e invento el dolor. Es claro que pudo el Creador a la primera prevaricación del hombre haber petrificado sin aniquilar aquella formidable prerrogativa de su libertad, reduciéndola a la impotencia como hizo con los ángeles, condenando a los unos y confirmando a los otros. Pero el libre albedrío humano era su obra maestra, la verdadera página de la Creación en que el Supremo Hacedor hallaba todas sus delicias, y prefirió salvarlo introduciendo en la economía de su creación que era obra de amor, ese incomparable factor del dolor o no sabría explicar la misteriosa y omnipotente energía que hay en el dolor, pero comprendo su inmensa dignidad al pensar que Dios no eligió como instrumento de redención ni la belleza, ni la sabiduría, ni el genio, ni el poder, ni la gloria, ni ninguna de todas esas grandes cosas que los hombres persiguen y adoran, y por las cuales venden sus almas, sino el dolor que es algo oscuro, de lo cual todos los seres huyen, y que sirve a la filosofía puramente humana como argumento contra la propia existencia de Dios, porque no entiende su función compensadora. Y para dignificarlo más, y para que nunca más la libertad humana pudiera desequilibrar su balanza, aunque los pecados de los hombres formaran una montaña, cuyo cimiento bajara hasta el infierno, y cuya cumbre amenazara el cielo, arrojó en el platillo el peso infinito de la carne dolorida y adorable de su propio Hijo, que era Dios. “Si alguna cosa fuera mejor y más útil para la salud de los hombres que el sufrir adversidades – dice Kempis -, por cierto que Cristo lo hubiera enseñado por palabras y ejemplos.” Débese pensar además que el dolor no es solamente instrumento de redención, sino indicio de predilección de Dios hacia alguna criatura, de tal manera que los que no sufren, deben inquietarse por su desamparo, y llamar a las puertas de la misericordia, sin descansar, reclamando su porción de dolor, como un hijo reclama su herencia legítima. Santa Ángela de Foligno nos dice con palabras inspiradas por el mismo Jesús: “Aquellos a quienes yo amo, comen más cerca de mí, en mi mesa y toman conmigo su parte en el pan de la tribulación, y beben en mi propia copa, el cáliz de la pasión.” ¡Pobres ciegos los que esto ignoran y se rebelan contra lo que es señal de predestinación! Por eso exclama el Eclesiastés: “¡Ay, de los que pierden los sufrimientos!” Infinitamente profunda y consoladora es, pues, la afirmación del Padre Faber que hace del dolor el octavo sacramento. Pero ¿no hay en el mundo algo que valga tanto o más que el dolor y que pueda ser llamado el noveno sacramento? Revoloteando alrededor de esas cosas sublimes, que devoran mi pequeño pensamiento como devoraría la llama de un volcán a una aturdida mariposa que se aproximara al cráter, he llegado a pensar que si, que hay algo que vale más que el dolor, porque siendo de su propia esencia, tiene un grado más de perfección, y que puede ser llamado el noveno sacramento. Y eso es la sonrisa. Si mi pobre cabeza supiera penetrar sin extraviarse en el reino de lo abstracto y mi pluma tuviera costumbre de tratar de estas cosas altas, pienso que lograría escribir muchas páginas buenas y útiles porque me imagino que se puede hablar largamente sobre el valor teológico de la sonrisa. Incapaz de hacerlo así, me limitaré a apuntar ideas sencillas, que me rondan hace tiempo, confirmadas por la reciente lectura de un libro delicioso, la vida de Santa Teresita del Niño Jesús, que es la santa de la sonrisa. Creo innecesario advertir que no me refiero en ninguna forma a la risa, manifestación de sentimientos de naturaleza bien distinta y que muchas veces, por desgracia, suele ser un indicio de esa alegría estrepitosa, que vive separada de la muda desesperación, apenar por un delgado tabique, según lo advierte Ruskin. Menos aún me refiero a la venenosa sonrisa de Voltaire, renovada en nuestros días por ese pobre Anatole France, que después de haber sonreído elegantemente de todas las cosas sublimes y santas, para disimular la úlcera del ocio que lo roía, ha muerto abominando de su ironía, desesperado y maldiciéndose, porque esa sonrisa no es signo de indulgencia sino un lamentable disfraz de la intolerancia burlona, y un anticipo del etridor dentium, de que habla el Evangelio. En vez de definir cuál es la sonrisa que tiene para mí los caracteres de un sacramento, que purifica y fortaleza e imparte la gracia, voy a poner un ejemplo de ella.
Refiere Santa Teresita, en su autobiografía, que había en su comunidad una religiosa que tenía el don de desagradarla en todo. Luchando para no ceder a la antipatía que aquella su hermana le inspiraba, procuraba hacerle cuantos favores podía, y cada vez que se encontraba con ella, si la asaltaba la tentación de responderle de un modo desagradable, se daba prisa a dirigirle una amable sonrisa. “Muchas veces, cuando el demonio me tentaba violentamente, y me podía esquivar sin que ella advirtiera mi lucha interior, huía como un soldado desertor…. En esto, díjome ella un día con aire de gozo: “Hermana Teresita del Niño Jesús, ¿quiere decirme lo que la atrae tanto hacia mí? No la encuentro ni una sola vez sin que me dirija la mas graciosa sonrisa” - ¡Ah, lo que me atraía era Jesucristo oculto en el fondo de su alma! Jesús que dulcifica lo más amargo” (Historia de un alma, capítulo noveno) No necesito explicar más, ésa es la sonrisa de que hablo, y que vale más que el dolor aceptado como una expiación, porque es el dolor vencido y transformado en caridad y alegría. Es la virtud, en grado heroico. A semejantes alturas llegó Santa Teresita reflexionando sobre los dos grandes mandamientos, el primero de los cuales es amar a Dios, y el segundo amar al prójimo. Viviendo en el mundo se advierte lo difícil que es demostrar este segundo amor con actos exteriores, hacia todas las personas que nos rodean: unas grandes, otras pequeñas, amigas unas, hostiles o indiferentes otras.
Pero siempre, siempre hay en el trato con las gentes un lugarcito para la sonrisa de Teresita. ¿Es posible calcular el valor teológico de esa sonrisa? ¿No vale en ocasiones más que un milagro? El padre Meschler en su tratado sobre la Vida Espiritual, dice que “un hombre cariñoso y jovial es un poderoso instrumento de Dios en el mundo, es un exorcista que lanza demonios, apóstol y evangelista”. Y en efecto, la sonrisa es Caridad. No todos son llamados a realizar grandes hazañas, porque Dios reparte sus dones como es su gusto, y a unos los priva de lo que ha concedido sobreabundantemente a otros. Pero a todos les ha concedido la voluntad de amar, que es el don por excelencia, según lo enseña San Pablo: “Buscad con ardor los dones más perfectos, pero todavía os mostraré un camino más excelente”. Ese es el camino del Amor, y Santa Teresita nos cuenta, hablando de esto, que ella, no pudiendo ser apóstol, ni misionero, ni confesor, no pudiendo ser ninguno de los miembros del cuerpo místico de la Iglesia, que describe San Pablo, comprendió que su vocación era ser el Amor, y quiso ser el corazón de la Iglesia. La sonrisa es Humildad. El hombre soberbio e hinchado no sonríe y si acaso sonríe, su sonrisa no es sencilla, ni desinteresada, ni se dirige a los pobres que no pueden servir en una u otra manera sus vanidades. La paciencia es una virtud eminentemente cristiana. Es el dominio de sí mismo: “Por la paciencia poseería vuestras almas”, nos dice Jesús en el Evangelio. Es ella indispensable para conformarse con el sufrimiento; pero hay un grado más en la paciencia, y es la alegría en el sufrimiento: “Sufre con paciencia ya que no puedes sufrir con alegría”, dice Kempis.
La alegría es cristiana y social, por naturaleza. “No os entristezcáis como los que no tienen esperanza”, dice San Pablo. Y la sonrisa es más que la alegría, porque hay en ella mayor vencimiento propio. A veces sonreír vale tanto como realizar un milagro. Es preciso vencer el dolor, y crear la flor de la alegría, sin tener la planta.
Hacer esto por caridad, buscando la comunicación con los otros, y tratando de animarlos con la sonrisa cuyo fundamento es el olvido de sí mismo y el pensamiento en el prójimo, es un verdadero exorcismo que lanza no solamente los demonios de las almas ajenas sino también de la nuestra. Y tan humilde es la sonrisa, que aún cabe sonreír en medio del arrepentimiento de las caídas; pues la caridad con nosotros mismos es obligatoria como la caridad con el prójimo, y la sonrisa que a ellos les daríamos para animarlos, debemos para los mismo brindárnosla a nosotros. “Ese yo no sé qué de agrio y de violento que sentimos después de haber cometido una falta, explica Lamennais comentando a Kempis -,  viene más bien del orgullo humillado que de un arrepentimiento según Dios… La turbación después de la caída tiene su fuente en una especie de despecho soberbio por descubrirse tan débil”. Santa Teresita lo dice mejor aún, con su amorosa ingenuidad: “Ahora me resigno a verme siempre imperfecta, y aún encuentro mi alegría en ello” La sonrisa es Voluntad, es decir la sonrisa es libre hasta de los preceptos de la ley de Dios. Pues si bien estamos obligados a conformarnos con la voluntad de Dios en la adversidad, ningún precepto nos impone el heroísmo de la sonrisa en el dolor. Conformándonos, nuestra virtud es suficiente: si además sonreímos, nuestra virtud es heroica. Y la voluntad es todo. Si queremos darnos completamente a alguien no le demos ni nuestras manos, ni nuestros brazos, ni nuestras obras, ni nuestra memoria, un nuestro entendimiento: démosle nuestra voluntad. Porque podríamos, habiéndole dado todo aquello, guardar nuestra voluntad para nosotros, como atrincherarnos en ella, y permanecer infinitamente alejados. “No quiero tu don, dice Jesús, por boca de Kempis, sino a ti”. Las otras cosas son nuestro don, la voluntad somos nosotros mismos. Al ofrecer, pues, nuestra sonrisa, ofrecemos lo más puro y desinteresado de nuestra voluntad, es decir, la esencia de nuestro yo.Finalmente, la sonrisa es un alquimista prodigioso, que transforma en oro purísimo las escorias de la vida, ese sinnúmero de insignificantes contrariedades que no pudiendo llamarse adversidades ni dolor, parecen indignas de ofrendarse en el altar. La sonrisa las barre y las recoge cuidadosamente y las ofrece a Dios, con sencillez y alegría diciéndole: “No me avergüenzo de mi ofrenda, porque te doy lo que tengo: si más tuviera, más te daría Señor”. Es el óbolo de la viuda. Y el que sonría por caridad, ante las contradicciones pequeñitas, es digno de oír las palabras que Jesús dijo de la viuda: “En verdad os digo que ella dio más que todos”. Yo solo lo corregiría en un punto: Dios creo que libertad humana, a condición de crear también el dolor. Porque es por el dolor, por lo que la libertad humana se redime y alcanza límites de perfección inimaginables. La libertad sin dolor es vacía y sinsentido; en cambio, como concluye el artículo, la libertad humana, aún en el dolor, se vuelve heroica y en eso consiste su máxima perfección y por ende su felicidad.
Pero aún hay más, ante el dolor, la libertad humana tiene dos caminos por los cuales optar, el camino del dolor triste, o el camino del dolor alegre. En fin, como dice Santa Teresita, con la sonrisa se puede vivir alegre aún en el dolor más desgarrante, porque todo se puede con “Jesús que dulcifica lo más amargo”. Así que a todos aquellos, porque nadie vive solo aislado, sino en sociedad, a todos aquellos que tienen que alternar con padres, hermanos, amigos, alumnos, obreros… una sonrisa vale más que cualquier palabra proferida: “un hombre cariñoso y jovial es un poderoso instrumento de Dios en el mundo, es un exorcista que lanza demonios, apóstol y evangelista”. A todos aquellos van estas líneas.

Hugo Wast.

Tomado de Stat Veritas.

El noveno sacramento


Por Hugo Wast.

El santo y sabio teólogo ingles Padre Faber ha llamado al dolor el octavo sacramento. No sé que nadie haya dicho nada más hermoso, profundo y cristiano acerca del instrumento inventado por Dios para salvar al mundo del exterminio. Dios había creado al hombre concediéndole un don formidable, la libertad. Pareciera que el cántico de los cielos y de la tierra y de todas las criaturas que narran la gloria de Dios, Coeli enarrant gloriam Dei, no lo satisfacía, porque era un homenaje impuesto por la naturaleza de las cosas, no era una oración de un ser que pudiendo levantarse contra el e insultarlo, a pesar de esa tremenda facultad, lo reconociera y lo adorase. Y ese era el hombre libre. Pero el hombre se corrompió y se rebeló contra Él y lo insultó, y adoró a dioses que fabricó con sus manos. Y Dios se arrepintió de haberlo creado, según la misteriosa expresión de la Biblia, y decretó su exterminio y el de toda carne que se movía sobre la tierra: “Exterminaré – dice el Génesis -, de la haz de la tierra al hombre que he creado, y desde el hombre a todos los animales, desde los reptiles hasta las aves del aire, porque me arrepiento de haberlos hecho.” Pero Noé, que era justo, halló gracia ante los ojos del Señor, que salvó en él la especie humana y con él una pareja de todos los animales, mientras las aguas del diluvio devoraban todas las estirpes. Volvieron los hombres a poblar la tierra y volvieron a rebelarse y a delinquir, y toda carne corrompió su camino. La balanza de la eterna justicia quedó desequilibrada por la prevaricación de aquel ser tan débil por el cuerpo, pero tan poderoso por el espíritu de libertad que poseía y que podía hacer frente a su Creador, el cual se detenía sobrecogido delante de su criatura. “¿Por ventura se levantará el barro contra el alfarero y la vasija contra su hacedor?” – se pregunta Isaías espantado. Y he aquí justamente que el barro se levantaba contra el alfarero.
Podríamos decir, con audacia más aparente que real, que existía un límite para la omnipotencia de Dios, y era la libertad humana. La amenazante leyenda de las columnas de Hércules, el non plus ultra  que creían leer los antiguos viajeros, se hallaba escrito en la frente del hombre, en letras que solo Dios descifraba, porque era su propia mano la que las había trazado: Nadie, ni siquiera tú que lo has creado, doblegará su voluntad, que será libre, ya que tú lo has querido. ¡Tremenda, pavorosa, inescrutable invención aquella! Para contrapesar el desequilibrio que la libertad del hombre introducía en sus planes, engendrando el pecado, Dios tenía que inventar otra cosa igual en grandeza e intensidad, e invento el dolor. Es claro que pudo el Creador a la primera prevaricación del hombre haber petrificado sin aniquilar aquella formidable prerrogativa de su libertad, reduciéndola a la impotencia como hizo con los ángeles, condenando a los unos y confirmando a los otros. Pero el libre albedrío humano era su obra maestra, la verdadera página de la Creación en que el Supremo Hacedor hallaba todas sus delicias, y prefirió salvarlo introduciendo en la economía de su creación que era obra de amor, ese incomparable factor del dolor o no sabría explicar la misteriosa y omnipotente energía que hay en el dolor, pero comprendo su inmensa dignidad al pensar que Dios no eligió como instrumento de redención ni la belleza, ni la sabiduría, ni el genio, ni el poder, ni la gloria, ni ninguna de todas esas grandes cosas que los hombres persiguen y adoran, y por las cuales venden sus almas, sino el dolor que es algo oscuro, de lo cual todos los seres huyen, y que sirve a la filosofía puramente humana como argumento contra la propia existencia de Dios, porque no entiende su función compensadora. Y para dignificarlo más, y para que nunca más la libertad humana pudiera desequilibrar su balanza, aunque los pecados de los hombres formaran una montaña, cuyo cimiento bajara hasta el infierno, y cuya cumbre amenazara el cielo, arrojó en el platillo el peso infinito de la carne dolorida y adorable de su propio Hijo, que era Dios. “Si alguna cosa fuera mejor y más útil para la salud de los hombres que el sufrir adversidades – dice Kempis -, por cierto que Cristo lo hubiera enseñado por palabras y ejemplos.” Débese pensar además que el dolor no es solamente instrumento de redención, sino indicio de predilección de Dios hacia alguna criatura, de tal manera que los que no sufren, deben inquietarse por su desamparo, y llamar a las puertas de la misericordia, sin descansar, reclamando su porción de dolor, como un hijo reclama su herencia legítima. Santa Ángela de Foligno nos dice con palabras inspiradas por el mismo Jesús: “Aquellos a quienes yo amo, comen más cerca de mí, en mi mesa y toman conmigo su parte en el pan de la tribulación, y beben en mi propia copa, el cáliz de la pasión.” ¡Pobres ciegos los que esto ignoran y se rebelan contra lo que es señal de predestinación! Por eso exclama el Eclesiastés: “¡Ay, de los que pierden los sufrimientos!” Infinitamente profunda y consoladora es, pues, la afirmación del Padre Faber que hace del dolor el octavo sacramento. Pero ¿no hay en el mundo algo que valga tanto o más que el dolor y que pueda ser llamado el noveno sacramento? Revoloteando alrededor de esas cosas sublimes, que devoran mi pequeño pensamiento como devoraría la llama de un volcán a una aturdida mariposa que se aproximara al cráter, he llegado a pensar que si, que hay algo que vale más que el dolor, porque siendo de su propia esencia, tiene un grado más de perfección, y que puede ser llamado el noveno sacramento. Y eso es la sonrisa. Si mi pobre cabeza supiera penetrar sin extraviarse en el reino de lo abstracto y mi pluma tuviera costumbre de tratar de estas cosas altas, pienso que lograría escribir muchas páginas buenas y útiles porque me imagino que se puede hablar largamente sobre el valor teológico de la sonrisa. Incapaz de hacerlo así, me limitaré a apuntar ideas sencillas, que me rondan hace tiempo, confirmadas por la reciente lectura de un libro delicioso, la vida de Santa Teresita del Niño Jesús, que es la santa de la sonrisa. Creo innecesario advertir que no me refiero en ninguna forma a la risa, manifestación de sentimientos de naturaleza bien distinta y que muchas veces, por desgracia, suele ser un indicio de esa alegría estrepitosa, que vive separada de la muda desesperación, apenar por un delgado tabique, según lo advierte Ruskin. Menos aún me refiero a la venenosa sonrisa de Voltaire, renovada en nuestros días por ese pobre Anatole France, que después de haber sonreído elegantemente de todas las cosas sublimes y santas, para disimular la úlcera del ocio que lo roía, ha muerto abominando de su ironía, desesperado y maldiciéndose, porque esa sonrisa no es signo de indulgencia sino un lamentable disfraz de la intolerancia burlona, y un anticipo del etridor dentium, de que habla el Evangelio. En vez de definir cuál es la sonrisa que tiene para mí los caracteres de un sacramento, que purifica y fortaleza e imparte la gracia, voy a poner un ejemplo de ella.
Refiere Santa Teresita, en su autobiografía, que había en su comunidad una religiosa que tenía el don de desagradarla en todo. Luchando para no ceder a la antipatía que aquella su hermana le inspiraba, procuraba hacerle cuantos favores podía, y cada vez que se encontraba con ella, si la asaltaba la tentación de responderle de un modo desagradable, se daba prisa a dirigirle una amable sonrisa. “Muchas veces, cuando el demonio me tentaba violentamente, y me podía esquivar sin que ella advirtiera mi lucha interior, huía como un soldado desertor…. En esto, díjome ella un día con aire de gozo: “Hermana Teresita del Niño Jesús, ¿quiere decirme lo que la atrae tanto hacia mí? No la encuentro ni una sola vez sin que me dirija la mas graciosa sonrisa” - ¡Ah, lo que me atraía era Jesucristo oculto en el fondo de su alma! Jesús que dulcifica lo más amargo” (Historia de un alma, capítulo noveno) No necesito explicar más, ésa es la sonrisa de que hablo, y que vale más que el dolor aceptado como una expiación, porque es el dolor vencido y transformado en caridad y alegría. Es la virtud, en grado heroico. A semejantes alturas llegó Santa Teresita reflexionando sobre los dos grandes mandamientos, el primero de los cuales es amar a Dios, y el segundo amar al prójimo. Viviendo en el mundo se advierte lo difícil que es demostrar este segundo amor con actos exteriores, hacia todas las personas que nos rodean: unas grandes, otras pequeñas, amigas unas, hostiles o indiferentes otras.
Pero siempre, siempre hay en el trato con las gentes un lugarcito para la sonrisa de Teresita. ¿Es posible calcular el valor teológico de esa sonrisa? ¿No vale en ocasiones más que un milagro? El padre Meschler en su tratado sobre la Vida Espiritual, dice que “un hombre cariñoso y jovial es un poderoso instrumento de Dios en el mundo, es un exorcista que lanza demonios, apóstol y evangelista”. Y en efecto, la sonrisa es Caridad. No todos son llamados a realizar grandes hazañas, porque Dios reparte sus dones como es su gusto, y a unos los priva de lo que ha concedido sobreabundantemente a otros. Pero a todos les ha concedido la voluntad de amar, que es el don por excelencia, según lo enseña San Pablo: “Buscad con ardor los dones más perfectos, pero todavía os mostraré un camino más excelente”. Ese es el camino del Amor, y Santa Teresita nos cuenta, hablando de esto, que ella, no pudiendo ser apóstol, ni misionero, ni confesor, no pudiendo ser ninguno de los miembros del cuerpo místico de la Iglesia, que describe San Pablo, comprendió que su vocación era ser el Amor, y quiso ser el corazón de la Iglesia. La sonrisa es Humildad. El hombre soberbio e hinchado no sonríe y si acaso sonríe, su sonrisa no es sencilla, ni desinteresada, ni se dirige a los pobres que no pueden servir en una u otra manera sus vanidades. La paciencia es una virtud eminentemente cristiana. Es el dominio de sí mismo: “Por la paciencia poseería vuestras almas”, nos dice Jesús en el Evangelio. Es ella indispensable para conformarse con el sufrimiento; pero hay un grado más en la paciencia, y es la alegría en el sufrimiento: “Sufre con paciencia ya que no puedes sufrir con alegría”, dice Kempis.
La alegría es cristiana y social, por naturaleza. “No os entristezcáis como los que no tienen esperanza”, dice San Pablo. Y la sonrisa es más que la alegría, porque hay en ella mayor vencimiento propio. A veces sonreír vale tanto como realizar un milagro. Es preciso vencer el dolor, y crear la flor de la alegría, sin tener la planta.
Hacer esto por caridad, buscando la comunicación con los otros, y tratando de animarlos con la sonrisa cuyo fundamento es el olvido de sí mismo y el pensamiento en el prójimo, es un verdadero exorcismo que lanza no solamente los demonios de las almas ajenas sino también de la nuestra. Y tan humilde es la sonrisa, que aún cabe sonreír en medio del arrepentimiento de las caídas; pues la caridad con nosotros mismos es obligatoria como la caridad con el prójimo, y la sonrisa que a ellos les daríamos para animarlos, debemos para los mismo brindárnosla a nosotros. “Ese yo no sé qué de agrio y de violento que sentimos después de haber cometido una falta, explica Lamennais comentando a Kempis -,  viene más bien del orgullo humillado que de un arrepentimiento según Dios… La turbación después de la caída tiene su fuente en una especie de despecho soberbio por descubrirse tan débil”. Santa Teresita lo dice mejor aún, con su amorosa ingenuidad: “Ahora me resigno a verme siempre imperfecta, y aún encuentro mi alegría en ello” La sonrisa es Voluntad, es decir la sonrisa es libre hasta de los preceptos de la ley de Dios. Pues si bien estamos obligados a conformarnos con la voluntad de Dios en la adversidad, ningún precepto nos impone el heroísmo de la sonrisa en el dolor. Conformándonos, nuestra virtud es suficiente: si además sonreímos, nuestra virtud es heroica. Y la voluntad es todo. Si queremos darnos completamente a alguien no le demos ni nuestras manos, ni nuestros brazos, ni nuestras obras, ni nuestra memoria, un nuestro entendimiento: démosle nuestra voluntad. Porque podríamos, habiéndole dado todo aquello, guardar nuestra voluntad para nosotros, como atrincherarnos en ella, y permanecer infinitamente alejados. “No quiero tu don, dice Jesús, por boca de Kempis, sino a ti”. Las otras cosas son nuestro don, la voluntad somos nosotros mismos. Al ofrecer, pues, nuestra sonrisa, ofrecemos lo más puro y desinteresado de nuestra voluntad, es decir, la esencia de nuestro yo.Finalmente, la sonrisa es un alquimista prodigioso, que transforma en oro purísimo las escorias de la vida, ese sinnúmero de insignificantes contrariedades que no pudiendo llamarse adversidades ni dolor, parecen indignas de ofrendarse en el altar. La sonrisa las barre y las recoge cuidadosamente y las ofrece a Dios, con sencillez y alegría diciéndole: “No me avergüenzo de mi ofrenda, porque te doy lo que tengo: si más tuviera, más te daría Señor”. Es el óbolo de la viuda. Y el que sonría por caridad, ante las contradicciones pequeñitas, es digno de oír las palabras que Jesús dijo de la viuda: “En verdad os digo que ella dio más que todos”. Yo solo lo corregiría en un punto: Dios creo que libertad humana, a condición de crear también el dolor. Porque es por el dolor, por lo que la libertad humana se redime y alcanza límites de perfección inimaginables. La libertad sin dolor es vacía y sinsentido; en cambio, como concluye el artículo, la libertad humana, aún en el dolor, se vuelve heroica y en eso consiste su máxima perfección y por ende su felicidad.
Pero aún hay más, ante el dolor, la libertad humana tiene dos caminos por los cuales optar, el camino del dolor triste, o el camino del dolor alegre. En fin, como dice Santa Teresita, con la sonrisa se puede vivir alegre aún en el dolor más desgarrante, porque todo se puede con “Jesús que dulcifica lo más amargo”. Así que a todos aquellos, porque nadie vive solo aislado, sino en sociedad, a todos aquellos que tienen que alternar con padres, hermanos, amigos, alumnos, obreros… una sonrisa vale más que cualquier palabra proferida: “un hombre cariñoso y jovial es un poderoso instrumento de Dios en el mundo, es un exorcista que lanza demonios, apóstol y evangelista”. A todos aquellos van estas líneas.

Hugo Wast.

Tomado de Stat Veritas.

jueves, 31 de mayo de 2012

El vicio del integrismo

La repugnancia moderna a un modo racional de conocimiento religioso -es la segunda clase de dificultad a la cual debemos responder- es la desviación de un sentido justo. Es verdad que el conocimiento religioso es más que racional y que un uso inmoderado de la razón, lo corrompe.
Según toda la Sagrada Escritura, el conocimiento «compromete» a todo el hombre. Es «connaturalización» con lo que se conoce (lo que expresa el célebre calambur de Claudel: «connaître» es «co-naître»). Por consiguiente, más que intelectual. Pero intelectual también, y en muchos aspectos ante todo intelectual, debiendo satisfacer las exigencias del espíritu. Ahora bien, la modalidad de nuestro espíritu es racional. Está bien aborrecer todas las formas de racionalismo sin alma que hace estragos en el campo del conocimiento religioso desde las complicaciones formales de la base escolástica, hasta el simplismo de un catecismo demasiado rígido o de un integrismo estúpido y tan agresivo como estúpido. La razón siempre comete un abuso cuando determina sin tener en cuenta el sentido  actual de las realidades respecto de las cuales abstrae y discurre, pero cuando lo hace respecto de las  realidades que son espíritu, amor y vida, y que lo son infinitamente, comete una especie de sacrilegio. Esta no discreción es la señal de una época ingrata. Sin embargo, «los extremos se tocan», y es quedarse en una adolescencia simétrica (sic), el poner mala cara al modo inevitablemente racional que para nosotros reviste todo conocimiento: no se puede exceptuar el de la fe.
La madurez de espíritu respecto de lo sobrenatural es entrar plenamente en el juego de Santo Tomás cuando aborda la actitud de la fe. Él constata que el objeto de esta virtud es también la «Verdad Primera», absoluta, infinita -es el artículo primero de su Tratado: II-II, q. 1, a. 1-, y las verdades particulares que detallan las afirmaciones del Credo y las fórmulas dogmáticas -es el artículo segundo-, y tiene cuidado de señalar explícitamente las conexiones de estas dos consideraciones.
Dicho de otro modo, en sí misma la Verdad está por encima de toda concepción y es inefable, pero nosotros no la alcanzamos sino según las orientaciones precisas que marcan las verdades en las cuales ella se traduce para nuestra razón, con la garantía de infalibilidad de la Escritura y de la Iglesia. De inmediato se impone un trabajo del espíritu, propiamente indefinido, un trabajo de la razón que debe llevarse con rigor, y que en conjunto tiene que permanecer animado continuamente, por el sentido misterioso y vivo de lo infinito, que la razón no podría abarcar.
Este trabajo toma múltiples formas. Es una búsqueda que determina auténticamente lo que Dios ha dicho de sí mismo -es la teología llamada «positiva»-; y una penetración de este dato revelado, gracias a las  analogías que existen entre las realidades naturales y las sobrenaturales y que nos permiten hacernos alguna idea de estas según lo que conocemos de aquellas (es aprovechar la «analogía del ser»); y un relacionar unos con otros todos estos datos sobrenaturales, gracias a las analogías que los vinculan (…); y una toma de conciencia de las leyes que ellos dictan a nuestra conducta para que la Verdad no se quede en estado de especulación en nuestros espíritus, sino que pase efectivamente a nuestras vidas, las rectifique y las transforme (debemos entonces construir todo un arte cristiano de vivir, lo que se llama una moral o una espiritualidad).
Las realidades sobrenaturales no nos son accesibles, a nosotros, animales racionales, más que en conceptos determinados e incluso en fórmulas. Pero recíprocamente, estas fórmulas y estos conceptos no son sino letra muerta y aun letra que mata (2 Co 3, 6), si no están vivificados por el sentido íntimo y sin medida del Misterio divino.
[…]
«Integrismo». Esta palabra apareció en la época del «modernismo», a comienzos de siglo. Mediante el abuso de la moderna crítica científica, los «modernistas» exiliaban lo sobrenatural. Ya hemos recordado cómo los grandes exegetas, filósofos y teólogos Dominicos hicieron justicia a las exigencias científicas sin atentar contra la integridad de la fe, sino todo lo contrario.
Pero los espíritus simplistas, endurecidos, que se llamaban a sí mismos «integristas», reaccionaron con un rechazo de toda crítica válida, acusando de herejía a todo el pensamiento cristiano vivo, confundiendo la tradición con las formas que el pensamiento cristiano ha tomado en el pasado por influencia de concepciones erróneas (por ejemplo la interpretación del primer capítulo del Génesis como si se tratara de 6 días de 24 horas...). En su Carta Pastoral de 1947 Augeo declinación de la Iglesia, el cardenal Suhard ha caracterizado así el profundo vicio del integrismo: «No hay que confundir la integridad de la doctrina con el  mantenimiento de su ropaje pasajero» 


Fuente: Pie RÉGAMEY, OP. UNA ORDEN ANTIGUA EN EL MUNDO ACTUAL: LOS DOMINICOS, ps. 29-30; 152.